Cupido Otra Vez

Capítulo 45

Otro día había pasado, otro fracaso que añadir y más tiempo que restar al reloj que corría más rápido que nunca.  Llegué a casa sintiendo el peso de la derrota y preguntándome si la ausencia de Eros y Ada se debía a que habían tenido mejor suerte, lo cual me parecía casi imposible a estas alturas.  

Entonces, divisé a mi hermana en las puertas del edificio, agitando sus brazos enérgicamente, solo podía ver su espalda, pero a juzgar por la expresión en el rostro de la persona que estaba frente a ella, se encontraban teniendo una fuerte discusión.

Tiempo atrás habría intentando por todos los medios averiguar cuál era el motivo de su disputa, actualmente sólo quería poder pasar desapercibida por su lado.

El único que notó mi presencia fue Victor, sus ojos se encontraron con los míos y en ese breve contacto nos pusimos de acuerdo.  Me deslicé detrás de mi hermana e ingresé en mi apartamento sin incidentes.

O al menos así fue hasta entrar.

Peter estaba en casa, tendido en el sillón, pasando las noticias en su móvil con tendio, hasta que me vio entrar y se levantó de un salto.

—¡Lizzie! —exclamó—.  Al fin llegas, quiero hablar contigo. —Dejé mis cosas en una silla y le presté atención—.  Quiero volver a ver a mamá.

Me quedé en silencio, midiendo el impacto de sus palabras.

—¿Quieres volver a casa? —inquirí.

—¿Qué? ¡No! Claro que no —contestó—.  Estoy bien aquí, en unos meses serán las pruebas de admisión y he estado estudiando, tengo esperanza de ser admitido, ustedes me han acogido como una verdadera familia y puedo ver al tigre cada vez que puedo, aunque últimamente los estudios lo tienen atrapado.  Es solo que es triste estar peleados, ella vino y aunque no nos entendemos, me gustaría que al menos pudiéramos intentar llevarnos bien y quizás con el tiempo lo comprenda.

—¿Lo hará?

—Me gustaría creer que sí —dijo.

No sabía si era una buena idea o la peor ocurrencia que se había pasado por su cabeza teñida de verde.  Tampoco estaba segura de ser la mejor consejera, ni si mi opinión sería necesaria considerando mi pasado y la extraña relación que mantenía con mis propios padres, pero aún así, me sentía capaz de hablar con sabiduría, y eso era todo lo que hacía falta alguien a punto de tomar una importante decisión, así que podía transmitirle esa parte de mí.

—Lo bueno de los padres es que te regalan la vida, te encaminan, marcan tus pasos, y todo, pero al final del camino, el futuro siempre será tuyo —dije—, y puedes hacer lo que quieras con él.  Si crees que es lo mejor, adelante, solo no sueltes ese futuro.

—¿Me quieres decir en buenas palabras que haga lo que quiera? —cuestionó—.  Me estas dejando igual que al comienzo.

—Puede ser, es que sinceramente no sé qué sugerirte.  Pero no importa lo que hagas, te apoyaremos.

En ese momento la puerta se abrió de golpe, dejando pasar a una Jane furiosa,  con lágrimas rodando por sus mejillas enrojecidas.

—¡Ese idiota! —exclamó tan fuerte que seguramente escucharon los vecinos.

Pasó de largo hasta su cuarto, donde se encerró a chillar y llorar.  Creo que incluso escuché algo quebrarse.  Alguien iba a invocar a un dios y las consecuencias no serían buenas.

—¿Jane? ¿Estás bien? —pregunté tímidamente.

—¡No! —gritó con ira. Me alejé lentamente, Peter me preguntó con los ojos, pero yo le respondí que era mejor dejarla sola.   Eso, hasta que ella misma clamó por mi nombre—. ¡Lizzie!

Abrí la puerta lentamente, casi con temor, y me asomé con el mismo cuidado.  Mi hermana se encontraba tendida en la cama, con la almohada cubriendo su rostro, mientras el llanto le producía rápidos espasmos.  Entré sintiéndome una intrusa y me senté junto a ella a la espera del rechazo.  Acerqué mi mano a su cabeza y suavemente acaricié las hebras rubias que caían en cualquier dirección.

No sabía qué hacer o decir, usualmente mi amargo sentido del humor y mis comentarios sarcásticos constituían mi mejor defensa, una barrera para hacer frente a los problemas, una suerte de escudo para pasar a través de ellos.  Nada de eso servía ahora. Deseaba poder lanzar una broma y que ambas pudiéramos reírnos de la situación, pero Jane no era así.   Hay dos tipos de personas, las que ríen de los problemas y las que lloran.  Las primeras suelen encerrarse en soledad, a derramar lágrimas y sufrir en silencio.  Las segundas no les importaba mostrar su dolor en público y muchas veces buscaban el consuelo en los demás.  Mi hermana y yo pertenecíamos a dos extremos totalmente opuestos.

—Vamos, no puede ser tan grave —comenté—.  Invítale a comer helado, no hay nada que el helado no pueda solucionar.

—Rompimos —masculló, con la boca aplastada por el cojín.

Guardé silencio, recibí el impacto y me remeció de un modo que no creí posible. Meses atrás esta habría sido la mejor noticia del día, ahora no sabía si tenía más ganas de abrazar a mi hermana o partirle el rostro a Victor.  

Aún así seguía siendo suficientemente lista como para lanzar una respuesta estúpida.

—Eso no lo soluciona el helado, pero ya sabes qué dicen del dinero, ayuda.

Jane hizo a un lado la almohada y me enseñó sus ojos cristalinos, me sorprendí admirando cómo incluso en sus momentos más trágicos seguía siendo hermosa, mientras yo en su misma situación, probablemente parecería un tomate maduro y recién lavado.

—Soy horrible, Liz —dijo.

—No, claro que no, esas cosas pasan —contesté, como si fuera una experta en la materia.

—No, yo siempre lo supe.   Siempre supe que a ti te gustaba, pero fingí que no.

La noticia de su quiebre se sintió como una caricia luego de recibir este segundo golpe.  Este que sí dolía, que sí quebraba mis sentimientos, que sí me rompía, me demolía.

—No es cierto... —musité.

—No soy idiota, Liz.  Sabía que papá mentía, que mamá me ocultaba cosas, que tú no querías contarme, y que era imposible que todo se hubiera arreglado en un año, ese año que me fui.  Cuando llegaste tu presencia me incomodaba —explicó—.  Desde que éramos niñas asumí que yo debía cuidarte por la incompetencia de nuestros padres, crecí creyéndome la niña perfecta, la que no causaba problemas, y al final, me odié, detestaba la persona que era, detestaba tener que mostrar una madurez que no tenía, detestaba mi vida y sobretodo, ver que tú crecías sin ninguna de esas restricciones, que podías ser quien quisieras, podías rebelarte y a nadie le iba a importar porque eras la hija desastre, la irresponsable, podías salirte del esquema sin afrontar ninguna consecuencia, pero yo no.  Cuando le dije a Henry que me gustaba, él me llamó aburrida, pero dos semanas después te estaba declarando su amor.  ¿Por qué la vida te daba a ti todo lo que yo quería? ¿Por qué te daba libertad mientras yo debía mantener el personaje? ¿Por qué al irme parecías ser mucho más útil en casa de lo que alguna vez fui yo? Cuando Victor me prefirió, por fin sentí que había ganado algo que tú querías pero jamás podrías tener.



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En el texto hay: mitologia, amor, cupido

Editado: 30.05.2019

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