El estruendo de la obra solía ser el refugio de Valeria, pero esa mañana el ruido de los taladros se sentía como una migraña incipiente. No podía sacarse de la piel la sensación de las manos de Gael sobre su cintura en el depósito. Justo cuando intentaba concentrarse en el vaciado del concreto del tercer piso, el sonido de unos tacones afilados contra el metal la sacó de sus pensamientos.
Victoria Wood, la directora de la firma y una mujer que podía hacer temblar a un contratista con un solo levantamiento de cejas, caminaba hacia ella con un sobre en la mano.
—Valeria, tenemos un problema de imagen —dijo Victoria, saltándose los saludos.
—¿La obra? Los cimientos están perfectos, Victoria. Si es por el retraso de la semana pasada...
—No es la obra. Es el diamante —Victoria le tendió una fotografía impresa. Era una toma lateral, algo borrosa pero inconfundible, de Valeria y Gael Black en el depósito del instituto, justo en el momento en que él la sostenía por la cintura—. Un periodista local estaba merodeando el voluntariado. Sabe que eres nuestra arquitecta estrella y sabe que Gael es el chico malo de las Grandes Ligas.
Valeria sintió que la sangre se le congelaba.
—Fue un accidente, Victoria. Me tropecé y él me ayudó. No hay nada más.
—Lo que haya o no haya no me importa —replicó Victoria con voz gélida—. Lo que me importa es que nuestra firma está compitiendo por la licitación del nuevo estadio de la ciudad. Si el comité ve que nuestra arquitecta principal está envuelta en un romance público con un jugador con fama de indisciplinado y fiestero, pensarán que no somos serios. Perderemos el contrato.
Valeria apretó los planos contra su pecho. La mención del estadio era su sueño más grande, el proyecto que consolidaría su carrera.
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Valeria en un susurro.
—Estoy diciendo que te alejes de él. Corta cualquier contacto que no sea estrictamente profesional en ese voluntariado. No quiero más fotos, ni más "ayudas" en depósitos vacíos. Si Gael Black es una distracción para tu carrera, yo misma me encargaré de que sea una distracción que no puedas permitirte. Elige: el estadio o el lanzador.
Victoria se dio la vuelta y se fue, dejando a Valeria en medio del polvo y el ruido, con el corazón dividido.
Esa misma tarde, Gael apareció en el instituto con dos cafés en la mano y una sonrisa que parecía genuinamente relajada, algo raro en él. Se acercó a Valeria, que estaba organizando a los niños para el calentamiento.
—Traje el refuerzo de cafeína —dijo él, extendiéndole el vaso—. Pensé que después de lo de ayer, necesitaríamos energía para... bueno, para no tropezarnos de nuevo.
Valeria lo miró. El café humeaba, y por un segundo, quiso aceptar el gesto, sentarse con él y olvidar que el mundo exterior existía. Pero la imagen de Victoria y la amenaza de perder su carrera se interpusieron como un muro de concreto.
—No quiero café, Black —dijo ella, con una frialdad que la hizo doler a ella misma—. De hecho, creo que es mejor que nos mantengamos en nuestras bases. Tú entrena a los niños, yo superviso la logística. Nada de charlas, nada de bromas.
Gael bajó el vaso lentamente, su sonrisa desapareciendo para dejar paso a una expresión de confusión y herida.
—¿De qué hablas? Estábamos bien, Valeria.
—Estábamos confundiendo las cosas. Esto es un trabajo voluntario para mí y una limpieza de imagen para ti. No te confundas, no somos amigos. Y mucho menos... otra cosa.
Gael endureció la mirada, esa arrogancia defensiva que ella tanto odiaba volvió a sus ojos como un escudo.
—Entiendo. Volvemos al guion original. La arquitecta perfecta y el jugador odioso. Descuida, no volveré a cometer el error de creer que eras diferente al resto.
Él tiró los cafés a la basura y caminó hacia el montículo sin mirar atrás. Valeria se quedó sola en el dugout, sintiendo que acababa de lanzar el juego de su vida, pero de alguna manera, lo estaba perdiendo todo.