Curva al corazón

EPILOGO El Diamante de Cristal

Ocho meses después de aquella noche en el estadio, el aire de la ciudad era fresco. Valeria caminaba por el pasillo principal del nuevo Estadio Miller, su obra maestra arquitectónica. Ya no era solo una estructura de acero y cristal; era un monumento a la persistencia. Sus tacones (ahora más bajos por comodidad) resonaban contra el suelo de granito pulido que ella misma había elegido.

Se detuvo frente al ventanal que daba directamente al campo. Su vientre, ahora una curva prominente y orgullosa bajo su abrigo, se sentía pesado, pero era un peso que amaba.

—¿Otra inspección de última hora, jefa? —La voz de Gael llegó desde atrás, cargada de esa calidez que ahora era su hogar.

Valeria se giró y sonrió. Gael ya no vestía el uniforme de los Black Knights; llevaba una camisa informal y cargaba un pequeño bolso con suministros de bebé, algo que se había vuelto su "nuevo uniforme" en las últimas semanas. Había decidido tomarse un año sabático de las Grandes Ligas para estar presente en cada cita médica y en cada paso del proceso.

—Solo me aseguraba de que los cimientos del área de prensa fueran lo suficientemente sólidos —bromeó ella, dejando que Gael la rodeara con sus brazos desde atrás.

—Todo en este lugar es sólido, Val. Al igual que nosotros —Él puso sus manos sobre las de ella, ambas descansando sobre su vientre—. Sigue siendo increíble, ¿sabes?

—¿El estadio?

—No —Gael besó su sien—. Que hace un año nos odiábamos en un campo de tierra roja y hoy estamos aquí, esperando a alguien que probablemente tendrá tu terquedad y mi mala puntería para los problemas.

Valeria soltó una carcajada. En ese momento, sintió una pequeña patada, una "bola rápida" interna que hizo que Gael abriera los ojos de par en par.

—Definitivamente va a ser lanzador —susurró él, maravillado.

—O arquitecta —corrigió ella—. Alguien tiene que diseñar el mundo en el que tú juegas.

Se quedaron allí, mirando el diamante vacío bajo las luces tenues del atardecer. Valeria recordó a Victoria Wood, quien ahora era solo un recuerdo amargo de una firma a la que ella ya no pertenecía, y a Vanessa Rossi, cuyo nombre era solo una nota al pie en una vieja revista. Nada de eso importaba ya.

—Gael —dijo ella, apoyando la cabeza en su hombro—, gracias por no dejarme ganar ese primer duelo.

—Gracias a ti por ponchar mi orgullo en la primera entrada. Fue el mejor out de mi carrera.

Mientras el sol se ocultaba tras las gradas del estadio, Valeria supo que no importaba cuántas curvas les lanzara la vida en el futuro. Sus cimientos eran de acero, su amor era de Grandes Ligas y, por primera vez, el juego no tenía final, solo entradas extra llenas de felicidad.

FIN.




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