Curva al corazón

CAPITULO 6 El silencio en el diamante

La semana siguiente fue una lección de disciplina que Valeria no estaba segura de poder aprobar. Gael había aceptado sus condiciones con una precisión militar. Ya no había cafés, ya no había bromas sobre cimientos y, lo peor de todo, ya no había esa mirada intensa que parecía leerle el pensamiento.

Gael se había convertido en un fantasma profesional. Llegaba puntual, entrenaba a los niños con una eficiencia gélida y se iba sin decir más que un "buenas tardes" general.

Valeria lo observaba desde la distancia, con la tableta en la mano, fingiendo que anotaba progresos técnicos. Pero sus ojos traicioneros siempre terminaban enfocándose en la forma en que él se ajustaba la gorra o en el silencio absoluto que ahora lo rodeaba. Extrañaba su voz, extrañaba incluso su prepotencia, porque al menos en sus discusiones había vida. Ahora, el aire entre ellos era como un cable de alta tensión a punto de romperse.

—¿El señor Black está triste, Val? —preguntó Lucas, acercándose a ella mientras arrastraba su bate.

—No, Lucas. Solo está concentrado —mintió ella, sintiendo una punzada de culpa.

—Es que ya no sonríe cuando tú llegas. Antes siempre te miraba cuando creía que no lo veías.

Valeria tragó saliva. La observación del niño fue como un golpe directo al estómago. Justo en ese momento, Gael se acercó al dugout para recoger un cubo de pelotas. El espacio era estrecho. Para pasar, él tuvo que quedar a escasos centímetros de ella.

Valeria contuvo el aliento, esperando que él dijera algo, cualquier cosa. Una queja, un insulto, una indirecta. Pero Gael ni siquiera levantó la vista. Se limitó a esperar a que ella se hiciera a un lado, manteniendo una distancia tan respetuosa que resultaba insoportable.

La tensión era tan evidente que los otros voluntarios intercambiaban miradas incómodas. Se sentía el calor de sus cuerpos, la frustración contenida y ese deseo eléctrico que seguía allí, enterrado bajo capas de orgullo y miedo profesional. Cuando sus manos rozaron accidentalmente el borde del cubo, Valeria sintió una sacudida que la hizo retroceder como si se hubiera quemado.

Gael se detuvo un segundo. Sus ojos se encontraron con los de ella por primera vez en días. No había odio, solo una decepción profunda y una frialdad que quemaba más que el hielo.

—Perdón, arquitecta —dijo él con una voz carente de emoción—. No quería invadir tu base.

Él se alejó sin esperar respuesta, dejándola con las palabras atascadas en la garganta. Valeria se dio cuenta de que Victoria tenía razón: él era una distracción. Pero no por su mala fama, sino porque ahora que se había ido, ella se sentía como un edificio con una falla estructural interna.

Esa noche, mientras revisaba los planos del estadio, Valeria se descubrió dibujando un diamante de béisbol en el margen de un plano de carga. Se dio cuenta de que no importaba cuántos contratos ganara; si seguía ignorando lo que sentía, el edificio de su propia vida terminaría por colapsar.




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