Capítulo 6: El peso de la traición.
El estruendo de las alarmas rasgó el silencio del distrito de Rashford, despertando a Johnny de un salto. La multitud se asomaba a las ventanas con el rostro desencajado por el pánico, temiendo lo peor.
—¿Qué está pasando? —gritó Johnny al aire, presa del susto.
Lo único que alcanzaba a ver era el parpadeo frenético de las luces de emergencia que bañaban el exterior de su casa en un rojo violento. La ciudad entera se había puesto en modo de emergencia preventiva, como si una catástrofe natural o una invasión fueran inminentes.
Johnny se vistió a toda prisa, forcejeando con su pantalón y su camisa mientras el corazón le golpeaba las costillas. Buscó el interruptor de la luz y, bajo la iluminación amarillenta de la habitación, se puso los zapatos con movimientos veloces y precisos. Su instinto de oficial le decía que debía salir a calmar a sus vecinos, pero un vacío frío en el estómago lo detuvo.
Al mirar hacia la cama, notó que las sábanas del lado de su esposa estaban intactas.
—Sara no llegó anoche —susurró para sí mismo. El mal presentimiento que lo acosaba desde la tarde se convirtió en una certeza de peligro—. ¿En qué problemas te has metido ahora, Sara?
Tomó su placa de oficial del mesón y avanzó hacia la puerta con la mano temblorosa. Antes de que pudiera girar el picaporte, la puerta se abrió desde fuera.
—Buenas noches, oficial Cooper.
Johnny retrocedió un paso. Nathalia, la comisaria del Parlamento, estaba allí plantada con una paciencia gélida, como si no le hubiera importado esperar horas a que él despertara. Sus ojos oscuros, cargados de una profundidad que intimidaba incluso a los militares que la escoltaban, se clavaron en él.
—¿No le parece increíble cómo el universo hace que nos crucemos dos veces en un mismo día? —preguntó ella con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Buenas noches... ¿Ha sucedido algo? He oído las alarmas —Johnny intentó proyectar una calma que no sentía.
Nathalia no respondió de inmediato; se dedicó a estudiar cada microexpresión en el rostro de Johnny, como un depredador analizando a su presa.
—Sara ha traicionado a la cúpula —soltó finalmente con una voz seca y directa—. Se ha convertido en un riesgo para la supervivencia de la humanidad. Si llega a saber algo de ella, es imperativo que lo notifique de inmediato. De lo contrario, usted también será procesado como traidor.
—No... no comprendo. ¿A qué se refiere con que Sara traicionó a la cúpula? ¿Qué fue lo que hizo? —Johnny sintió que el mundo se desmoronaba. Todo parecía un mal sueño. Recordó la advertencia que Nathalia le había dado esa misma tarde: Dile a tu esposa que no se involucre.
—Inspeccionen todo —ordenó Nathalia, ignorando sus preguntas.
Los militares parlamentarios irrumpieron en la vivienda con violencia, derribando muebles y vaciando cajones, destrozando el hogar que Johnny y Sara habían construido en busca de un indicio, una nota, cualquier rastro que los guiara hacia ella.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, Sara se abría paso con dificultad a través de un canal de riego que serpenteaba por las vastas tierras del Distrito Bones.
Este sector, conocido formalmente como el centro de "Agricultura y Producción Alimenticia", era un mundo aparte. De una extensión tan vasta como Bruni, su atmósfera era radicalmente distinta. Aquí no había callejones de ladrillo, sino kilómetros de praderas cubiertas por imponentes plantaciones de maíz que susurraban con el viento. Se cultivaba cacao, plátano y papa en cantidades industriales para sustentar a la población de la cúpula, mientras que los escasos árboles frutales eran custodiados como tesoros de lujo.
En la distancia, se alzaban las siluetas de casas de dos pisos, hogares de agricultores y ganaderos que gozaban de un estatus económico superior gracias a su control sobre el alimento de la ciudad. El 80% de la carne se enviaba directamente al distrito Chani, para los platos de porcelana del Parlamento, mientras el resto de la cúpula se conformaba con las sobras.
Sara mantenía el cuerpo sumergido en el agua turbia hasta el cuello, tiritando por el frío que calaba sus huesos. Sabía que la oscuridad de la noche era su único escudo.
«Pronto amanecerá y ya no tendré donde esconderme», pensaba con desesperación mientras la adrenalina corría por sus venas.
De repente, el aire se llenó de un sonido familiar y aterrador: las sirenas de Bones empezaron a aullar desde los postes de luz. Sara cerró los ojos un instante, pensando en Johnny. Sabía que él sería el primero en sufrir las consecuencias de su huida. Tenía que encontrar la forma de contactarlo sin llevarle la muerte a la puerta de su casa.
El zumbido de los motores de helicópteros empezó a vibrar en el cielo. Potentes faros de luz blanca barrían los cultivos, buscando cualquier movimiento sospechoso entre el maíz.
Sara hundió el rostro en el agua, dejando solo su nariz en la superficie para respirar. Aceleró el paso por el canal, buscando un área donde la vegetación fuera lo suficientemente densa para ocultarla. Al salir del agua, empapada y exhausta, se topó con un cobertizo donde descansaban palas y herramientas de labranza.
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Editado: 03.01.2026