Cœurs Blessés: el corazón es el campo de batalla.

CAP I ✿︎

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Hacerlo nunca estuvo en discusión,
mucho menos fue una opción

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2 de Febren, año 901 - inicios del siglo IX
Aethelgard actal

—Laurent, deberíamos volver —insistió Hannes por enésima vez.

Laurent giró sobre sus talones y le apuntó el rostro con la linterna, exhausta.

—No.

Hannes cerró los ojos al instante y, acto seguido, le devolvió el gesto, cegándola con el resplandor para obligarla a apartarla.

Ella lo hizo de inmediato, emitiendo un resoplido.

—Es arriesgado, Laurent. Lo sabes. —añadió, con la mirada hundida en inquietud.

En el azulado mar de su mirada, Laurent encontró pánico. No era el miedo de estar solas en el bosque, sino el que nace cuando alguien está a punto de descubrirte.

—Hannes…

Hannes soltó un grito desgarrador y abrió sus ojos desmesuradamente, interrumpiendo a Laurent. Ella la vio desplomarse contra el suelo con un golpe seco.

Laurent se aproximó a ella a paso rápido y se agachó detrás de su cabeza.

—¿Hannes? —la llamó, palpando su mejilla—. Hannes, respóndeme —insistió, agitando su mano frente a su rostro, ahora más pálido que el resto de su cuerpo.

Hannes emitió un sonido, ese que se usa para pedir silencio: «Shhhh».

—Hay una monstruosidad junto al árbol grande —susurró—. Si se acerca más, sales corriendo… y yo lo distraigo.

Laurent iba a levantar la mirada para ver qué era, pero no hizo falta.

—Tu amiga no aguanta nada —dijo una voz a sus espaldas.

Después, escuchó el crujir de las hojas bajo unas pisadas que avanzaban hacia ellas.

—¿Quién no se asustaría por semejante aspecto? —se burló Laurent, sin alterar la seriedad de su expresión.

—¿Ah? —pronunció Hannes, sin comprender a qué se refería su compañera, pero guardó silencio cuando los pasos se detuvieron.

La culpable del supuesto colapso de Hannes se acuclilló al costado de Laurent, con una media curva en los labios. La escena parecía divertirle.

Laurent desvió la mirada de Hannes hacia la mujer. Al enfocarla, recorrió su figura con el ceño apenas fruncido, como si no pudiera dar crédito a lo que veía.

—¿Qué llevas puesto? —preguntó, levantando con repulsión la tela que envolvía a la desconocida, inspeccionándola al mismo tiempo.

Era de un color marrón, además, le daba la impresión de que se había duchado en un charco de lodo.

Su rostro también estaba cubierto de suciedad… tanto que, por un instante, Laurent solo logró distinguir dos puntos verdes mirándola de vuelta... y sus dientes, que dejó ver cuando Hannes “recuperó” la consciencia.

Laurent la miró, expectante, queriendo comprobar sus dotes de actuación.

—¿Qué sucedió? —fingió Hannes, llevándose una mano al rostro mientras se incorporaba a medias.

Apoyó un codo en el suelo, bajo las miradas atentas, y luego fingió observar a su alrededor con desconcierto.

Laurent se mordió el labio inferior para contener una sonrisa y desvió la mirada, incrédula ante la escena.

—¿Laurent? —pronunció Hannes con duda, aún sosteniendo su actuación.

—Detrás de ti.

Sí, Laurent decidió seguirle el juego, aunque en su interior no comprendía del todo qué estaba haciendo.

Hannes giró la cabeza… pero no encontró a Laurent, sino a la mujer, descabellada.

Y, de nuevo, sus párpados se separaron, horrorizada, dando la impresión de que en cualquier momento sus ojos saltarían de sus órbitas.

Sin embargo, esta vez no engañó a la espectadora con otro colapso. En lugar de eso, se arrastró por el suelo, haciendo crujir cada hoja en su camino, hasta detenerse a varios metros de distancia.

Se me da demasiado bien esto de actuar. Definitivamente debería unirme al teatro.

Un dejo de ironía amargó ese pensamiento.

Tras observar a Laurent por última vez —firme al costado de la mujer—, Hannes finalmente actuó por última vez.

Entreabrió sus labios, liberando un suspiro de alivio que le devolvió el aliento.

El color regresó a su rostro poco a poco, tiñendo de nuevo sus mejillas.

En ese instante, disfrutó del privilegio de su naturaleza; ser un hada era, sin duda, la ventaja que necesitaba para no perder el control de la situación.

La mujer, de dentadura perfecta y ojos como dos perlas preciosas, no le quitaba la vista de encima.

—¿Quién es? —preguntó Hannes, dirigiendo la duda hacia Laurent con esa firmeza que no admitía silencios.

Las tres se incorporaron al unísono, pero Hannes marcó la distancia sacudiendo sus prendas con parsimonia, recuperando el control de su imagen.

Era la última vez que se prestaba para esas «aventuras».




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