Sin más opciones, Helena regresó al pasillo. Allí se encontró con Eira, otra estudiante que arrastraba su propio equipaje.
—¡Hola! ¿Cuándo llegaste? ¿Quieres que te ayude a subir la maleta a nuestra habitación? —preguntó Eira con una sonrisa amable.
—Hola, Eira... —respondió Helena con un hilo de voz—. Hubo un error. Me han asignado temporalmente una habitación de chicos.
—¿Eh? ¿En serio? ¡Qué fuerte!
—Ya hablé con la secretaria y me ha dicho que no hay espacio. Tengo que pasar la noche aquí sí o sí.
Al entrar de nuevo a la suite, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Los chicos seguían allí. Jungwon, molesto por la invasión de su espacio, no tardó en hablar.
—¿Te vas a quedar ahí parada o vas a quitar tu maleta del medio? No tenemos espacio —le espetó de mala gana.
«No, vengo a lanzártela a la cabeza», pensó Helena, apretando los puños.
Chris intervino de inmediato, dándole un leve golpe en la mano a Jungwon para que se callara.
—Ignórala, no vale la pena gastar saliva —dijo Chris, dándole la espalda.
Ares, que estaba sentado en una silla de la esquina pegado a la pantalla de su móvil, levantó la vista un segundo.
—¿Qué hace otra vez aquí esta? —preguntó con desdén.
Helena se mordió los labios con tanta fuerza que casi se hace sangre para no insultarlos.
—Quítense del medio si quieren que mueva mis cosas. Necesito pasar a mi cama —dijo con voz firme.
—¿Ah, sí? Pues si tu maleta está ahí, es mi cama —se burló Chris, interponiéndose en su camino.
—Para tu información, solo me quedo aquí hoy. Mañana me largo. Así que si alguien tiene algún problema, que se aguante —sentenció Helena.
Chris soltó un bufido de frustración y se apartó. Helena caminó recta hacia la cama libre de la esquina, se dejó caer sobre ella y se obligó a dormir, ignorando las miradas hostiles.