Cœurs Blessés: el corazón es el campo de batalla.

PRÓLOGO

«Un mundo que tú y yo construiremos,donde no te daré miedo, donde me amarás con la misma intensidadque yo lo he hecho, Elowen, la mujer que despertó mi más grande ilusión:
descubrir de que trata el amor»

🦋

Las risas eran el único sonido que se atrevía a romper la calma en los campos de Coderlios.

Eran notas puras, dulces, ajenas a las fronteras y a las leyes que los adultos tanto se empeñaban en proteger.

Allí, entre el trigo alto, dos niños corrían como si el tiempo no existiera.

Ella iba delante, una mancha de fuego pelirrojo que zigzagueaba entre las espigas.

Él la seguía unos pasos atrás, no porque fuera más lento, sino porque disfrutaba observando cómo la luz del sol chocaba contra la piel canela de su compañera.

Se movían con una libertad que, años más tarde, recordarían como su tesoro más preciado.

Ella giró la cabeza, era lo que hacía siempre que el viento soplaba a su favor, solo para asegurarse de que él seguía allí. Al verlo a unos pocos pasos, una sonrisa amplia y radiante iluminó su rostro.

En su pequeño mundo, esa era la definición de plenitud: la certeza absoluta de que, sin importar qué tan rápido corriera, él siempre estaría guardándole las espaldas.

Pero la confianza la hizo descuidar el camino. Sus pies tropezaron con una raíz oculta entre el trigo y, en un parpadeo, el suelo la recibió con brusquedad. El impacto le arrancó un pequeño grito y un lloriqueo que no pudo contener cuando vio el raspón rojo en su rodilla.

No pasaron ni dos segundos antes de que él estuviera a su lado, arrodillado sobre la tierra.

—Por tu culpa —se quejó ella, frunciendo el ceño con los ojos empañados, echándole la responsabilidad de su propio descuido.

El niño soltó una risa baja, un sonido suave que vibró en el aire cálido de Coderlios.

No podía evitarlo; ella le recordaba a un pequeño tomate cuando se enojaba, con las mejillas encendidas y ese brillo desafiante en la mirada que ni el dolor podía apagar.

—¿De qué te ríes? ¿Eh? —reclamó ella una vez más, intentando mantener la dignidad a pesar de la herida.

—Eres demasiado temperamental. Debes aprender a controlar eso —se limitó a decir él, con esa calma que siempre lograba sacarla de quicio.

Sin esperar permiso, sacó un pañuelo de lino impecable del bolsillo de su pantalón clásico. Se movía con una precisión asombrosa mientras limpiaba la tierra del raspón, ignorando las quejas.

—Solo es un raspón. Vas a estar bien —agregó con voz suave.

Al levantar la vista para comprobar si ella seguía enojada, el niño se quedó estático. Por un segundo, el mundo alrededor de Coderlios pareció detenerse.

Los ojos de ella, usualmente castaños y chispeantes, tenían un destello distinto; un brillo sobrenatural que bailaba en sus pupilas, similar a una llama antigua. Era algo que no había visto en ninguna de las personas de su pueblo.

—Lo sé. No necesito tu ayuda —soltó ella de repente, rompiendo el hechizo.

Con un gesto brusco, ella apartó el brazo de él y giró la cabeza, apretando los labios en un mohín de orgullo. No quería que él viera que, en realidad, su toque la había calmado más que cualquier lienzo.

El pañuelo de lino resbaló de los dedos del niño y cayó sobre la hierba, olvidado. Él ni siquiera lo notó. Como si una fuerza invisible tirara de sus hilos, guío su mano hacia el rostro de ella con una delicadeza que rozaba la reverencia. Obligó a la niña a girar la cabeza, necesitando confirmar que lo que veía en sus ojos no era una mala jugada de la luz del sol.

En ese instante, una sensación inusual y devastadora invadió el pecho del niño. Era una llamada profunda, un eco que nacía desde su propia sangre y respondía con una intensidad feroz a la presencia de la niña.

Y sucedió.

El mismo resplandor chispeante que bailaba en las pupilas de ella cobró vida en los ojos de él, sellando un pacto que las leyes de Aethelgard ya habían prohibido mucho antes de que ellos nacieran.

Impulsado por un instinto que no comprendía, pero al que no podía resistirse, el niño se incorporó un poco más. Se inclinó hacia ella, acortando la distancia hasta que el mundo se redujo al calor de su piel. Depositó un beso suave y solemne en su frente. Le había nacido hacerlo como si su vida dependiera de ello, como si ese pequeño gesto fuera el ancla que lo mantendría unido a ella para siempre.

En el suelo, la rodilla de la niña dejó de escocer. La piel comenzó a cerrarse, borrando el rastro del raspón, mientras el destino terminaba de anudar sus hilos.

El niño se separó lentamente, sus ojos aún fijos en el resplandor de ella, sin comprender por qué el corazón le latía con la fuerza de un tambor de guerra.

—¡Hijo! ¡Es hora de volver! —La voz de una mujer, firme pero melodiosa, rompió el silencio desde el linde del bosque.

La niña dio un salto, asustada por la interrupción. La valentía que había mostrado hace un momento se transformó en un nerviosismo eléctrico. Miró hacia la figura que se aproximaba y luego a él, con una confusión brillante en su rostro. Sin decir palabra, echó a correr entre el trigo, alejándose tal cual una exhalación pelirroja.




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