Cúpula

Capítulo 7

Capítulo 7: El heraldo y la Exiliada.

—¿Es que nadie puede dejar de ser un completo inútil? —la voz furiosa de Chad retumbó en la sala.

La jaqueca empezaba a nublarle el juicio y el humor. ¿Cómo era posible que no la hubieran encontrado viviendo dentro de una cúpula cerrada? Se sostenía la frente con una mano, apoyando el codo en la mesa; la frustración le recordaba que ya no era el hombre gélido y paciente de su juventud. Los años pesaban, y el estrés era un enemigo que no podía arrestar.

—Es de noche, señor. Sin luz es casi imposible dar con ella entre las plantaciones —explicó el teniente a su lado, luchando por mantener la voz firme ante el aura de ira del alcalde.

—¿Y por qué carajos no encienden los faros? ¡Pongan los generadores al máximo e iluminen cada rincón de esta maldita cúpula! —rugió Chad—. ¡Y que alguien me traiga algo para este dolor de cabeza!

El silencio sepulcral que siguió fue interrumpido por el sonido de la puerta principal al abrirse. Un hombre vestido con un traje blanco impoluto entró en la sala. Caminaba con una serenidad insultante y una sonrisa arrogante dibujada en el rostro. En su mano derecha portaba un maletín de cuero marrón. Sus pasos, rítmicos y firmes, se detuvieron frente a la mesa donde Chad fingía leer los libros de prehistoria.

—El Parlamento desea un informe de la situación —dijo el hombre. Su voz era tan tranquila que resultaba inquietante.

«Lo que faltaba: el Heraldo del Parlamento», pensó Chad. Sintió que su migraña solo era el principio del problema.

—Un placer verlo, señor Klaus. ¿Cómo ha estado? —Chad se limitó a ser cortés por pura supervivencia.

—No estoy aquí por cordialidades, señor alcalde. Vengo a que reporte los hechos —Klaus apartó los libros con un gesto despectivo y colocó su maletín sobre la mesa.

Al abrirlo, extrajo un comunicador holográfico. Al encenderse, la luz azulada proyectó una mesa con cinco sillas ocupadas por siluetas oscuras: los miembros del Parlamento. Chad se ajustó la corbata, enderezó la espalda y ordenó a sus subordinados que desalojaran la sala con un gesto rápido de la mano.

—Primero que nada —comenzó Klaus, clavando sus ojos verdes en Chad —el Parlamento desea saber por qué se activaron las alarmas hace dos horas. Ha sembrado el pánico. Sabe perfectamente que si no mantenemos a la población bajo control, perdemos el poder. ¿Se imagina qué pasaría si la gente empezara a hacer preguntas difíciles?

—Pensé que hablaría directamente con ellos —masculló Chad, conteniendo las ganas de golpear al Heraldo.

—Dije que el Parlamento quería que reportaras, no que ellos quisieran hablar contigo —Klaus empezó a caminar por la estancia, memorizando cada detalle—. Las órdenes eran claras: deshacerse del informático sin levantar sospechas. Ahora tenemos a la comisaría más amada de la cúpula bajo orden de captura. Has metido la pata, Chad.

—Encontraré una solución. La comisaria sabía demasiado; es un peligro para el sistema, especialmente ahora que posee esos documentos y...

—¿Qué documentos? —Klaus lo interrumpió de forma abrupta.

Chad tragó saliva. Había hablado de más.

—Los del Proyecto C —confesó, manteniendo la voz baja—. Es un riesgo que esos archivos anden por ahí.

Klaus guardó silencio, perdiendo la mirada en el paisaje nocturno a través de la ventana.

—Comprendo... —repitió dos veces. Luego, se acercó a Chad hasta quedar a pocos centímetros de su rostro—. Seré franco: si para el amanecer no has resuelto este asunto, el Parlamento te sentenciará al mismo destino que a esa comisaria.

Mientras tanto, en una zona restringida de la capital, Johnny caminaba con pasos apurados mientras intentaba ignorar el ardor de las esposas metálicas en sus muñecas. Nathalia caminaba delante de él con una postura rígida, escoltada por cuatro guardias parlamentarios.

—Llegamos —anunció Nathalia frente a una pesada puerta de metal.

—¿Dónde estamos? —preguntó Johnny, desconcertado.

—Eso no importa ahora —ella abrió la puerta y lo empujó suavemente hacia una habitación fría, iluminada apenas por una bombilla desnuda sobre una mesa y dos sillas.

—Una sala de interrogatorios —Johnny se sentó frente a ella—. ¿Qué crimen he cometido? ¿Al terminar esto saldré de aquí o me van a "desaparecer" como a los demás?

—Necesitamos que nos digas todo lo que sepas sobre Sara —Nathalia apoyó los codos en la mesa, acercándose a él—. Ella se ha metido en un problema monumental, Johnny. Solo quiero lo mejor para ella, pero necesito que cooperes.

Sus ojos café estudiaban cada parpadeo de Johnny, buscando la mentira.

—Desde que te conozco has hecho lo posible por arruinarle la vida —respondió él con firmeza—. ¿Qué te hace pensar que voy a creerme ese discurso?

—Lo que pienses me da igual. No tenemos tiempo para jugar al policía bueno. Cooperas o te enviaré a las minas por cinco años.

—Cinco años en las minas serían un alivio comparado con un segundo más contigo —escupió Johnny.

Nathalia sonrió con amargura. —¿Conoces la historia de la crisis del distrito Bruni? Antes de que naciéramos, un joven con ideas revolucionarias hizo que todo el sector conspirara contra el orden. Aquella guerra civil casi acaba con nuestra supervivencia. Por eso se fundó el ejército parlamentario: para evitar que otra revuelta nos destruya desde dentro.




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