A la mañana siguiente, el reloj marcaba las siete en punto. Helena ya estaba completamente vestida, peinada y lista para huir del lugar. De repente, unos golpes suaves sonaron en la puerta principal. Al abrir, se encontró con Alina, una chica de su misma facultad.
—¡Hola! Venía a ver si necesitabas ayuda con algo... —comenzó Alina, pero se detuvo al ver el interior de la habitación.
—En realidad no, pero gracias por venir —respondió Helena, aliviada de ver una cara amiga.
El ruido de la conversación despertó a Jungwon, quien se incorporó en su cama con el pelo revuelto y muy mal humor.
—¿Se puede saber quién está hablando a estas horas? —gritó, frotándose los ojos—. ¿Has visto qué hora es?
Helena se giró, harta de sus quejas.
—¿Tienes algún problema?
Alina, que no soportaba los malos modos, dio un paso al frente y defendió a su amiga:
—¿Y a ti qué más te da? Si tienes sueño, tápate las orejas con la almohada y déjanos hablar en paz.
Jungwon se quedó estupefacto ante la réplica de Alina, mientras las dos chicas salían de la habitación dando un portazo.
Más tarde, en el salón de clases, el ambiente era mucho más relajado. La sala estaba repleta de alumnos nuevos. Eira y Alina se habían sentado juntas en una mesa del fondo y comentaban entusiasmadas los detalles del viaje de bienvenida. Helena, por su parte, se sentó al lado de un chico llamado Q. Congeniaron al instante y se pasaron la clase susurrando y riendo, consolidando una amistad rápida.
Desde el otro extremo del aula, Chris y Jungwon observaban la escena con los brazos cruzados y el ceño fruncido, notablemente molestos al ver lo bien que Helena se llevaba con su amigo. Ares, fiel a su estilo, permanecía a su lado con la mirada fija en el móvil, ignorando por completo el drama que se desarrollaba a su alrededor.
Al sonar el timbre que anunciaba el final de las clases, el profesor recordó a todos que esa misma noche se celebraría la fiesta oficial de bienvenida. Todos los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas para ir a prepararse a sus respectivas habitaciones. Fue entonces cuando Helena palideció.
—¡Ah! No puede ser... Me dejé el bolso —dijo, revisando su mesa.
—¿Dónde? —preguntó Alina.
—En la habitación de esos idiotas.
—Bueno, no pasa nada. Yo te acompaño a buscarlo —se ofreció Alina de inmediato.