Curva al corazón

CAPITULO 1 Cimentación y Desorden

El sonido de la perforadora de concreto era la música favorita de Valeria Luna. A las diez de la mañana, de pie sobre una estructura de acero a medio terminar en el centro de la ciudad, Valeria ajustó su casco blanco y revisó el plano digital en su tableta.

—Si esa viga no está alineada para el mediodía, toda la carga estructural fallará en el eje B —sentenció, sin levantar la voz, pero con una autoridad que hizo que el capataz, un hombre que le doblaba la edad, asintiera de inmediato.

Para Valeria, la vida era como la arquitectura: si los cimientos eran sólidos, podías construir lo que quisieras. No había espacio para el error, ni para las emociones desbordadas, y mucho menos para la improvisación. Por eso, cuando cerró su jornada en la obra y se cambió las botas de seguridad por sus ganchos de béisbol, esperaba encontrar la misma paz estructural en el diamante del Instituto Harrison.

Pero el orden de Valeria estaba a punto de ser demolido.

Cuando llegó al campo para la sesión del voluntariado "Pequeños Grandes Bates", el ambiente era distinto. No era la energía habitual de los niños corriendo; era un caos de murmullos, flashes de teléfonos y una presencia eléctrica que se sentía desde el estacionamiento.

En el centro del diamante, rodeado de una nube de representantes y fotógrafos, estaba él.

Gael Black. El "Lanzafuego" de las Grandes Ligas.

Valeria se detuvo en la línea de cal, apretando su guante de cuero con fuerza. Gael lucía el uniforme de entrenamiento con una elegancia insultante. Tenía la gorra hacia atrás, una sonrisa perezosa que gritaba que preferiría estar en cualquier otro lugar y un aura de superioridad que hacía que el aire alrededor pareciera más pesado.

—¡Valeria! —exclamó la directora del instituto, acercándose con nerviosismo—. Qué bueno que llegas. La liga nos envió a Gael para la promoción del mes. Es una oportunidad increíble para los niños.

—Es una distracción, Victoria —respondió Valeria, sin apartar los ojos del jugador, que en ese momento firmaba una pelota sin mirar siquiera al niño que se la entregaba.

Valeria caminó hacia el montículo. El ruido de los fotógrafos se detuvo cuando ella cruzó el espacio personal del "dios" del béisbol.

—El entrenamiento de los niños empezó hace diez minutos, Black —dijo ella, con voz gélida—. Si terminaste con tu sesión de modelaje, podrías intentar enseñarles cómo se agarra una bola de cuatro costuras. Aunque, por lo que veo en las noticias, últimamente estás más interesado en las portadas de revistas que en la zona de strike.

Gael se giró lentamente. Sus ojos, oscuros y cargados de una arrogancia que le había ganado docenas de expulsiones, la recorrieron de arriba abajo. No fue una mirada de admiración, sino de desafío.

—¿Y tú eres...? —preguntó él con una voz profunda, arrastrando las palabras.

—La persona que va a sacarte de mi campo si vuelves a ignorar a uno de esos niños por mirar a una cámara —respondió Valeria, dando un paso al frente, invadiendo su distancia de seguridad—. Aquí no eres la estrella de la temporada. Eres un instructor. Y por ahora, vas perdiendo por paliza.

Gael soltó una carcajada seca, inclinándose ligeramente hacia ella. El olor a hierba fresca y a un perfume caro inundó los sentidos de Valeria, pero ella no retrocedió ni un milímetro.

—Escucha, arquitecta —dijo él, leyendo el logo de su empresa en la camiseta de entrenamiento—, yo no necesito consejos de alguien que juega en una liga de domingo. Estoy aquí por compromiso, no porque necesite que una civil me diga cómo manejar mi brazo. No te enamores tan rápido de mi estilo, solo relájate y mira cómo lo hace un profesional.

Valeria sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de quien acaba de encontrar la debilidad en un muro de carga.

—Ya veremos si eres tan bueno con la pelota como lo eres con las mujeres, Black. Porque hasta ahora, lo único que has lanzado es aire.

Gael endureció la mandíbula. El desafío estaba lanzado. En ese momento, en el polvo del Instituto Harrison, se trazó una línea que ninguno de los dos estaba listo para cruzar.




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