Capítulo 5: La caída de la comisaria.
El ambiente gélido de aquella sala solo alimentaba el presentimiento de que todo estaba a punto de salir mal; una sombra que acechaba a Sara desde el día en que le asignaron el caso de la desaparición.
«Debo llevarlo a la comisaría», pensaba, aunque en el fondo sabía que aquel joven decía la verdad. Estudió su rostro buscando algún rastro de nerviosismo, pero sus ojos cafés la observaban con una calma imperturbable.
—No es mi intención huir, si eso es lo que estás pensando —soltó él con voz tranquila, como si tuviera la certeza de que ella no representaba un peligro.
—Dime qué es exactamente lo que buscabas y por qué afirmas que el Parlamento oculta la verdad.
—Entiendo que sea difícil de creer. Thomy era como un hermano para mí. Hace meses empezó a volverse paranoico; decía que se sentía observado, vigilado —Lukas empezó a caminar a lo largo de la sala—. Él sabía que yo trabajaba en el área de informática y que tenía acceso a registros borrados. Pero el Parlamento nunca dejaría pruebas en computadoras accesibles, así que me pidió algo distinto.
—¿Qué fue lo que te pidió? —interrogó Sara.
El chirrido de los grillos se filtraba desde el exterior. Sara se acercó a una de las mesas, tomó una silla y se sentó. Lukas imitó el gesto, quedando frente a ella. «Miénteme y te aseguro que no saldrás de aquí», sentenció Sara con la mirada.
—Thomy contactó con un grupo de personas: los líderes de lo que parecía ser una revolución contra el control del Parlamento. Me pidió un mapa detallado del distrito Bruni.
—¿Una revolución? —la voz de Sara se alzó, delatando su angustia. Un levantamiento de ese tipo solo significaría la destrucción de la cúpula.
—Sí. No me dio nombres, pero creo que el líder es alguien del distrito Chani, alguien cercano al Parlamento. Por eso creo que, más que una revolución, es un golpe de Estado para tomar el poder.
—¿Qué te hace pensar eso?
Lukas continuó hablando de forma lenta y pausada, bajando el tono para que solo las paredes de la biblioteca los escucharan.
—Cuando le dije que no tenía las claves para acceder a esos mapas, él me entregó un papel con un usuario y una contraseña de alto nivel. Me dijo que con eso tendría acceso a cualquier cosa. El mismo día que le entregué el mapa, su paranoia aumentó. Lo último que me dijo fue que, si algo le pasaba, yo sería el siguiente. Por eso escapé a Bruni en cuanto supe de su desaparición.
Sara permaneció en silencio. Aquello explicaba por qué el alcalde Chad había estado tan interesado en su investigación. Él no buscaba justicia; buscaba eliminar la amenaza a su poder.
—Antes mencionaste que encontraste lo que buscabas. ¿Qué es exactamente? —preguntó ella.
—Conoces nuestra historia, comisaria. Hace cientos de años, el mundo fue consumido por criaturas que arrasaron todo. El oxígeno se volvió venenoso y surgieron los "Exploradores del Nuevo Mundo": Rashford, Bones, Chani, Finn y Bruni. Los precursores que fundaron la cúpula y el primer Parlamento. Nos dieron leyes y un libro que hemos seguido al pie de la letra.
—¿Y qué tiene eso que ver?
—Tiene que ver porque descubrí que todo es mentira —Sara lo miró incrédula, pero él prosiguió—. Todo comenzó hace más de setecientos años, tras la Cuarta Guerra Mundial. Un conflicto que duró sesenta años y dejó el mundo en ruinas. Los gobiernos decidieron separarse, crearon las cúpulas, inventaron una historia en la que creer y dictaron leyes para perpetuarse en el poder.
—Si eso fuera cierto... ¿cómo explicas las criaturas que ven los exploradores?
Lukas estaba a punto de responder cuando el sonido de algo metálico rebotando en el suelo los interrumpió. Al girarse, vieron granadas de humo rodando por el piso. Los instintos de Sara se activaron al instante. Se puso en pie de un salto y agarró a Lukas por el hombro.
—¡Corre!
Lukas resbaló debido a la prisa, pero se giró hacia la mesa de los documentos.
—¡No podemos dejarlos! —gritó sobre el siseo del humo.
Se adentraron en el laberinto de estanterías.
—Agáchate. El humo subirá; si nos mantenemos pegados al suelo, aguantaremos más —ordenó Sara, empujando a Lukas hacia abajo.
Se arrastraron por el piso buscando la oscuridad para evitar a los militares.
—Silencio absoluto —susurró ella.
La espesa niebla impedía ver, pero los pasos pesados de las botas militares resonaban en la sala.
—Revisen el área de arriba. Ustedes, aseguren la planta baja —ordenó una voz.
—Vaya, querida comisaria. Qué sorpresa encontrarla en esta zona que, presuntamente, no existe.
Sara reconoció de inmediato aquella voz serena y autoritaria.
—Es Chad —susurró, haciendo una señal de silencio a Lukas—. Me siguió.
El alcalde lucía su acostumbrado traje gris y una máscara antigás. A su alrededor, los militares del Parlamento —una fuerza que solo juraba lealtad a los políticos y no a las leyes— encendieron sus linternas, barriendo las sombras con haces de luz blanca.
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Editado: 03.01.2026