Observó la caja ridículamente reluciente frente a él. Recibía una como cada mes; nunca sabía de dónde o cuándo llegaba, lo único seguro era que el catorce de cada mes la caja aparecía frente a su puerta.
Con un suspiro, procedió a abrirla, ignorando la pequeña tarjetita en forma de corazón que venía unida al ridículo moño rosa chillón. Nunca la leía y no empezaría a hacerlo ahora, así que no dudó dos veces en tirarla al cesto de la basura. Una vez arrojado todo lo inútil al fondo del bote, observó el verdadero contenido del paquete.
Al igual que cada mes, dentro había diez flechas de al menos una cuarta y media de largo: ocho eran doradas y únicamente dos eran de un negro brillante.
Las flechas doradas servían para enamorar, formar parejas o idiotizar a la gente —como quisieran decirle, al final terminaba siendo lo mismo—. Las negras brillantes eran para emergencias, en caso de cometer algún error de cálculo; de hecho, recibía una jugosa paga extra si al final de cada entrega de información devolvía intactas aquellas dos armas oscuras.
Si era sincero consigo mismo, aún no entendía muy bien cómo funcionaba todo eso, y tampoco era que le interesara mucho; únicamente había aceptado el trabajo porque necesitaba el dinero. Era sencillo y discreto. Una vez al mes, en su cuenta bancaria se depositaba una cantidad considerable de acuerdo a su labor empleada, y eso estaba bien. Pero lo que más le agradaba era que su identidad como Cupido fuera secreta; la primera y única regla era que estaba prohibido relacionarse con cualquier miembro que trabajara para ellos. La discreción era su mayor principio.
Junto a las flechas encontró un frasco con pastillas blancas en forma de corazón, las cuales no dudó en meter en el bolsillo de su pantalón, y finalmente el librito donde tenía que apuntar la información de los ingenuos a los que disparaba y condenaba a aquel nefasto destino.
Le daba escalofríos de solo pensar que, de no haber descubierto la organización, él habría sido una de esas tantas víctimas condenadas a consumir esa mercancía barata del amor.
Se encogió de hombros y suspiró. Era hora de trabajar.
Guardó rápidamente el carcaj de flechas en su mochila y tomó únicamente dos flechas doradas y una negra; nunca estaba de más ser precavido. Se dio una última mirada en el espejo y sonrió satisfecho. Era una lástima que no estuviera disponible en el mercado del romance, pero eso no significaba que viviría en celibato.
—Lo siento, chicas. Cupidos les robó un gran partido —murmuró para sí mismo.
Se guiñó un ojo al pasar frente al reflejo y finalmente salió de su apartamento. Esa carrera universitaria no se pagaría sola.
(...)
—¡Asher! —escuchó que lo llamaron apenas puso un pie en el campus.
Varias miradas se dirigieron a él de inmediato, pero aquello no lo incomodó; ya estaba acostumbrado a recibir esa atención. Sonrió al reconocer a quien lo llamaba. Era Milo, su mejor amigo, por no decir el único. Se conocían prácticamente desde el jardín de infancia. Su revoltoso cabello rizado y rojizo era un claro contraste con el suyo, que era negro y algo rebelde. Milo era una cabeza más bajo que él, y su piel tenía un tono blanco pálido sin llegar a ser enfermizo; de hecho, si eras curioso y te fijabas bien, casi podías ver las venas alrededor de sus manos y cerca de sus ojos color miel, que brillaban siempre con travesura.
Visualmente, ambos eran el día y la noche, y más aún en la forma de vestir. Milo carecía totalmente de estilo. ¡Porque tú no combinas rayas y cuadros, jamás! ¡Never!
—¡Oye, hombre! ¿Qué pasó contigo el viernes? Cuando me di cuenta, ya no estabas por ningún lado —comentó Milo con reproche una vez estuvo cerca, mientras rebuscaba algo en su mochila.
«¡Oh, cierto! ¡El viernes!». Había huido prácticamente de aquella fiesta cuando recibió la llamada del viejo.
—Sucedió algo y tuve que irme... —se excusó, restándole importancia al asunto. Milo solo lo miró con el ceño fruncido—. No fue nada.
—¿Seguro?
Él asintió. Milo no pareció creerle; sin embargo, no indagó más y él lo agradeció.
—Aquí está la información que me pediste sobre las chicas nuevas de primer año —dijo pasándole una memoria USB, que Asher no tardó en tomar con manos ansiosas—. Pero en serio... ¿novatas? —preguntó con escepticismo, mientras lo veía con desaprobación.
Lo que Milo no sabía era que lo que estaba entregando en sus manos significaba la cuota de ese mes. Conseguir la información de los chicos era pan comido, pero con las chicas... eso era otro asunto. Asher no podía andar por ahí preguntando cosas casualmente sin que pensaran que sentía interés por alguna de ellas, y no quería enredos a su alrededor.
—¡Oh, amigo! ¿Qué haría yo sin ti? —preguntó abrazando a Milo fuertemente sin darle oportunidad de zafarse, mientras lo levantaba unos pocos centímetros del suelo.
—Oye, Asher, suéltalo, empieza a ponerse azul... —intervino una tercera voz femenina, que él reconoció enseguida.
—Kara... —chilló Milo mientras fingía desmayarse.
—¡Asher! —gritó ella, golpeando su cabeza.
Él sonrió mientras soltaba al aún sofocado Milo, que dramatizaba para conseguir la atención de su novia.
Aquella pareja era, sin duda, su mejor obra maestra. Kara compartía especialidad con él, mientras que Milo estudiaba medicina. Kara se inclinaba más por la rama empresarial. Después de conocerla y de ver los ojitos brillantes de Milo al mirarla, Asher no dudó en flecharla; desde entonces, llevaban un año y medio juntos. Y realmente hacían una bonita pareja. Kara venía de la ciudad; era una chica ruda, un centímetro más baja que Milo, de cabello rubio y ojos negros, algo curvilínea y de piel morena. Venía de una familia acomodada al igual que él, razón de más para unirlos.
—Oye, no olvides que yo lo conocí primero. Milo es mío, solo te lo estoy prestando para que se case y se reproduzca.
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Editado: 09.06.2026