Curva al corazón

PROLOGO

El sol de la tarde caía pesado sobre el diamante del Instituto Harrison, pero Valeria Luna ni siquiera parpadeaba. Tenía los pies firmes en la tierra roja, las manos callosas por una mañana revisando vigas de acero en la obra y el corazón puesto en el guante de cuero que encajaba perfectamente en su mano izquierda. Para Valeria, el béisbol no era un escape, era el único lugar donde las reglas eran claras y el esfuerzo no mentía.

Todo estaba en calma hasta que él apareció.

Gael Black caminaba hacia el montículo con la arrogancia de quien sabe que su rostro empapela las avenidas de la ciudad. El lanzador estrella de las Grandes Ligas lucía su uniforme como una armadura de superioridad, repartiendo sonrisas de catálogo a los niños del voluntariado, pero con una mirada de fastidio que Valeria detectó a un kilómetro de distancia. Cuando Gael soltó un comentario sarcástico sobre "tener que compartir el campo con aficionados que confunden un plano con un home", el aire se volvió eléctrico.

—Escúchame bien, Black —dijo Valeria, caminando hacia él sin retroceder ni un centímetro ante su imponente estatura—. Podrás tener un contrato millonario y un brazo de oro, pero en este instituto yo mando. Aquí no eres una valla publicitaria; eres un instructor. Así que bájale a tu ego antes de que te demuestre que una arquitecta sabe construir victorias mucho mejor de lo que tú sabes lanzarlas.

Gael arqueó una ceja, sorprendido por la mujer que no solo no le pedía un autógrafo, sino que lo miraba con un desprecio profesional que lo descolocó por completo. El juego apenas comenzaba, y ninguno de los dos sabía que, en esa guerra de strikes y reproches, el primer out sería para su propio corazón.




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