Cœurs Blessés: el corazón es el campo de batalla.

CAP II ✿︎

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¿Entonces, ahora es una opción

por qué no tengo elección?

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El muchacho las miró. Las reparó. Y su expresión de desinterés no cambió. No le asombró verlas allí, tampoco lo desconcertó.

Era un joven de la misma edad que ellas. Para Hannes fue uno de tantos, tanto que ni siquiera le prestó atención a la reacción de Laurent para saber si sentía lo mismo que ella.

Hannes no se permitió mirar sus ojos, únicamente su boca, que se movía mientras masticaba un trozo de manzana. Pero aunque se opusiera, debía admitirlo: tenía unos labios que le prohibían dejar de mirarlos. Eran finos, rojos como la fruta que estaba degustando con tranquilidad.

Y en un punto, seductores. En específico cuando los relamió con lentitud y, a su parecer, picardía.

​Mientras tanto, Laurent lo miró por unos segundos. Un caballero no era de su interés en esos momentos; necesitaba resolver «ese» asunto.

Volvió su atención a Gloria, quien se acercó a ellas, se inclinó hacia la mesa, agarró la copa y se tomó aquel líquido.

​—¿Estás segura de hacerlo, Laurent? —preguntó Gloria, tragando con fuerza. Al parecer, aquel líquido no era tan suave como aparentaba. Escudriñó los ojos de la joven, queriendo cerciorarse de que su respuesta naciera de una convicción absoluta.

—¿Crees que vine a perder el tiempo? —refutó Laurent.

Había una determinación feroz en su mirada, la misma que Gloria había observado aquel día; una voluntad que no admitía dudas.

—Bien...

Ajena a la conversación, Hannes se hundía en sus propias interrogantes: «¿Quién era él? ¿Y qué hacía allí? ¿Y por qué le daba tanta importancia?» Se estaba acosando a sí misma, abrumada por un torbellino de pensamientos que no lograba silenciar.

El calor escaló a gran velocidad por las mejillas de Hannes al alzar la cabeza para encararlo porque se había topado, de frente, con su mirada puesta en ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo, invadida por los nervios ante la "obra de arte" que se trazaba en el rostro del muchacho.

Una curva perfecta.

No era pequeña ni gigantesca; tenía el tamaño suficiente para que ella supiera que él se había percatado del ardor en su rostro. A los ojos de Hannes, aquel rojo era escandaloso, pero quizás —solo quizás— también hermoso, la única explicación que encontró para que el joven mostrara sus dientes perfectamente alineados.

​Él se había recostado en el mostrador, aún con la mirada fija en su dirección. Lo único que se movió en la sala fue el cuerpo de Hannes, que se removió en el asiento.

Había una razón simple: sus ojos.

Aquellos ojos le transmitieron que él podía ver más allá de lo que les mostraba a las personas en la superficie.

Eran de un tono avellana que parecía encenderse con chispas cobrizas y le dieron la impresión de estar envuelta en un fuego misterioso, uno que impedía descubrir si había una persona mirándote desde el otro lado e interpretar la intención con que lo hacía, con la que te recorría y, la sonrisa con la que te veía, donde no sabías si quería salvarte o abandonarte a la deriva.

Aquello hizo que Hannes tragara saliva con dificultad; una sensación de incomodidad recorría cada rincón de su cuerpo.

—Para empezar, debemos estar a solas —agregó Gloria, dirigiendo la mirada hacia Hannes. Pero ella no se percató del gesto.

Laurent, en cambio, clavó la vista en el desconocido que había aparecido de la nada. Para ella, él era el único obstáculo; él era ese «debemos estar a solas».

—Bueno, entonces vamos a otro espacio —sugirió la mujer, intentando evitar que el ambiente se volviera más tenso.

Laurent guio sus ojos de inmediato hacia Hannes. No era su intención dejarla sola, además, le había prometido a Mora que no se separaría de ella hasta que regresaran.

Hannes, por su parte, seguía sumergida en su propio mundo.

Solo cuando el muchacho apartó la vista para enfocar a Gloria, el aire salió de sus fosas nasales en un suspiro ligero. Quizás él había notado lo incómoda que se sentía, o quizás no; en ese momento no le importó. Solo se dejó invadir por la calma de recuperar su zona de confort.

Pero no podía tener paz. No cuando Laurent estaba cerca.

—Querida —se dirigió Gloria a Hannes con un tono afectuoso, evidentemente fingido por la sonrisa cargada de hipocresía que le dedicó—. Por favor, sal un momento con Baxter.

La expresión de tranquilidad de Hannes cambió al instante; sus cejas se hundieron en un gesto de pura confusión. Gloria se percató de ello y, con una irritación apenas contenida, enfatizó:

—Él, querida, ¿quién más?

Entonces señaló en aquella dirección. En ese mismo instante, una sonrisa volvió a iluminar la cara del muchacho.

En ese punto de la noche, se arrepintió por milésima vez de haber aceptado acompañar a Laurent. Todo por culpa de Mora, ella era la principal responsable por preferir una cita antes que a una amiga.

Sintió lástima por Laurent. Por compañías así, Hannes prefería estar sola. Se incorporó sin otra opción, resignada.




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