Cupido Otra Vez

Capítulo 47

Si lo pensaba, solo una persona que tuviera acceso a mi mochila pudo haber metido la nota de Anteros y ese día, Agustín se sentó a mi lado.

También había mentido, pues no acompañó a Victor al hospital, cuando fueron a visitar a Nick, pese a que me aseguró que se estaba recuperando.

Su actitud también había cambiado sustancialmente en este último tiempo, pero mi mente lo había justificado, culpando a la ausencia de su amigo. Jamás se me ocurrió que hubiera algo más escondido, un secreto que no pudiera contar.

Pero finalmente, su postura ante Eros había acabado por delatarlo.  

—¡Agustín! —llamé.

Lo atrapé saliendo de la facultad, como un preso escapando de prisión.

—¿Liz? —preguntó.

Lo alcancé y me planté frente a él, buscando parecer segura, pese a que me encontraba más inestable que nunca.

—Tú lo sabes, ¿verdad? —inquirí.

—¿Qué?

—No te hagas, cuento con los dedos de mis propias manos las personas que conocen el secreto de Eros, y tú no estabas en la lista.

—Confiesa —dijo Eros, apareciendo a sus espaldas, para intimidar—.  La ira de un dios no es agradable.

Su expresión fue la última pista, que lo confirmó todo.  Se le cayó la máscara y su rostro denotó preocupación.  Estaba metido en un lío.

—Santo Cielo, ¿qué hiciste? —inquirí.

—Algo terrible —declaró. No tenía sentido seguir ocultándolo.

Me quedé congelada, temiendo lo peor.    Ada apareció de quien sabe dónde, como si nos hubiera estado vigilando, a la espera de un buen momento para aparecer en escena.

—Busquen un sitio seguro —propuso, tomando las riendas del asunto.

—Teníamos pedido el gimnasio, pero no vamos a ocuparlo, podemos conversar ahí —sugirió Agustín.

Era un buen lugar para mantener una conversación que, de preferencia, no podía ser escuchada por nadie.  No sólo me preocupaban los humanos, sino que había aprendido que los dioses tenían oídos en todos lados.  

Nos sentamos en las gradas y así, comenzó su relato.

Él quería a Agnes y Nick no la apreciaba, pero después del accidente ambos se hicieron más cercanos y él fue quedando a un lado.

Podía mirarlos a la distancia, por más que doliera, quería ser noble, quería esperar el día en que ya no sufriera.  Escucharlo me tocaba una fibra sensible, porque comprendía a la perfección lo que había sentido.  Sin embargo, en mi momento de mayor vulnerabilidad, conocí a Eros, mientras que Agustín se encontró con su hermano.

Anteros apareció en su cuarto una noche.  Al principio creyó que era un mal sueño, pero luego comprendió que era real, al igual que lo que ofrecía.

Era el dios del amor correspondido, vengador de los corazones rotos.  Él le prometió que iba a separarlos, que no le rompería el corazón a la mujer y que el muchacho recuperaría su visión, pero a cambio, debía traerle los ojos de Medusa.  

En definitiva, Agnes no había sufrido, pero se había convertido en una estatua y Nick había recuperado la vista, pero ahora convertía todo en piedra con los ojos.

—Me convertí en su esclavo, Liz —expuso con frustración—.  Le pedí que revirtiera lo que sea que hizo, y comenzó a chantajearme, me pidió que te entregara esa carta y... —Se rascó la cabeza con exasperación—.  En serio lo siento, no sabía en qué estaba metiéndome.

—¿De dónde tomaste los ojos? —inquirí.

—Estaban dentro de una caja de plata.

—Si hubieras leído un poco habrías sabido que Atenea puso los originales en su escudo —suspiré.  No sabía con qué cara lo retaba, después de todo, yo recién comenzaba a aprender algo de mitología griega, gracias a Apolo—.  Ahora, por suerte te equivocaste, porque ella puede revertir el hechizo, pero quiere tu cabeza a cambio.

Agus tragó saliva.

—Debí haber hecho un trato con un dios más amable, como Eros o Apolo —comentó.

El aludido sonrió con satisfacción.

—No te creas, el primero es igual de desgraciado y el segundo... Bueno, siendo tú, yo ni lo consideraría —dije.

—¿Y qué haremos?

Entonces me di cuenta que todavía había un cabo suelto.

—¿Cómo entraste al templo de Atenea? —interrogué.

—Otra diosa me ayudó, Eris, si no me equivoco.

—Espera, ¿hiciste un trato con Eris? —pregunté.

—Dijo que no quería nada a cambio.

—¡¿Y le creíste?!

Me puse de pie, indignada, con la esperanza que quizás los dioses me concederían el honor de castigarlo por su estupidez.

Entonces, el ronroneo de una motocicleta se escuchó a mis espaldas.  Rápidamente Eros se levantó.  No necesitaba que me dijera quién era el recién llegado, podía adivinarlo.

Y no era la única visita que tendríamos.

—¡Hey! No puedes andar con eso aquí dentro —exclamó una chica, que recién venía entrando.  
 



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En el texto hay: mitologia, amor, cupido

Editado: 30.05.2019

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