La mandíbula de Ares se tensó al escuchar el deletreo. No estaba acostumbrado a que nadie del campus, y mucho menos una chica recién llegada, le levantara la voz de esa manera. Dio un paso hacia ella, recortando la poca distancia que los separaba, usando su altura para intentar intimidarla.
—No tienes ni idea de con quién estás hablando —dijo Ares, con una voz baja y peligrosamente tranquila—. Deberías aprender a vigilar esa boquita si no quieres tener problemas desde el primer día.
Eira, lejos de amedrentarse, soltó una carcajada sarcástica. El miedo que le había provocado el perro se había transformado por completo en pura adrenalina y orgullo.
—¿Problemas? ¿Me estás amenazando? —replicó ella, cruzándose de brazos y sosteniéndole la mirada—. Lo único que veo aquí es a un chico mimado que se cree el centro del universo y que no tiene ni un mínimo de empatía. ¡Que solo te he tocado el brazo porque me he asustado, tampoco te iba a pegar el dengue!
—A mí nadie me toca sin mi permiso, y mucho menos una histérica que se asusta de un cachorrito —escupió Ares, señalando con la cabeza al perro, que ya se había alejado trotando hacia unos arbustos—. Si eres una cobarde, te quedas en tu habitación encerrada.
—¿Histérica? ¿Cobarde? ¡Eres un egocéntrico insoportable! —le gritó Eira, sintiendo cómo las mejillas le quemaban de la rabia.
Varios estudiantes que salían al jardín con sus vasos en la mano se giraron al escuchar los gritos. Ares paseó la mirada por los curiosos y luego volvió a clavarla en Eira. Su expresión se volvió aún más gélida al verse expuesto.
—Cállate ya, estás haciendo el ridículo —sentenció él, dándole la espalda como si la conversación no tuviera la menor importancia.
Esa muestra de indiferencia fue la gota que colmó el vaso para Eira.
—¡Vete a la mierda, Ares! —le gritó a su espalda, sin importarle que todo el mundo la oyera.
Sin esperar a ver si él se giraba o no, Eira dio media vuelta con el corazón latiéndole a mil por hora. Caminó a pasos agigantados sobre el césped, subió las escaleras del porche exterior de la residencia y entró en el edificio principal, dejando atrás el ruido de la fiesta, la música y, sobre todo, la mirada oscura de Ares. Solo quería llegar a su habitación, cerrar la puerta y no volver a ver a ninguno de esos chicos en lo que restaba de curso.