Cúpula

Capítulo 2

Capítulo 2: El rastro del silencio.

Días antes de la expulsión

La alarma sonó a primera hora, como de costumbre, rasgando el silencio de la habitación. Sara fue la primera en despertar. Su reflejo en el espejo de la mesa de noche delataba un cansancio acumulado de semanas: el cabello desordenado y unas ojeras profundas que narraban sus noches de insomnio. Aún en pijama, se sentó en el borde de la cama, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros.

—Ya es momento de despertar, amor —dijo con voz somnolienta, seguida de un bostezo. Sabía que, en la Cúpula, la puntualidad no era una sugerencia, sino una norma; ausentarse sin justificación era una mancha que no podía permitirse.

—Ya voy, ya voy… —respondió Johnny, hundiéndose un poco más entre las sábanas, tratando de robarle unos segundos al reloj.

Johnny era un oficial de seguridad respetado, el candidato principal para ascender a comisario. Sara, por su parte, ya era la comisaria del sector Rashford, una mujer amada por los ciudadanos por su sentido de la justicia. En los pasillos del poder se rumoreaba que, tras la jubilación del actual alcalde, ella sería la elegida para sucederlo.

La Gran Cúpula no era solo un refugio, era una estructura rígidamente organizada por el Parlamento: cinco líderes, uno por cada sector, que dictaban las leyes para mantener el control absoluto. Rashford, la capital, era el corazón de todo. Allí no solo estaba la Gran Puerta de la muralla, sino también la sede de la división de Seguridad y Cumplimiento de la Ley, encargada de vigilar que los otros cuatro sectores no cayeran en el caos.

—No podemos llegar tarde —insistió Sara, levantándose con prisa—. El alcalde me está presionando con el caso de Thomy.

—Lo sé. Vamos a llegar al fondo de su desaparición —Johnny se levantó finalmente y la abrazó por la espalda, intentando transmitirle calma—. Solo trata de no mortificarte tanto. Mira tu cara, no has descansado nada.

—Es que nada de esto tiene sentido —confesó ella, dejando que su frustración tiñera su voz.

Hacía semanas que Thomy Márquez, un brillante técnico de la división de Informática, se había esfumado. El caso, asignado a Sara, se había convertido en un laberinto de incongruencias.

—¡No logro entenderlo! —exclamó Sara, apartándose con nerviosismo—. En la Cúpula todo está controlado. Hay cámaras en cada esquina, los suministros de comida se calculan al gramo. Si alguien desaparece, es imposible que sobreviva mucho tiempo sin ser detectado. Y si alguien lo hubiera asesinado… el olor de la putrefacción lo habría delatado en días. Este lugar es demasiado pequeño para esconder un cadáver.

—Lo encontraremos, Sara. Solo es cuestión de observar los detalles que otros pasan por alto —trató de animarla Johnny, aunque él también empezaba a sentir el frío de la duda.

Tras un desayuno rápido donde Sara apenas probó bocado, se dirigió a la estación de policía. En lugar de ir a su oficina principal, se encerró en la sala de archivos. Sus sospechas sobre el Parlamento crecían: las cámaras de seguridad del cuadrante de Thomy habían fallado "convenientemente" el día de su desaparición. Necesitaba otra vía.

Revisó el expediente personal de Thomy Márquez. Buscó su historial de convivencia y encontró un nombre: Maritza Márquez, su tía y única pariente registrada. Vivía en un bloque de viviendas humildes en el extremo sur del sector Rashford. Sin avisar a sus superiores y evitando registrar su salida en el sistema oficial, Sara decidió ir personalmente.

Caminó por las calles de concreto de la capital, sintiendo que los ojos de las cámaras la seguían. Al llegar al edificio, subió por las escaleras exteriores hasta el tercer piso. La puerta se abrió tras el primer toque, revelando a una mujer de cabello canoso y mirada asustadiza.

—¿Señora Maritza? Soy la comisaria Cooper —dijo Sara, mostrando su placa discretamente—. Necesito hablar con usted sobre su sobrino, Thomy.

La mujer palideció y la invitó a pasar rápidamente, cerrando la puerta con doble cerrojo. El pequeño apartamento olía a té de hierbas y a encierro.

—He oído que lo están buscando, comisaria —susurró Maritza, con las manos temblorosas—. Pero aquí no encontrarán nada. Thomy no se fue porque quiso. Él tenía miedo.

—¿Miedo de qué, Maritza? —preguntó Sara, agudizando la mirada.

—No lo sé con certeza. Pero su mejor amigo, Lukas, quien trabajaba con él en Informática, renunció al día siguiente de la desaparición. Vino a verme hace unos días; estaba pálido, decía que Thomy había encontrado "un vacío" en el sistema que no debía existir.

—¿Un vacío? ¿Dónde está Lukas ahora? —Sara se inclinó hacia adelante, sintiendo que finalmente tenía un hilo del cual tirar.

—Se fue. Dijo que en la capital no estaba seguro. Me confió que buscaría refugio en el sector Bruni. Allí nadie hace demasiadas preguntas —respondió la mujer con voz quebrada—. Por favor, comisaria... haga justicia a mi sobrino.

Sara se despidió de la señora Maritza con una promesa silenciosa. Al salir al pasillo, la ciudad se sentía más opresiva que nunca. ¿Por qué alguien dejaría los lujos de la capital por la austeridad industrial del sector Bruni si no estuviera huyendo de algo letal?




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