Curva al corazón

CAPITULO 4 Cimientos compartidos

A las siete de la mañana, el depósito del Instituto Harrison era un laberinto de estantes metálicos, polvo y el olor nostálgico del cuero viejo. Valeria estaba allí desde las seis, con una lista en mano y su café negro, esperando al hombre que, según ella, no duraría ni dos días en un trabajo de "esfuerzo real".

Para su sorpresa, la puerta chirrió y la figura de Gael Black apareció puntual. No vestía su uniforme oficial, sino una camiseta de algodón gris que se ajustaba a sus hombros de una forma que Valeria decidió ignorar conscientemente, y unos pantalones deportivos desgastados.

—¿No hay alfombra roja para recibirme? —bromeó él, aunque su voz sonaba más ronca y menos impostada que el día anterior.

—Hay cajas de cincuenta kilos y un inventario que no se hace solo, Black. Muévete.

Pasaron las siguientes dos horas en un ritmo extraño. Valeria clasificaba los bates y cascos por tamaño, mientras Gael cargaba las cajas pesadas hacia la nueva bodega. Al principio, el silencio era tenso, pero el esfuerzo físico fue relajando los nervios.

—¿Por qué la arquitectura, Valeria? —preguntó él, dejando una caja en el suelo y limpiándose el sudor de la frente con el brazo.

Valeria se detuvo con un guante de catcher en la mano.
—Porque los edificios no te mienten. Si haces bien los cálculos, se quedan ahí para siempre. Es… algo real que dejas en el mundo. No como un juego que termina en la novena entrada y mañana nadie se acuerda del marcador.

Gael se apoyó contra un estante, mirándola con una fijeza que la hizo sentirse expuesta.
—La gente recuerda cómo los hiciste sentir en esa novena entrada. Eso también es real. Pero entiendo lo que dices. A veces siento que soy solo una estadística en una tarjeta coleccionable. Si dejo de lanzar a cien millas, dejo de existir para todos.

Ella lo miró, sorprendida por la honestidad del comentario. Se acercó un poco para entregarle una carpeta, pero un cable suelto en el suelo le jugó una mala pasada. Valeria tropezó y, antes de que pudiera tocar el piso, los reflejos de atleta de Gael actuaron.

Sus manos se cerraron alrededor de la cintura de ella, atrayéndola hacia su pecho para estabilizarla.

El tiempo pareció detenerse en el pequeño depósito. Valeria tenía las manos apoyadas en los hombros sólidos de Gael; podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y el latido rápido de su corazón bajo la tela gris. La diferencia de altura la obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás, encontrándose con unos ojos oscuros que ya no destilaban arrogancia, sino una curiosidad ardiente y peligrosa.

—Cuidado, arquitecta —susurró él, sin soltarla—. No querrás que se caiga la estructura principal.

—Puedo sostenerme sola, Black —respondió ella, aunque su voz no tenía la firmeza habitual.

Ninguno de los dos se movió. El espacio entre ellos estaba cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con el béisbol y todo que ver con el magnetismo innegable que habían estado intentando ignorar. Gael bajó la mirada hacia los labios de Valeria por una fracción de segundo, y ella sintió que el aire del depósito se agotaba.

Justo cuando él empezó a inclinarse apenas unos milímetros, el teléfono de Valeria vibró con fuerza en la mesa metálica, rompiendo el hechizo.

Ella se separó de golpe, aclarando su garganta y evitando su mirada.
—Es... es de la obra. Un problema con el concreto. Tengo que irme.

Gael se quedó ahí, con las manos aún vacías en el aire, recuperando el aliento.
—Claro. El deber llama.

Valeria recogió sus cosas con movimientos torpes. Antes de salir, se detuvo en la puerta y lo miró por encima del hombro.
—Buen trabajo hoy, Gael. No solo por las cajas. Por lo de ayer con Lucas.

Él solo asintió con una media sonrisa, pero cuando ella se fue, Gael golpeó suavemente la pared con el puño. No estaba en sus planes que la mujer que más lo irritaba fuera también la única que lo hacía querer quedarse quieto en un solo lugar.




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