Cupido Otra Vez

Capítulo 50

—¿Cómo le gano a una diosa? —preguntó Flor, nerviosa.

—Pregúntale a Liz, ella es la experta —contestó Adrian—.  Iré a reparar mi nueva moto, no me busquen y váyanse pronto.

Sin despedirse, se encerró en su taller.

—Miren la hora, son más de las diez, yo también debería irme a trabajar, ya perdí suficientes días —dijo Hedoné, desapareciendo en el acto.

—¿Nadie va a ayudarme? —gimió Flor.

Ada colocó una mano en su hombro.

—Así son todos aquí, ni te imaginas por todo lo que he tenido que pasar.

Por alguna razón, su comentario me molestó enormemente.

—¿Perteneces a alguna religión? Hueles a agua —interrogó Eros.

—Soy cristiana —respondió ella, con desconfianza—.  O bueno, era.  No lo sé.

—¿Realmente crees que estás tratando con dioses del Olimpo? —Mi pregunta la hizo perder los estribos.

—¡Una moto casi me mata, una estudiante cambió su apariencia frente a mis ojos, y una mujer apareció de la nada y devolvió a la vida dos piedras con forma humana! Santo cielo, si todos tuvieran la oportunidad de ver esto, no habrían más ateos en el mundo.

—Tranquila, encontraremos la solución —dijo Agus—.  Podríamos pedirle ayuda a otro dios, a mí Apolo me parece un buen sujeto.

Eros dejó escapar una carcajada.

—Amigo, deja de esforzarte, si quieres morir hay métodos más fáciles y rápidos, que andar provocando a los dioses —explicó.

La mamá de Adrian decidió hacer su aparición entonces.  Vestía una falda corta, zapatos de tacón y una blusa ajustada, no tenía idea cuántos años tenía, pero sin duda sabía mantenerse joven.  En sus manos sostenía las compras y lucía cansada.  Aún así, esbozó una enorme sonrisa al encontrarse con nosotros.

—¡Que alegría! —exclamó—.  Veo que resolvieron el problema con Atenea.  No es bueno enemistarse con los dioses.  ¿Cenaron ya?

Solo Eros saludó con entusiasmo, el resto nos miramos incómodos.

—A decir verdad, no —contesté.

—Bueno, son tantos, creo que lo mejor será pedir a domicilio —propuso—.  ¿Les parece comida china? Es tan tarde, pueden quedarse a dormir después, debí haber comprado más pan.  Le pediré a Adrian que vaya mañana temprano.

A Adrian no iba a hacerle nada de gracia.

La propuesta de pasar la noche en su casa se me hacía muy tentadora.  No quería volver al departamento y enfrentarme a Jane, ni siquiera tenía ganas de llamarla para justificar mi ausencia esa noche.  Por suerte Peter estaba allá y pude explicarle que no iba a llegar.  A juzgar por su tono, estaba al tanto de las fricciones con mi hermana y probablemente la madre de Fran se había hecho presente todo el día.   Sin embargo, ahora que tenía el problema de las estatuas solucionado, debía pasar al siguiente.

No fui la única que aceptó la oferta.  Todos habíamos tenido un largo día, y mientras escuchaba las mentiras de los demás me percaté de lo fácil que la tenía Adrian, pues podía contarle directamente a su madre que los dioses andaban haciendo de las suyas y ella le creería.  

Disponíamos de lo necesario para quedarnos, había un cuarto para invitados, el sofá del recibidor era amplio y contábamos con tres sacos de dormir.  El remordimiento me llegó al deducir a quién pertenecía el tercero.

Ya que Agnes aún no despertaba, Hedoné la llevó a su casa, con la esperanza de que creyera que todo fue un mal sueño.  No volvió de inmediato, su padre le encargó encarecidamente que se asegurara que estuviera bien antes de regresar.

Nos quedamos con Fran, que despertó a tiempo para tener su primera comida de la semana.  Estaba confundida, y muy cansada.  Tenía los músculos entumecidos, tendía a perder el equilibrio y le costaba usar el tenedor.  Tampoco prestaba atención cuando alguien le hablaba, demasiado aletargada como para comprender ideas complejas, se conformaba con ver rostros conocidos y saciar su estómago.  Se había convertido en un auténtico zombie.  Imaginé a Agnes pasando por el mismo trance y no pude aguantar el remordimiento.

En deferencia a su estado, le dejamos la única cama disponible.  Ada usó uno de los sacos y se acomodó en el suelo, en la misma habitación, negándose a pasar la noche junto a la entrada.

Agustín pidió el sofá, Flor se quedó con el otro saco, dejando solo uno para dos personas.

—Bueno, Liz, tendremos que compartir —observó Eros.  No parecía afectado con la desgracia.

—No cabemos los dos —señalé.

—Uno de ustedes puede meterse en la cama de Adrian —propuso Agus.

Inmediatamente, la puerta del taller se abrió.

—¡Ni lo sueñen! —Volvió a cerrarse igual de rápido.

—Hay un colchón extra, ayúdenme a traerlo —avisó la señora Katsaros, advirtiendo el problema.

La seguimos hasta la habitación de Adrian y la ayudamos a levantar la cama, para sacar un segundo colchón de debajo.  Era un sistema muy práctico, pero dudaba que el dueño quisiese compartir su cuarto, de modo que tuvimos que trasladarlo al recibidor.

Lo tomé de una esquina y Eros de la otra, pero pese a que empujé con todas mis fuerzas, apenas pudimos moverlo un par de centímetros.  

—Vamos, se supone que eres un dios —resoplé, cansada.

—Debo cuidar mis brazos —comentó—.  Las flechas no se disparan solas.

—Estúpido —mascullé, volviendo a tirar.  

Esta vez, sin su ayuda, perdí el equilibrio y me fui de bruses sobre la inmensa colchoneta.   Por lo menos el aterrizaje había sido suave.

Me quedé ahí, con el rostro enterrado en la esponjosa superficie, sin ganas de intentarlo otra vez.  De pronto sentí el peso de otra persona hundiéndose en él, pasó sus piernas encima de las mías y apoyó una mano a cada lado, dejándome atrapada entre su cuerpo y las plumas.

—¿Qué tal si le dejamos a Adrian el saco y nos quedamos con la cama? —susurró Eros a mi oído.



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En el texto hay: mitologia, amor, cupido

Editado: 30.05.2019

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