Competir. Ganar. "Celebrar". Resaca.
Competir. Ganar. "Celebrar". Resaca.
Competir. Ganar. "Celebrar". Resaca.
Esa había sido su rutina durante los últimos dos años.
El rugido de los motores. La bandera a cuadros. El podio. Los flashes de las cámaras. Las felicitaciones. La música ensordecedora de algún bar.
El alcohol.
Y, a la mañana siguiente, una resaca que apenas le permitía recordar cómo había llegado a su departamento.
Al principio estaba bien, todo seguía bajo control. Pero, con el tiempo, comenzó a caer en picada. Lo que antes hacía porque era lo que más amaba en el mundo, ahora simplemente lo hacía... porque sí.
Quizás era para no decepcionar a la gente que lo rodeaba. O, más específicamente, a su padre. Quizás era porque no conocía otra vida.
O porque abandonar significaba admitir que ya no era la persona que todos creían que era.
Ni siquiera él sabía cuál era la verdadera respuesta.
Solo sabía que seguía levantándose cada mañana, subiéndose a su moto y compitiendo como si todavía sintiera algo pero ya no era así.
No podía decir con exactitud cuándo había dejado de disfrutar correr, desde chico había soñado con competir.
Vivía por la velocidad, por la adrenalina que recorría su cuerpo apenas giraba el acelerador y por esa sensación indescriptible de cruzar primero la línea de meta.
Ahora no quedaba nada de eso.
Se colocaba el casco. Encendía la moto. Escuchaba el motor rugir debajo de él y no sentía absolutamente nada.
Estaba a un mes de competir en el campeonato nacional, un sueño por el que había trabajado toda su vida y, aun así, no sabía si sería capaz de presentarse.
Porque el deporte que más había amado... también había sido el que poco a poco terminó destruyéndolo.
[*]
Su vida siempre había sido tranquila. Siempre había sabido lo que quería y nunca había dudado en luchar por conseguirlo.
Aunque, si alguien le hiciera esa misma pregunta ahora, probablemente no sabría qué responder.
Se había enamorado. Se había casado. Y durante un tiempo había sido realmente feliz o, al menos, eso había creído.
Con los años, el hombre del que se había enamorado dejó de ser la persona que conocía.
Las discusiones comenzaron a ser más frecuentes, después llegaron los gritos. Las amenazas y finalmente, los golpes.
Durante mucho tiempo se convenció de que las cosas podían mejorar.
Que solo era una mala etapa.
Que, si hacía las cosas bien, todo volvería a ser como antes.
Nunca ocurrió.
Después del último ataque entendió que, si se quedaba un día más, terminaría perdiéndose por completo, así que, esperó a que la casa quedara en silencio. Guardó toda su vida dentro de una única valija, abrió la puerta y, por primera vez en mucho tiempo, salió sin mirar atrás.
No tenía adónde ir.
Después de casarse había perdido el contacto con su familia y ya no le quedaba nadie a quien acudir.
Pasó días enteros durmiendo en bancos de plazas y comiendo únicamente cuando conseguía algo.
Tenía frío, hambre, miedo pero, por primera vez en mucho tiempo... también era libre.
Y, si ese era el precio de su libertad...
estaba dispuesto a pagarlo.