Curva al corazón

CAPITULO 2 La zona de strike

El silencio que siguió al desafío de Valeria fue casi absoluto, roto solo por el lejano rebote de una pelota en las gradas. Los niños, con los ojos como platos, alternaban la mirada entre la arquitecta que no le temía a nada y el lanzador que lo tenía todo.

Gael Black no estaba acostumbrado a que le hablaran así. No en el campo. No frente a su audiencia.

—¿Ah, sí? —Gael dejó caer la pelota que sostenía en su guante y la atrapó en el aire con un movimiento felino—. ¿Quieres ver si "lanzo aire", arquitecta? Hagamos algo interesante. Si tanto sabes de cimientos, deberías saber que la teoría no sirve de nada si no aguantas el impacto.

Él señaló hacia el cajón de bateo.

—Ponte el casco. Entra ahí. Si logras conectar aunque sea una de mis bolas rápidas, haré lo que tú digas el resto del entrenamiento. Seré tu asistente personal si quieres.

Valeria sintió un chispazo de adrenalina. Sabía que era una locura. Gael Black lanzaba a velocidades que podían romper huesos, pero su orgullo era más resistente que el concreto armado.

—Y si no —continuó él con una sonrisa depredadora—, dejas de molestar con tus reglas y me dejas terminar mi sesión de fotos en paz.

—Trato hecho —respondió Valeria sin vacilar.

Se ajustó el casco con un clic seco que sonó a sentencia. Tomó su bate de madera negro, el que usaba en su liga amateur, y caminó hacia el plato. Los niños se amontonaron contra la cerca, vitoreando en voz baja. Victoria, la directora, parecía a punto de sufrir un desmayo.

Gael se subió al montículo. Se tomó su tiempo. Se sacudió el polvo de los zapatos, se ajustó la gorra y miró a Valeria con una intensidad que habría hecho flaquear a cualquier bateador de la liga profesional. Pero Valeria no era cualquier bateador; era una mujer que calculaba estructuras bajo presión. Para ella, Gael no era una deidad; era una masa de músculos con un centro de gravedad que ella ya estaba analizando.

Él lanzó la primera. Fue un relámpago blanco que cruzó el plato antes de que Valeria pudiera siquiera pestañear. Strike uno.

—¿Demasiado rápido para una oficina? —se burló él, preparando el siguiente lanzamiento.

Valeria no respondió. Reajustó su postura. Abrió un poco más los pies, bajó el centro de gravedad y se enfocó solo en el hombro de Gael. Sabía que él era arrogante, y los hombres arrogantes siempre intentan humillar con fuerza bruta. Sabía que vendría otra bola rápida, pero esta vez, más cerca de su cuerpo.

Gael soltó el brazo. La pelota silbó en el aire.

Valeria giró la cadera con una potencia técnica perfecta. El sonido del choque de la madera contra el cuero fue como una explosión. La bola salió disparada en una línea sólida hacia el jardín central, pasando apenas a unos centímetros de la cabeza de un Gael que tuvo que agacharse por puro instinto.

—¡Home run! —gritó uno de los niños, saltando de alegría.

Valeria soltó el bate con una calma insultante y lo miró fijamente mientras él seguía recuperando el equilibrio en el montículo.

—Esa bola rápida tenía una falla estructural en la trayectoria, Black —dijo ella, quitándose el casco y dejando que su cabello cayera sobre sus hombros—. Te falta control.

Gael se levantó, limpiándose la tierra del uniforme, con la cara roja de una mezcla de furia y una curiosidad que no pudo ocultar. Por primera vez en años, alguien lo había puesto en su sitio, y lo peor de todo es que le había gustado el desafío.

—Parece que tengo una nueva jefa —masculló él, aunque sus ojos brillaban con algo que ya no era solo odio—. ¿Qué sigue, general?

—Sigue que tomes ese cubo de pelotas y les enseñes a los niños a fildear. Sin cámaras. Sin poses —Valeria le dio la espalda y empezó a caminar hacia el grupo de niños—. Y Black... bienvenido al mundo real.

Gael se quedó ahí parado, mirando cómo ella se alejaba. Por un segundo, olvidó el béisbol, olvidó el contrato y olvidó su ego. Solo podía pensar en que esa mujer era el problema más fascinante que jamás le había tocado resolver.




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