Cupido Otra Vez

Capítulo 43

Había que confesarlo: no tenía ni la menor idea de cómo se contaban los puntos en basquetball, así  que me limité a poner una raya en mi cuaderno cada vez que uno de los equipos metía la pelota dentro del aro.  Estaba segura que lo estaba haciendo mal, pero no tenía ni la menor idea de cómo hacerlo mejor, así que tendrían que conformarse con eso.  De todos modos no es que importara demasiado, Eros igual iba a ingeniárselas para que todo resultara a su antojo, y ya lo estaba logrando.

Desde mi posición podía verlo claramente, ambos jugadores se provocaban, anteponían su orgullo en cada maniobra, enrojecían al más mínimo roce provocado por el necesario contacto que requerían las marcas y los pases.  En algún momento, el partido se había convertido en un duelo de dos.

Mi práctica como diosa del amor, o algo así, me habían vuelto mucho más perceptiva a aquellos detalles, podía ver la perturbación en cada gesto de la chica, cuyo nombre había leído en la autorización: Flor Závala, y que incluso había anotado en mi libreta para contar el puntaje de su equipo.  Eran el team Flor y el team Agustín.

Podía ver que mi amigo jugaba por su orgullo, por la necesidad de mantener su status intacto, sin embargo ella era capaz de seguir su ritmo sin dificultad e incluso superarlo en ocasiones, la presión e inseguridad lo volvía errático y torpe.  No obstante, en Flor había algo más que le hacía desperdiciar la ínfima ventaja, se apreciaba en sus ojos y era tan evidente, que lo podía ver desde mi posición.

Eros se limitaba a dirigir el enfrentamiento como si fueran miles los competidores, aunque en su rostro podía reconocer la mueca de satisfacción que se dibujaba cada vez que una de sus travesuras resultaba, en el fondo era esa expresión la que me mantenía contando con palitos cada vez que alguien encestaba.

De pronto escuché el chirrido de las zapatillas deslizándose por el suelo, y al momento siguiente dos jugadores enredados en el suelo.  Rápidamente el árbitro detuvo el juego y acudió a ver lo que sucedía. Yo misma me incorporé a la multitud que los rodeó.  En el suelo, Flor se retorcía mientras sostenía su rodilla con ambas manos.

—Recogepelotas, trae a la enfermera —ordenó Eros.

—¿Qué? ¿Yo? —inquirió Victor, confundido—. Enseguida.

Tiró la bolsa con los balones y lo observamos echarse a correr tan rápido como le fue posible.  Y debo agregar que era bastante lento.  Mientras tanto, Flor seguía soportando el dolor en el suelo.

Apenas pasaron unos segundos, cuando Agustín perdió la paciencia.

—Las emergencias se supone que deben atenderse rápido —bufó.

Entonces, con algo de ayuda y mucho cuidado, subió a Flor en su espalda, para llevarla a la división de salud de la universidad, seguido por un grupo de compañeros preocupados.  Eros los dejó partir y se acercó a mí.

—Es tu turno, Liz, remata esta pareja —sugirió.

—No traje mi arco —respondí, ganando una mirada de decepción de su parte.

—Tanto esfuerzo para nada —suspiró.

—Tú eres quien se mete donde no te llaman.

—Solo estaba haciendo mi trabajo.

Era cierto que no podía reprocharle a un dios del amor por andar uniendo corazones solitarios, sin embargo para mí las prisas y urgencias eran otras.

—¿Dónde está Ada? —pregunté.

—Escondida en el cobertizo —respondió sin dudar.

Mis ojos se dirigieron automáticamente a la puerta que se encontraba a un costado del gimnasio, donde se guardaban toda clase de cosas.

—¿Por qué la metiste ahí?

—Ella se escondió sola, no quería que nadie la viera.

—¿Entonces cómo pudiste cambiar los documentos sin ella presente?

—Yo la necesito cerca solo para mantener mi forma, no es indispensable para lo demás.  Aunque reconozco que ante ti prefiero presentarme con este aspecto.

Ya me imaginaba la cara que podrían los guardias si llegaban a revisar las cámaras y descubrían a un recién nacido con alas cambiando los horarios.

—Espero que no te descubran —dije.

Eros acercó sus labios a los míos y me besó con suavidad.

—Te prometo que todo saldrá bien —aseguró.

—Eso me dijiste la última vez.

—Y te lo seguiré diciendo hasta que resulte.

Y entonces, reí.  Las comisuras de mis labios dolieron al extenderse y me di cuenta de lo serie que me había mantenido últimamente, atrapada en los miedos y las preocupaciones.  

—Estaremos bien —aseguré, renovando mi confianza.  Esta vez fui yo quien se acercó a darle un beso, sellando aquella promesa.

Antes de irnos, pasamos a tocar la puerta del cobertizo, para informar a Ada que ya era tiempo de moverse.

La encontramos aburrida, lanzando un balón contra la pared, para matar el tiempo.

—Ya nos vamos —avisó Eros con naturalidad.

Ada se levantó con dificultad, tenía las piernas entumecidas después de tanto tiempo encogida dentro del pequeño cuarto. Pasó por nuestro lado, adelantándose, indispuesta a ser vista en público con nuestra compañía.

Curiosamente, la entendía, estar amarrada a un dios griego era agotador en todos los sentidos, lo sabía de primera mano.

—¡Ada! —La llamé, obligándola a voltear en mitad del camino.  Entrelacé mis dedos con los de Eros, dejando ver que hablaba por ambos—. ¡Gracias!

Ella miró al cielo, como si acabara de escuchar la peor estupidez del día y continuó su camino. 
 



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En el texto hay: mitologia, amor, cupido

Editado: 30.05.2019

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