Dakar

Capitulo 2. Un segundo de tregua

La música llenaba el bar con un volumen justo, lo bastante alto como para darle vida al ambiente, pero no tanto como para obligar a la gente a gritar.

Libertad estaba completamente lleno.

Las mesas que unas horas antes permanecían vacías, ahora rebosaban de personas riendo, brindando y celebrando la inauguración. El tintinear de los vasos se mezclaba con conversaciones cruzadas, carcajadas espontáneas y el aroma constante de comida recién salida de la cocina.

Bruno apoyó la espalda contra el respaldo de la silla mientras hacía girar lentamente la botella de cerveza entre los dedos. Observó el líquido dorado balancearse de un lado a otro, durante unos segundos no hizo otra cosa. Solo mirar.

—¿La vas a tomar o pensás hipnotizarla? —preguntó Diego.

Bruno levantó apenas una ceja.

—Todavía lo estoy decidiendo.

—Bueno, decidite rápido porque me pone nervioso.

Franco soltó una risa por lo bajo.

—A vos te pone nervioso cualquier cosa.

—Es un don.

Bruno negó con la cabeza, divertido.

A veces se preguntaba cómo era posible que Diego pudiera hablar tanto sin quedarse nunca sin temas de conversación.

Desde que eran chicos había sido igual.

Siempre encontraba algo que decir.

Siempre conseguía hacer reír a alguien.

Incluso a él.

Una moza pasó junto a la mesa cargando un plato enorme de papas con cheddar, Diego siguió el recorrido del plato con la vista.

—¿Vieron eso?

Franco ni siquiera giró la cabeza.

—No pasaron ni diez minutos desde que llegamos.

—¿Y?

—Ya estás pensando en comida.

—Siempre estoy pensando en comida.

Bruno soltó una pequeña risa.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Como cuáles?

—Como que nunca tengas plata.

Diego se llevó una mano al pecho.

—La comida es una inversión.

—Claro...

—Vos invertís en motos. Yo invierto en hamburguesas. Cada uno tiene sus prioridades.

Franco levantó su botella.

—Brindo por las hamburguesas.

—¡Ese es mi amigo!

Las tres botellas chocaron suavemente antes de que el sonido desapareciera entre el murmullo del lugar.

Bruno dio un trago largo.

La cerveza estaba fría, el líquido descendió lentamente por su garganta. Cerró los ojos apenas un instante, no era que le gustara especialmente el sabor.

Nunca había sido por eso.

Simplemente... durante unos minutos conseguía que el ruido de su cabeza bajara un poco el volumen, solo un poco.

Abrió los ojos nuevamente, todavía alcanzaba para escuchar las bromas de Diego y eso, por ahora, era suficiente.

Del otro lado del salón, detrás de la barra, Noah no tenía un segundo de descanso.

—¡Dos gin tonic!

—¡Una cerveza negra!

—¡Tres mojitos!

—¡Noah!

—¡Voy!

Respondía casi por reflejo mientras preparaba un trago detrás de otro.

El cansancio empezaba a instalarse en sus hombros, pero ni siquiera le molestaba.

Cada cliente que sonreía.

Cada "gracias".

Cada mesa ocupada.

Todo confirmaba que Libertad estaba funcionando y todavía le costaba creer que aquel lugar realmente existiera.

Niko apareció detrás de la barra con una bandeja vacía.

—¿Cómo vas?

Noah sonrió mientras terminaba de decorar un cóctel.

—Sorprendentemente vivo.

—¿Viste? Te dije que iba a salir bien.

—Todavía falta toda la noche.

—Siempre encontrás una forma de pincharme el entusiasmo.

—Prefiero sorprenderme para bien.

Antes de que Niko pudiera responder, Edu pasó cargando una caja llena de botellas.

—¿Siguen filosofando o piensan ayudar?

Niko hizo un saludo militar exagerado.

—Sí, jefe.

—No soy tu jefe.

—Todavía.

Edu negó con la cabeza mientras seguía caminando.

—No cambies nunca.

—Lo intento.

Los tres rieron.

Después cada uno volvió inmediatamente a su trabajo.

El ritmo no daba respiro y, curiosamente, a Noah le gustaba. Le gustaba el sonido de los vasos, las conversaciones mezclándose unas con otras, la música de fondo. Después de tantos meses acostumbrado al silencio de su departamento, aquel caos tenía algo tranquilizador.

Por primera vez en mucho tiempo, el ruido no le molestaba. Le daba la sensación de estar exactamente donde quería estar.

—Che... —Diego volvió a apoyar los codos sobre la mesa—. ¿Qué les parece el lugar?

Franco recorrió el salón con la mirada.

Las luces cálidas, la madera oscura, las plantas colgando cerca de las ventanas. No era el típico bar lleno de luces de neón y música ensordecedora.

Se sentía... cómodo.

—Está muy bueno.

—Mucho —agregó Bruno.

Diego sonrió orgulloso.

—¿Vieron? Les dije que les iba a gustar.

—No te agrandés.

—Es imposible. Nací para ser increíble.

Franco rodó los ojos.

—¿Quién te subió tanto el ego?

Bruno respondió antes de pensarlo.

—La falta de vergüenza.

Diego volvió a llevarse una mano al pecho.

—Qué feo que hablen así de un amigo.

—Todavía estamos evaluando si lo sos.

—¡Después de veinte años de amistad!

—Veinticuatro —corrigió Franco.

Diego frunció el ceño.

—¿Cómo que veinticuatro?

—Nos conocemos desde jardín.

Bruno asintió.

—Tiene razón.

Diego permaneció unos segundos completamente serio, después suspiró.

—Bueno... eso explica por qué ya no pueden soportarme.

Los tres estallaron en una carcajada.

No estaba ocurriendo nada extraordinario.

Era solo una noche entre amigos, una conversación cualquiera. Un bar lleno. Una cerveza fría. Y, por unos minutos, Bruno consiguió olvidarse del cronómetro, de las carreras, de su padre.

Incluso del peso constante que llevaba meses instalado en el pecho. Solo existían las bromas, la música y las dos personas que habían estado a su lado prácticamente toda la vida.



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En el texto hay: drama, boylove, slowromance

Editado: 19.08.2026

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