Capítulo 4: El sexto sector.
La noche empezó a caer y la oscuridad se apoderó de los callejones; solo quedaban las tenues luces de las bombillas que iluminaban las fachadas. El polvo en suspensión cubría por completo a Sara, quien soltó un suspiro cansado mientras intentaba pensar en qué otra pista podría encontrar a última hora.
—¿Tú también vienes en busca de aquel sitio? —escuchó de pronto. Era una voz sutil y baja, como si quien hablara tuviera miedo de acercarse.
—¿De qué sitio estás hablando? —Sara entrecerró los ojos, tratando de divisar a la niña que permanecía envuelta en las sombras.
—Hace días vino alguien buscando algo. Dijo que era un lugar oculto dentro de nuestras murallas —la voz de la pequeña ganaba confianza a medida que hablaba.
—¿De casualidad sabes dónde queda? —Sara pudo verle el rostro cuando la niña se acercó un poco a la luz. Tenía el cabello enrulado y una mirada perdida.
—No me dijo dónde era —añadió la niña, acercándose paso a paso—. Pero lo seguí.
—¿Podrías señalarme el camino? —Sara permaneció sentada, sin mover un solo músculo. Temía que cualquier gesto brusco espantara aquella valiosa fuente de información.
—Esa pared no estaba antes... es reciente —señaló la niña—. Si saltas a través de ella y caminas unos pasos, encontrarás la única casa de un solo piso. Aquella persona entró en la casa y más nunca salió.
—¿Por qué levantaron esa pared?
—No lo sé, el alcalde no quiso dar explicaciones —aquella frase quedó rondando por varios segundos en la cabeza de la comisaria.
«¿Por qué el alcalde de Bruni pondría una pared?», se preguntó.
—No fue nuestro alcalde —corrigió la niña, adivinando sus pensamientos—. Era un señor mayor. Sé que era un alcalde por la cinta que llevaba en el pecho.
«¿Qué hacía el alcalde Chad en el sector Bruni? ¿Estará involucrado en la desaparición de Thomy?», pensó Sara.
—De acuerdo, niña. Muchas gracias. Ahora intentaré escalar este muro —dijo levantándose para continuar su misión.
Observó a su alrededor buscando algo que la ayudara, pero solo encontró latas de agua vacías y periódicos sucios. Miró un contenedor de basura al fondo y decidió usarlo como apoyo; solo le faltaba otro objeto para ganar altura. Retrocedió por donde había venido hasta encontrar una caja de madera lo suficientemente grande. La madera lucía vieja y frágil, pero era su única opción.
Empujó la caja con esfuerzo hasta llevarla junto a la pared. Tardó unos veinte minutos y terminó tan exhausta que se desplomó en el suelo para recuperar el aliento. Su ropa era un desastre: la camisa beige estaba fuera del pantalón y la tela marrón se veía oscurecida por la suciedad.
Se puso en pie para no perder más tiempo. Con las fuerzas que le quedaban, alzó el pesado contenedor de basura y lo colocó sobre la caja. Con cuidado, se subió a la estructura. El equilibrio era precario y el contenedor se tambaleaba, pero logró sujetarse del borde superior del muro. Usó la fuerza de sus piernas para impulsarse hasta que logró apoyar el abdomen en la cima y, finalmente, sentarse a horcajadas sobre la pared.
Tras unos segundos, Sara supo que no tenía energía para bajar con calma. Visualizó el suelo al otro lado y saltó, flexionando las rodillas al caer para amortiguar el impacto.
«Después me las tendré que arreglar para escalar esto al salir», pensó mientras recuperaba el aire.
Encendió la linterna. A unos treinta pasos, se topó con la casa de un solo piso. Se preguntó cómo era posible que aquella construcción permaneciera intacta sin que hubieran edificado encima de ella. Al intentar abrir la puerta, notó que estaba cerrada y solo emitía un quejido metálico. Se vio forzada a derribarla de una patada, tarea que resultó sencilla debido a la madera podrida.
El interior estaba cubierto de suciedad y telarañas; al fondo se oía el chillido de las ratas.
«Este lugar está completamente vacío», pensó con extrañeza. No había muebles, ni cuadros, ni rastro de vida; solo paredes de ladrillo y el eco de sus pisadas sobre el ruidoso suelo de madera.
Avanzó por un pasillo hasta otra habitación vacía, pero allí notó una trampilla en el suelo. Se acercó alumbrando con la linterna, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. «Alguien tuvo que vaciar esto. ¿Tendrá el alcalde Chad algo que ver?».
Tiró de la cuerda de la trampilla y reveló unas escaleras que descendían hacia un túnel profundo. Al bajar, se encontró con un pasillo que se perdía en la distancia. Las paredes eran de ladrillo y el suelo de concreto. A la derecha, un tubo de metal se extendía a lo largo del camino; Sara no sabía si transportaba aire o agua.
De pronto, los recuerdos de su niñez invadieron su mente. Recordó cuando fue arrebatada de sus padres y enviada a las minas como castigo por los crímenes de ellos. Su hermana mayor se había hecho cargo de ella.
—Oh, hermana, ojalá estuvieras aquí para ayudarme —susurró involuntariamente.
Recordó cómo su hermana se ofrecía a los trabajos más pesados en lo profundo de las minas para protegerla, doblando sus turnos en aquel calor sofocante donde la única luz provenía de los cascos. Por suerte, Sara nunca tuvo que bajar tanto.
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Editado: 03.01.2026