Cupidos S.A.

Ugh

Dejó a Kara y a Milo juntos y rápidamente buscó un salón vacío. La información que Milo le había conseguido era super valiosa; las novatas que ingresaban eran las típicas niñitas de papi, consentidas y las básicas que creían en cuentos de hadas y romances a primera vista. Y él definitivamente no desaprovecharía esa oportunidad.

​Esas novatas eran oro, oro puro.

​Rápidamente ingresó al primer salón vacío que encontró y, ansioso, sacó su laptop de la mochila y conectó la USB. No por nada le había insistido a Milo que ingresara al comité de bienvenida; sabía que podría sacarle provecho.

​No lo parecía, pero Milo era alguien sumamente inteligente. Miró la única carpeta en aquella memoria con el nombre de "Novatas" y no le sorprendió en absoluto ver que estaban ordenadas por orden alfabético.

​—Definitivamente te amo, Milo... —susurró, dándole clic a la primera chica de la lista—. Veamos... Abigail. ¿Eres un diez o un... wooow? —Pero nada lo preparó para lo que se encontró abajo del nombre.

​Visualmente, era todo lo que consideraba un peligro para su salud mental. Tenía una cabellera larga y rebelde, un mar de abundantes rizos de un tono cobrizo encendido que parecía brillar con luz propia. Su piel era de un blanco pálido, salpicada por un tierno camino de pecas que le cubrían las mejillas y rodeaban una nariz pequeña y respingona. Pero lo peor eran sus ojos: verdes, grandes, brillantes y enmarcados por unas pestañas ridículamente largas que le daban el aspecto de haber salido directamente de un cuento de hadas o de una novela rosa barata.

​Era de baja estatura, delicada, y desbordaba exactamente el tipo de vibra idealista que él detestaba. Tenía cara de las que lloraban con los finales felices de las películas.

¡Puaj!

​—Definitivamente, no eres mi tipo —murmuró para sí mismo, cerrando la pestaña con brusquedad.

​Miró de mala forma la laptop, como si la pantalla fuera la culpable, pero suspiró y se frotó el rostro.

​«Piensa en el dinero, piensa en el dinero, piensa en el dinero...», se repitió como un mantra.

​Volvió a abrir la carpeta, encontrándose de lleno con aquellos enormes ojos verdes.

​—Ugh... Veamos. Te llamas Abigail Alcozer... Tienes diecinueve años, estudias... ¡Oh, guau, qué sorpresa! —Fingió entusiasmo al leer la carrera que llevaba, mientras se llevaba ambas manos a las mejillas—. Estudias arte. Qué predecible... Mmm, no tienes nada llamativo más que tu apariencia... Meh, presa fácil. Solo debo buscar a algún tonto ingenuo y listo; trabajo hecho y dinero fácil.

Ya tenía a su primera víctima. Solo debía conseguir información sobre los novatos de su carrera y listo: pareja formada. Cerró su laptop y la metió rápidamente en su mochila; justo cuando estaba a punto de cerrarla, una voz suave a su espalda, que le erizó el cuerpo entero, le habló:

​—¿Este es el salón del profesor Freddy? Es que... creo que me perdí —confesó con lo que sospechó era una mezcla de vergüenza e incomodidad.

​Pero nada lo preparó para lo que sus ojos vieron al momento de voltear. Ahí, frente a él, estaba su primera víctima: Abigail Alcozer. Su larga melena naranja caía como una cascada por su espalda, y dos rizos traviesos escapaban de lo que supuso era una media coleta. Vestía un fresco vestido blanco que le llegaba por encima de las rodillas. La detalló de pies a cabeza; realmente no era alguien que impusiera por su presencia, pero su apariencia llamativa robaba miradas donde quiera que estuviera, y de eso no tenía dudas.

​No era muy alta; de hecho, calculaba que le llegaba apenas a la mitad del pecho.

​—Novata, ¿cierto? —fingió no conocerla. Ella asintió—. Mmm... el salón de Freddy está en dirección contraria. Cruzando los baños, subes las escaleras y, tres aulas después de doblar la esquina, lo encontrarás.

​Le dedicó una sonrisa amable, a lo que ella le devolvió el gesto con unos ojitos brillantes.

​Moriría por ver su rostro cuando se diera cuenta de que había terminado en el departamento de ciencias forenses.




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