Cupido Tiene Mal Genio

8. Caminos cruzados al amanecer

Los primeros rayos de sol de la mañana apenas empezaban a colarse por las ventanas del pasillo de la residencia cuando Helena cerró la puerta de su nueva habitación. Llevaba puesto su uniforme deportivo, las rodilleras ajustadas en las piernas y una mochila al hombro con sus zapatillas de pista. El reloj marcaba las seis y media de la mañana. Aunque estaba cansada por el Drama de la noche anterior, la adrenalina de su primer día de entrenamiento en el equipo de voleibol de la universidad la mantenía completamente despierta.

Comenzó a caminar por el largo pasillo del ala norte, ajustándose la coleta, cuando el sonido de unas risas y varias voces masculinas rompió el silencio del edificio.

Al levantar la vista, se le cayó el alma al suelo. Caminando en su misma dirección, con bolsas de deporte oficiales del club y vistiendo la equipación de entrenamiento, venían ellos cuatro: Q, Ares, Chris y Jungwon.

—¡Buenos días, Helena! —saludó Q de inmediato con una enorme sonrisa, rompiendo la tensión del grupo. Era el único que parecía genuinamente feliz de verla a esas horas.

—Hola, Q —respondió Helena, aminorando el paso, pero manteniendo una distancia prudente.

Chris la miró de reojo, deteniéndose un segundo en sus rodilleras y en el logo del equipo de voleibol que llevaba impreso en la camiseta. No dijo nada, pero una ligera sonrisa de suficiencia asomó en la comisura de sus labios. Ares, por su parte, caminaba con las manos en los bolsillos y los ojos entrecerrados, visiblemente de mal humor, probablemente arrastrando el enfado de la discusión con Eira de la noche anterior.

—Vaya, vaya... ¿La intrusa también madruga? —soltó Jungwon con tono burlón, colocándose al frente del grupo.

Llevaba una cinta en el pelo y un brazalete distintivo en la manga de su chaqueta que revelaba su posición en el campus: era el capitán del equipo oficial de fútbol masculino.

—No soy ninguna intrusa, Jungwon. Voy a mi entrenamiento —replicó Helena, cruzándose de brazos y sosteniéndole la mirada—. Veo que ustedes también van al suyo.

—Sí, pero hay niveles —intervino Jungwon con arrogancia, dándole un toque al balón de fútbol que llevaba bajo el brazo—. Nosotros ocupamos el campo principal. Somos el equipo del campus.

—El voleibol también es un equipo oficial, capitán —defendió Helena con ironía, remarcando la última palabra—. Así que bájate un poco de tu nube.

Chris soltó una pequeña risa ahogada ante la respuesta de Helena, lo que hizo que Jungwon le lanzara una mirada de advertencia. Q, intentando suavizar las cosas como siempre, se colocó entre ellos.

—Oye, pues qué bien. Los campos de fútbol y las pistas de voleibol están en la misma zona deportiva. Podemos ir caminando juntos si quieres —propuso Q de forma inocente.

Ares soltó un bufido de fastidio al escuchar la propuesta de su amigo.

—Ni de coña, Q. No tengo ganas de aguantar numeritos a las siete de la mañana. Movámonos ya —sentenció Ares con voz ronca, adelantándose a todos a paso rápido sin mirar atrás.

Jungwon miró a Helena una última vez con tono desafiante.

—Hazle caso. Camina rápido si no quieres llegar tarde, novata. El gimnasio de voleibol está justo al lado de nuestro vestuario, así que nos veremos por ahí.

Los cuatro chicos continuaron su marcha pasillo abajo. Chris se quedó el último del grupo y, justo antes de girar la esquina, se giró hacia Helena y le dedicó una última mirada indescifrable antes de seguir a los demás. Helena suspiró profundamente, se recolocó la mochila y aceleró el paso. El primer día de deporte en el campus prometía ser tan intenso como el primero de convivencia.

La noticia corrió como la pólvora por todo el complejo deportivo. La entrenadora del equipo femenino de voleibol había tomado una decisión drástica para iniciar la temporada: debido a la llegada de varias integrantes nuevas con un nivel altísimo, el puesto de capitana quedaba vacante y se decidiría esa misma mañana mediante un set de prueba y una votación técnica.

La expectación era máxima. Sentadas en las gradas de la zona baja del polideportivo estaban Alina y Eira, que habían acudido corriendo en cuanto se enteraron para apoyar a su amiga. Eira aún arrastraba una expresión seria, cruzada de brazos, intentando ignorar el hecho de que, apenas unos minutos después, el grupo de futbolistas entró por las puertas del gimnasio.

Q, Ares, Chris y Jungwon se colocaron en la parte superior de la grada. Habían terminado su primera sesión de carrera y, movidos por la curiosidad —y por el evidente interés de ver cómo se desenvolvía la "novata"—, decidieron quedarse a observar.

—Mira quién está ahí —susurró Jungwon, apoyando los brazos en la barandilla de hierro y señalando a la pista—. A ver si la intrusa es tan buena jugando como respondiendo.

—Apuesto a que sí —murmuró Q con una sonrisa, ganándose una mirada fulminante de Jungwon.

Chris no dijo nada. Se limitó a sentarse, clavar sus ojos en la figura de Helena y observar cada uno de sus movimientos de calentamiento. Unos metros más abajo, Ares desvió la vista hacia la grada contraria y sus ojos se cruzaron un segundo con los de Eira. Ella le sostuvo la mirada con frialdad absoluta antes de girarle la cara con desprecio. Ares apretó los dientes y desvió la atención hacia la pista.

La prueba fue intensa. Tras varias rondas de saques, bloqueos y colocaciones, la entrenadora sopló el silbato y mandó formar una fila.

—Muy bien, chicas. El nivel este año es extraordinario —anunció la entrenadora con voz firme—. Pero la capitanía requiere carácter, visión y técnica. Las dos finalistas para el puesto son: ¡Elena y la veterana del equipo, Valeria!

Alina y Eira saltaron de sus asientos gritando y aplaudiendo. En lo alto de la grada, Chris esbozó una sonrisa de lado, casi imperceptible, mientras Jungwon arqueaba una ceja, visiblemente sorprendido de que Helena hubiera llegado tan lejos en su primer día.



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Editado: 04.06.2026

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