Curva al corazón

CAPITULO 3 El error en el guante

Gael Black, el hombre que cobraba millones por cada entrada, estaba ahora de rodillas en la tierra, rodeado de seis niños que no superaban el metro treinta de altura. Valeria lo observaba desde la banca, fingiendo revisar unos planos en su tableta, aunque sus ojos se escapaban constantemente hacia el diamante.

Él estaba cumpliendo su parte del trato, pero lo hacía con una torpeza que a Valeria le resultaba casi… humana.

—No, no, escucha —decía Gael, tratando de sonar paciente mientras un niño pequeño, llamado Lucas, dejaba caer la pelota por quinta vez consecutiva—. Tienes que poner el guante de lado, no hacia arriba. Si la bola viene por el suelo, tú bajas el cuerpo. Es física básica.

—No me sale, señor Black —susurró Lucas, bajando la cabeza con el labio temblando.

Gael se quedó congelado. En las Grandes Ligas, si fallabas, te abucheaban. Nadie lloraba. Nadie necesitaba un abrazo. Se rascó la nuca, visiblemente incómodo, y buscó con la mirada a Valeria. Ella no acudió al rescate; simplemente arqueó una ceja, esperando ver qué hacía el "gran profesional".

Gael suspiró, se quitó su costosa gorra y se sentó en el suelo, quedando a la altura del niño.

—¿Sabes qué, Lucas? En mi primer año en las ligas menores, cometí tres errores en un solo juego. Tres. Mi entrenador quería mandarme a casa a vender perritos calientes —confesó Gael en voz baja, creyendo que nadie más lo escuchaba—. Me sentía como un fraude. Pensé que el brazo se me había roto o que simplemente no era lo suficientemente bueno.

Valeria detuvo sus dedos sobre la pantalla. La arrogancia de Gael había desaparecido por completo, reemplazada por una sombra de cansancio y una sinceridad que no encajaba con el personaje de las revistas.

—¿Y qué hizo? —preguntó Lucas, secándose una lágrima.

—Hice lo que hace la gente que realmente ama esto: me quedé después de que todos se fueron y practiqué ese mismo fildeo mil veces. Hasta que mis manos sangraron un poco. El miedo no se va, campeón, solo aprendes a jugar con él —Gael le puso su propia gorra al niño, que le quedaba gigante—. Ahora, intenta otra vez. Pero esta vez, mírame a mí, no a la pelota. Confía en tu guante.

Lanzó la bola suavemente. Esta vez, el cuero hizo un sonido seco y satisfactorio. Lucas atrapó la pelota y gritó de alegría mientras corría hacia sus compañeros.

Gael se levantó, sacudiéndose el polvo del uniforme, y se encontró con Valeria, que se había acercado sin que él se diera cuenta.

—Para ser un "ego con uniforme", no se te da mal la psicología infantil —dijo ella, suavizando el tono por primera vez.

Gael recuperó su máscara de inmediato, aunque un ligero rastro de vulnerabilidad seguía en su mirada.

—No le digas a nadie —replicó él con una sonrisa a medias—. Arruinaría mi reputación de tipo duro.

—Tu reputación está a salvo, Black. Pero tu técnica con los niños necesita trabajo. Me sorprende que alguien tan... impecable... admita que alguna vez se sintió un fraude.

Gael guardó silencio un momento, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a ponerse.

—A veces, cuanto más alto construyes, más miedo te da que los cimientos no sean de verdad —dijo él, usando involuntariamente una metáfora que ella entendía perfectamente—. Tú deberías saberlo, arquitecta.

Valeria sintió una punzada de algo que no era odio. Era reconocimiento. Por un segundo, el estadio vacío y la luz naranja crearon un puente entre la mujer que construía edificios y el hombre que vivía bajo el reflector.

—Mañana a las siete —dijo ella, rompiendo el hechizo—. No llegues tarde. Tenemos que organizar el inventario del voluntariado y alguien tiene que cargar las cajas pesadas.

—¿Me estás usando de cargador? —preguntó él, recuperando su tono burlón.

—Te estoy usando para lo que eres útil, Black. Nos vemos mañana.

Valeria se dio la vuelta, caminando hacia su coche con una extraña sonrisa en el rostro. Gael se quedó en el montículo, viéndola irse, dándose cuenta de que el verdadero peligro no era que ella le conectara un home run, sino que ella era la única persona que parecía ver al hombre detrás del jugador.




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