Cupido Otra Vez

Capítulo 32

Eros se estacionó afuera de mi edificio, pero no hice ni siquiera el ademán de bajarme.  Me detuve a mirar el vacío, a la espera que uno de los dos tuviera el coraje para romper el silencio.  Al final, esa fui yo. 

—No quiero que vayas —confesé.  No fui capaz de voltear a verlo, pero sí fui capaz de sentir sus ojos observándome—.   Me asusta. 

Pasó su brazo sobre mis hombros, en un medio abrazo, que inevitablemente me hizo chocar con sus serenas pupilas.  Había algo más poderoso que el coraje, la determinación.  No podía definir si tenía miedo o no, pero sí estaba decidido a tener esta batalla y vencer. 

—Me encanta que te preocupes por mí —declaró. 

Bufé y me di la vuelta para salir del carro.  No importaba lo que hiciera, la idiotez jamás se le iba a quitar.   Me bajé y apoyé mi espalda contra la ventana, cruzándome de brazos.  Escuché la puerta contraria abrirse y una leve sonrisa apareció en mis labios.  Definitivamente, éramos dos idiotas. 

Sin decir nada, Eros se acercó y me rodeó con sus brazos, acunándome con una ternura insospechada.  Inhalé su aroma y me refugié en la calidez de su pecho, disfrutando al máximo cada segundo así.

—Volveré —aseguró. 

—¿Cómo puedes estar tan seguro? 

—Porque no quiero estar lejos de ti. 

Guardé silencio y sencillamente, le creí. 

No volví a verlo esa tarde, ni tampoco al día siguiente, pero no me costaba trabajo dilucidar la razón: había ido a desafiar a su hermano. 

Usé el portal en mi cuarto para ir a alimentar a Apolo y sus crías. Su casa estaba tan vacía que fácilmente pudo pasar por un palacio abandonado recién restaurado por algún fanático de la época clásica. 

Pude haberme quedado todo el día encerrada en mi cuarto, buscando una solución al problema, sin embargo apenas regresé escuché unos ruidos en la cocina que resultó ser mi madre, que arribó mientras me encontraba en la casa de Eros. 

Me quedé de pie, pasmada, mientras las complicaciones familiares volvían a caerme encima. 

—Liz, cariño, no te escuché llegar —dijo mi madre, abrazándome, asumiendo que acababa de volver. 

—No, yo... Hola, mamá —balbuceé. 

—¿Te sientes bien? —interrogó, analizando mi rostro, en busca de un signo visible de alguna enfermedad. 

—No, solo estoy un poco ansiosa, ¿te ayudo con eso? —pregunté. 

La ayudé a poner los platos sobre la mesa y a lavar las hojas de lechuga para la ensalada.  Hacía todo con cuidado, como esperando que perdiera los nervios, o que se largara a llorar, como tantas veces lo hizo en el pasado, cuando vivíamos solas en una casa en medio del campo.  Pero no ocurrió, cortó la carne y la metió a la olla, rebanó los vegetales y colocó los platos con una inusitada calma.   

Había pasado mucho de aquellos días, desde entonces no había vuelto a compartir la cocina junto a ella, y debo reconocer que se veía cambiada. 

—Preparé un kuchen de frambuesa para el postre —comentó casualmente—.  Victor comerá con nosotros y Henry también le contó a tu hermana que vendría. 

—¿Y por qué no me avisó a mí? —reclamé, reivindicando mi posición como amiga, o al menos más amiga que Jane. 

—Tú no contestabas —dijo, y era cierto que no había tenido tiempo de revisar el móvil—, Peter invitó a su novio, así que con ellos, y nosotras, seremos siete.  

Miré el comedor y me pregunté si había espacio suficiente para tantos.  Quizás la mesa de nuestra casa en La Noguera podía albergar a toda esa gente, pero este era un pequeño departamento en el centro de la ciudad. 

—Faltan sillas —observé. 

Mi mamá ni siquiera se inmutó y corrió el sofá, para que pudiera albergar a más personas. 

—Siempre quise tener una casa con muchos niños, quién diría que al final sí se cumpliría —comentó, mirando los platos a la espera de los comensales.   Se dio la vuelta y sus cristalinos ojos se toparon con los míos—.  A mi edad se comete el error de pensar que la vida no te puede dar más lecciones y que es imposible cambiar la realidad, que todo seguirá igual hasta el día en que mueras, pero lo cierto es que parte de estar vivo es estar expuesto a los cambios del destino —suspiró—.  Liz, he pasado mucho tiempo sola desde que tú y Jane se fueron, y he podido meditar un montón, al principio me encerraba en la casa, temiendo del más mínimo ruido, pero luego entendí tantas cosas.  Siento que todo lo que he hecho hasta el momento ha estado mal, cuando niña quise vivir un amor de telenovela y olvidé quererme a mí misma, intenté seguir el modelo pre impuesto que creí correcto y entendí demasiado tarde que es uno quien forja su camino, y también traté de llenar mi falta de afecto buscando el afecto de otros, pero escogí a la persona equivocada y no fui capaz de ver que primero se ama a uno mismo.  Y cariño, la persona que más sufrió con mis errores, fuiste tú. 



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En el texto hay: mitologia, amor, cupido

Editado: 30.05.2019

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