Valeria no era de las que se sentaba a llorar sobre los planos arruinados. Al día siguiente, rastreó a Vanessa Rossi hasta el hotel boutique donde se hospedaba. Entró en la suite sin pedir permiso, esquivando a un asistente atónito.
—Se acabó el teatro, Vanessa —soltó Valeria, plantándose frente a la modelo, que se limaba las uñas con desdén—. Sé que lo tuyo con Gael es un contrato de imagen. Y no voy a dejar que destruyas mi carrera ni mi vida por un par de portadas de revista.
Vanessa levantó la vista, sorprendida por la ferocidad de la mujer frente a ella.
—Eres valiente, arquitecta. Pero este mundo se mueve con firmas, no con sentimientos. Gael tiene una cláusula de moralidad. Si admite que me dejó por ti mientras "oficialmente" seguíamos juntos, perderá millones. Él nunca te elegirá por encima de su carrera.
—Él no tiene que elegirme —respondió Valeria con voz firme—. Pero tú vas a retractarte. Porque tengo los registros de las visitas de Gael al instituto y las fechas en las que tú estabas en París con ese diseñador italiano. Si no desmientes el "romance", esas fotos llegarán a la prensa antes de que termine tu café.
Fue un farol arriesgado, pero funcionó. El rostro de Vanessa se contrajo. Ella sabía que Valeria no estaba jugando.
Horas después, agotada y con los nervios a flor de piel, Valeria regresó al diamante del instituto al anochecer. Pensó que estaría sola, pero una figura sentada en el dugout la esperaba. Gael.
—Lo ha desmentido, Valeria —dijo él, levantándose. Su voz sonaba rota—. No sé cómo lo hiciste, pero Vanessa acaba de publicar que lo nuestro terminó hace meses.
—Lo hice porque no soy una ficha en tu tablero, Gael —respondió ella, aunque su resolución empezaba a flaquear al verlo así, sin defensas.
—Lo sé. Y lo siento —él se acercó, rodeando su rostro con sus manos grandes y cálidas—. Estaba aterrado de perderlo todo, pero estar sin ti estos días me demostró que ya lo había perdido todo de todos modos. No me importa el contrato, ni la liga. Solo me importas tú.
El perdón no necesitó palabras. Se besaron con una urgencia nueva, una que mezclaba el alivio de la verdad con el deseo acumulado. Esa noche, el refugio del instituto, entre el aroma del césped y el silencio de las gradas, se convirtió en su santuario. Se entregaron el uno al otro sin barreras, sin miedos y sin contratos, en un encuentro donde la pasión fue tan profunda que ambos supieron que algo había cambiado en sus cimientos para siempre.
Semanas después...
Valeria estaba en su nueva oficina independiente. Había logrado recuperar la licitación del estadio por su cuenta, con Gael como su principal inversionista silencioso. Pero mientras miraba los planos, una extraña náusea la obligó a sentarse. Miró el calendario y luego su vientre, todavía plano.
El destino les había lanzado una curva que ninguno de los dos esperaba. No era solo un proyecto lo que estaban construyendo; era una vida.