Daiki No Kakusei

Capítulo 12.1 - La Mano del Rey

Kahos avanzaba emocionado, persiguiendo a Akari como un depredador seguro de su presa.

Akari corría, pero su mente estaba en otra parte.
No dejaba de pensar en Zafiro.

¿Estará bien?
Era la primera vez que ella enfrentaba a uno de los legendarios Siete Reyes Demoníacos, seres capaces de destruir el mundo con tan solo existir.
Akari murmuraba sus pensamientos sin darse cuenta...
Y Kahos, divertido, escuchó cada palabra.

—Mira nada más... —sonrió con malicia—. No somos leyendas, humano. Estás equivocado.
Nosotros no somos cuentos. Somos dioses.

Antes de que Akari pudiera reaccionar, Kahos apareció frente a el, superando su velocidad. Abrió ambas palmas y habló con voz relajada pero letal.

—Ráfagas Malditas...

Su mirada se volvió fría.

—Yo decido quién vive en mi paraíso... y quién no.

Pero...

Una voz se escuchó.
El espacio se deformó.

Un salto temporal de cinco segundos ocurrió sin que Kahos pudiera entenderlo.
Una luz verde se expandió brevemente como un latido en el aire.
Kahos quedó paralizado, confuso.

—Eso... no acaba de pasar... —murmuró.

Cuando volvió a reaccionar...

Akari estaba frente a él.

A una velocidad sobrehumana.

Su puño izquierdo ya estaba a centímetros de su estómago.

Kahos intentó burlarse nuevamente.

—¿Crees que un simple golpe puede detenerme? Te lo repito... ningún mortal insignificante podrá contra un Dios D—

¡Cierra el puto hocico! —rugió Akari.

Su puño se iluminó.

¡Una hora en un segundo!

Y el mundo estalló.

En ese único segundo...

Kahos recibió el equivalente a cien golpes en estómago, pecho y rostro.
Su cuerpo no podía procesarlo.
Su mente no podía comprenderlo.

Fue lanzado brutalmente hacia atrás.

Akari se movió incluso más rápido, superando su propio límite.
Apareció sobre él, giró su cuerpo en el aire y estiró su pierna derecha.

El impacto fue devastador.

El golpe descendió con la fuerza de una tormenta celestial, aplastando a Kahos contra el suelo y dejándolo inmóvil durante varios segundos.

Akari aterrizó firme.

—Mi deber no es pelear contigo... —dijo fría—.
Debo encontrar a Viktor y Kiku.

Y en un milisegundo...

Desapareció.

Kahos quedó tirado, destrozado, en silencio.

Su mente era un torbellino.

¿Cómo...?
¿Cómo un humano pudo rivalizar conmigo?
Recordó sus combates anteriores.
Kiku.
Viktor.
Itsurō.
Akari.
Y una figura envuelta en luz....
Un recuerdo borroso.
Un rostro que no sabía cuándo vio... pero que lo aterraba.

Kahos apretó los dientes.
El temblor en su cuerpo se transformó en rabia.

—¡Un simple mortal... pudo humillarme... a mí... un Dios Demonio! —rugió.

Se levantó con furia, cerrando los puños hasta hacer sangrar sus palmas.

El suelo se rompió bajo sus pies.

Una energía oscura, densa, demoníaca estalló alrededor.

—Si esos malditos humanos pueden derrotarme... entonces no puedo confiar en nadie.
Si existe la posibilidad de que surjan más... —una sonrisa enferma se abrió en su rostro—
Los destruiré a todos.

La tierra tembló.

Kahos levantó su mano.

Una esfera de energía oscura comenzó a formarse en su palma.
Pequeña al principio...
Pero creciendo con velocidad aterradora...

Su risa ya no era divertida.
Era la risa de alguien que había perdido toda cordura.

—Van a morir todos...
¡Malditos seres de porquería!
¡Haré que este mundo se derrumbe!
Y entonces... todo volverá a la normalidad.

La esfera crecía...
Y el mundo se oscurecía...

En otro punto del campo de batalla...

El cuento del niño

Kiku estaba sentado.

Su espada clavada en el suelo.
Su cuerpo alerta.
Sangre seca en su rostro.
Protegiendo a la niña.
Y a Viktor inconsciente.

La niña lo miraba.

—Kiku... ¿Por qué los demonios son tan malvados?... ¿Por qué quieren lastimarnos?

Kiku guardó silencio unos segundos.

Luego suspiró.

Soltó la espada.
Limpió un poco el suelo.
Tomó una piedra grande y la puso allí como si fuera un asiento.

Tocó la piedra.
Luego miró a la niña.

—Siéntate.

Ella lo miró confundida...
Pero sonrió.

—¿Me vas a contar un cuento, viejo pervertido?

Kiku palideció.

—¡No soy viejo! ¡Ni pervertido! —gruñó.

Pero la sonrisa de la niña lo desarmó.
Y terminó suspirando.

—Te contaré sobre un niño...
Un niño realmente valiente.

La niña se sentó atenta.

El viento sopló.
Y el pasado comenzó a revivir.

—Hace mucho... en un pueblo pobre pero lleno de risas...
Vivía una familia —dijo Kiku—.
No eran ricos... pero eran felices.
Su apellido era...

Awago.

Un hombre comía ramen en un pequeño puesto.

—Ren... —dijo el cocinero, Hiroshi, molesto—.
¿Me pagarás hoy? Me debes demasiados tazones.

Ren sonrió nervioso.

—Hiroshi... las cosas están difíciles...

—¡Consigue un trabajo digno! —gruñó Hiroshi—.
Deja de vivir de la bondad de otros.

Ren dejó los palillos.
Su mirada se volvió seria... sin arrogancia, sin orgullo.

Solo verdad.

—Quiero alimentar a mi esposa.
Y a mis dos tesoros.
Kiku... y Sakura.
Pero nadie quiere contratar a alguien como yo.
Soy pobre.
Soy común.
Pero quiero darles una vida mejor.
Ellos son todo mi mundo.

Hiroshi apretó los labios.

—Tch... si quieres... limpia el local.
Te pagaré.

Ren lo miró...
Y sonrió.

—¿En serio?

Ren terminó el trabajo en silencio.



#5202 en Otros
#656 en Aventura
#896 en Ciencia ficción

En el texto hay: shonen, ciencia ficcion y aventura

Editado: 24.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.