Gael no esperó a que ella cambiara de opinión. La atrajo hacia él con una suavidad que contrastaba con la fuerza que Valeria sabía que poseía. Una mano se posó firmemente en su cintura y la otra entrelazó sus dedos con los de ella. Empezaron a moverse al ritmo de una balada lenta que apenas se filtraba por los ventanales de cristal, pero para Valeria, el único sonido que existía era la respiración acompasada de Gael.
Bailar con él no era como el enfrentamiento en el campo; esto era una entrega.
—Estás temblando —susurró él cerca de su oído, su aliento rozando su piel.
—Es el frío —mintió ella, aunque ambos sabían que la terraza ardía.
—No es el frío, Valeria. Es que por fin dejaste de calcular el siguiente movimiento. Por una vez en tu vida, no estás construyendo un muro, estás dejando que uno se caiga.
Valeria levantó la vista y se encontró con una mirada tan cargada de vulnerabilidad que la desarmó por completo. Ya no veía al jugador estrella, ni al rebelde de las noticias; veía al hombre que admitió sentirse un fraude, al que le regaló su gorra a un niño asustado, al que la había sostenido cuando estuvo a punto de caer.
—¿Por qué tienes que ser tan difícil? —susurró ella, su voz apenas un hilo de aire.
—Porque si fuera fácil, no valdría la pena para alguien como tú.
Gael detuvo sus pasos. El mundo alrededor desapareció. Las luces de la ciudad, el ruido de la gala, la amenaza de Victoria... todo se redujo a ese espacio mínimo entre sus rostros. Él acortó la distancia lentamente, dándole cada segundo para retroceder, pero Valeria hizo lo contrario: se puso de puntillas, cerrando el espacio que la lógica le ordenaba mantener.
El beso comenzó como un choque de necesidades contenidas. Fue apasionado, un estallido de toda la tensión que habían acumulado entre bates y planos, pero rápidamente se transformó en algo mucho más profundo. Había una desesperación dulce en la forma en que Gael la rodeó con ambos brazos, como si tuviera miedo de que ella se evaporara, y Valeria se aferró a su esmoquin, hundiéndose en la calidez de su boca.
No era solo atracción física. Era el reconocimiento de dos personas que se sentían solas en la cima de sus carreras y que, por fin, habían encontrado a alguien que hablaba su mismo idioma de exigencia y pasión. En ese beso, Valeria sintió la soledad de las noches de Gael tras los partidos y él sintió el peso de las expectativas que ella cargaba sobre sus hombros.
Se separaron apenas unos milímetros, con las frentes unidas y la respiración entrecortada.
—Esto es un error estratégico —logró decir Valeria, aunque no hizo ningún intento por soltarse.
—Entonces es el mejor error que he cometido en toda mi temporada —respondió Gael, acariciando su mejilla con el pulgar—. No me importa el estadio, Valeria. No me importa el contrato. Si tengo que jugar en una liga de domingo solo para que me mires así otra vez, lo haré.
Valeria lo miró, dándose cuenta de que ya no había vuelta atrás. Había cruzado el plato y llegado a casa. Pero justo cuando el silencio se volvía perfecto, el sonido de una puerta abriéndose y el destello de un flash los obligó a separarse.
Victoria estaba en el umbral, con la cara pálida de furia y un fotógrafo a su lado que no dejaba de disparar.
—Espero que ese beso valga los millones que acabas de costarnos, Valeria —dijo Victoria con una voz que cortaba como el hielo.