La gala benéfica de los "Black Knights" era el evento del año. El salón del hotel más lujoso de la ciudad brillaba con cristales, seda y el murmullo de la élite deportiva. Valeria se sentía como una intrusa. Victoria la había obligado a asistir como "relaciones públicas" de la firma para asegurar el contrato del estadio, y allí estaba ella, enfundada en un vestido azul medianoche que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, sintiéndose mucho más cómoda con un casco de construcción que con tacones de diez centímetros.
—Sonríe, Valeria —le susurró Victoria al oído mientras saludaba a unos inversionistas—. Hoy eres una arquitecta de clase mundial, no una jugadora de campo.
Valeria asintió mecánicamente, pero sus ojos buscaban una sola cosa. Y lo encontró.
Gael Black estaba al otro lado del salón. Si en uniforme era imponente, en esmoquin era devastador. Estaba rodeado de modelos y directivos, sosteniendo una copa de champán con la misma seguridad con la que sostenía una pelota de 90 millas. Se reía de algo que decía una mujer rubia a su lado, pero Valeria notó el gesto: era su sonrisa de "cara pública", la que no llegaba a sus ojos.
Durante una hora, jugaron al juego del gato y el ratón, evitándose entre la multitud, hasta que Valeria no pudo más con el aire viciado del salón. Salió a la terraza, buscando el aire frío de la noche.
—Es un poco más ruidoso que el depósito del instituto, ¿verdad? —La voz de Gael llegó desde las sombras, profunda y tranquila.
Valeria se sobresaltó. Él estaba apoyado en la barandilla de mármol, mirando las luces de la ciudad. No tenía la chaqueta del esmoquin, y los primeros botones de su camisa estaban desabrochados.
—Pensé que estarías ocupado siendo el centro de atención —respondió ella, acercándose lentamente.
—Estoy harto de la atención, Valeria —él se giró, y la luz de la luna resaltó las líneas duras de su rostro—. Estoy harto de fingir que este circo me importa. Y estoy harto de que me ignores como si no hubiéramos compartido nada en ese diamante.
—Sabes por qué lo hice, Gael. Mi carrera está en juego. Mi jefa...
—¿Tu jefa es la que decide con quién hablas? —Gael dio un paso hacia ella, acortando la distancia—. Pensé que eras una mujer que no se dejaba de nadie. Me lo dijiste el primer día, ¿recuerdas?
—Es diferente —susurró ella, aunque su corazón latía tan fuerte que sentía que él podía escucharlo.
—No, no lo es. Es miedo. —Gael dejó su copa en una mesa y se detuvo justo frente a ella. El olor a sándalo y lujo la envolvió—. Tienes miedo de que si dejas de pelear conmigo, vas a tener que admitir que me extrañaste tanto como yo a ti.
Valeria levantó la barbilla, recuperando su orgullo.
—Eres un arrogante, Black.
—Y tú eres una testaruda, Luna —él bajó la voz, su mirada fija en los labios de ella—. Pero aquí no hay niños, no hay cámaras y no hay cimientos que construir. Solo estamos nosotros.
En ese momento, la música de la gala se filtró suavemente desde el salón. Gael extendió una mano, un gesto que era a la vez un reto y una invitación.
—Baila conmigo. Un solo juego, Valeria. Si después de esto quieres seguir fingiendo que somos desconocidos, te dejaré en paz.
Valeria miró su mano y luego sus ojos. Sabía que Victoria podría verlos, sabía que el contrato del estadio pendía de un hilo, pero en ese instante, el riesgo de perder a Gael se sentía mucho más real que cualquier plano arquitectónico.
Ella puso su mano sobre la de él.