Capítulo 3: el rastro en el polvo.
Sara observaba con desagrado la acumulación de polvo, tierra y escombros dispersos por todo el Sector Bruni. Aquella zona era la encargada de la minería y, por ende, de suma importancia: de allí se extraía el carbón que alimentaba el generador para distribuir la luz a toda la ciudadela.
—Hola, comisaria. ¿A qué se debe esta grata visita? —Una figura alta y musculosa se acercó. Sara distinguió la voz ronca antes de verlo—. Roger —pensó.
—Hola. Disculpa por no avisar, pero estaré de paso. Busco a alguien que se unió hace poco a este sector.
Sara notó una tensión inmediata en el ambiente. Desvió la mirada para evitar el contacto visual directo y se percató de que las viviendas sobrepasaban los cuatro pisos de altura; las condiciones de vida allí eran deplorables.
—No hemos recibido personal nuevo en meses —respondió Roger, pensativo, como si tratara de recordar la última vez que alguien fue asignado a su sector.
«¿Le habrá mentido Lukas a Maritza?», se preguntó Sara, confundida.
—¿Estás seguro? ¿No tendrás un registro de ingresos? Su nombre es Lukas —suplicó ella—. Es de suma urgencia, Roger. Por favor, de comisario a comisario.
Roger notó la gravedad en su expresión. Sacó una libreta del bolsillo interno de su chaqueta y comenzó a leerla con parsimonia. Sara, mucho más baja que él, tuvo que alzar la vista. Observó su cabello corto y su barba larga, ambos cubiertos por una fina capa de polvo que también teñía su ropa de gris.
—No, no hay ningún Lukas —dijo Roger, pasando el dedo por las hojas—. El último que ingresó fue hace unos días. Un tal Marcus.
—¿Dónde puedo encontrar a Marcus? —Sara tuvo una corazonada inmediata. Ese nombre era el refugio de quien no quiere ser encontrado—. «Voy por ti, Lukas», pensó.
Roger anotó algo en un pedazo de papel.
—Lo mandé a la cuadrilla de limpieza, pero si no está allí, esta es la dirección de su vivienda. —Arrancó la hoja y miró a Sara fijamente—. No te ayudo porque me caigas bien, Cooper. Solo espero que no olvides que los favores se pagan con favores.
—Te lo agradezco mucho —respondió ella, aceptando el trato implícito.
—Te dejo, comisaria. Debo supervisar la mina. Si necesitas algo más, no me busques; ya tengo suficiente con saber que andas rondando por aquí —añadió Roger. Sara no supo si era sarcasmo o una advertencia real.
Tras caminar un tiempo por las pasarelas metálicas, Sara llegó a la dirección indicada. Las calles eran tan estrechas que apenas dejaban espacio para los peatones; la luz escaseaba, filtrándose apenas entre los edificios altos. Sentía una punzada de indignación al ver la miseria de Bruni.
«Esos ancianos del Parlamento deben estar revolcándose en alguna piscina, comiendo de más, mientras aquí apenas sobreviven con pan», pensó.
—Pronto haré que las cosas cambien —susurró para sí misma.
Subió las escaleras de metal, aferrándose a la barandilla fría, hasta llegar al quinto piso. Encontró la puerta abierta y sus instintos se dispararon. Era una puerta de madera marrón con el picaporte destrozado tras haber sido forzado.
—¿Hola? —abrió lentamente mientras encendía la linterna de su cinturón—. ¿Hay alguien aquí?
El silencio era abrumador. Todo estaba devastado: ropa esparcida por el suelo, objetos rotos y el colchón fuera de la cama, tirado contra una esquina.
—¿Qué carajos ocurrió aquí? —murmuró, con la confusión grabada en sus ojos marrones.
Buscó el interruptor de la luz, pero al accionarlo, nada ocurrió. No tuvo más remedio que investigar con el haz de luz de su linterna.
—Comisaria, tenemos un problema en el área de agricultura —la radio cobró vida con interferencia. Era la oficial Michell—. ¿Me escuchas, Sara?
—Te escucho, Michell —respondió Sara, distraída. Sus ojos se fijaron en un dibujo en el suelo: una casa grande con la palabra "Biblioteca" escrita arriba—. Ahora estoy ocupada con algo importante, encárgate tú.
Se agachó para recoger el dibujo. Detalló que la casa estaba rodeada por dos círculos concéntricos y pintada de rojo. En la parte norte del diagrama se leía: "Puerta A y Puerta B".
—Pero Sara, te necesitamos aq… —Michell no terminó la frase; la comisaria apagó la radio.
—Espejos rotos, una silla destrozada… aquí hubo un enfrentamiento —concluyó Sara—. Primero Thomy y ahora Lukas. Esto no es casualidad.
Mientras tanto, en Rashford, Michell estaba furiosa.
—¿Dónde se habrá metido ahora? —masculló. Ella era delgada, usaba lentes y poseía un intelecto sin igual, siempre cargando papeles como si el trabajo nunca terminara.
Johnny llegó al Ala del Comedor, un área amplia con algo de vegetación, donde una multitud rodeaba a un grupo en conflicto.
—¡Abran paso! —exclamó Johnny, abriéndose camino entre la gente.
En el centro, el señor Gregorio sujetaba por la muñeca a un niño de unos once años, quien temblaba de miedo.
—Atrapamos a este ladrón robando maíz de la despensa.
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Editado: 03.01.2026