Dakar

Capitulo 3. Un lugar de refugio

El despertador sonó a las siete en punto.

Un pitido corto. Constante. Insistente.

Bruno abrió los ojos, pero no se movió. Permaneció boca arriba, mirando el techo blanco de la habitación mientras el sonido seguía perforando el silencio.

Cinco segundos. Diez. Quince.

Recién entonces estiró un brazo y apagó el despertador de un manotazo. La habitación volvió a quedar completamente en silencio.

Respiró hondo.

No tenía dolor de cabeza; solo una pesadez difícil de explicar. Como si hubiera dormido toda la noche sin descansar realmente. Se incorporó despacio y dejó caer los pies descalzos sobre el piso frío. Frente a él, ocupando casi una pared entera, descansaban las vitrinas.

Trofeos. Medallas. Fotografías. Cascos de distintas temporadas perfectamente alineados. Había una imagen de él con apenas diez años, levantando su primera copa. Otra, abrazado a su padre después de un campeonato nacional. Una más reciente, celebrando una victoria rodeado de periodistas. Desde afuera parecía el dormitorio de alguien que lo había conseguido todo.

Bruno apenas les dedicó una mirada.

Tomó una remera limpia del respaldo de una silla y caminó hacia la ventana; corrió las cortinas y la luz de la mañana inundó la habitación.

Entrecerró los ojos. Abajo, la ciudad ya estaba despierta.

Los colectivos empezaban a llenar las avenidas. Un repartidor pasaba en bicicleta. A lo lejos, el rugido de una moto rompió la tranquilidad de la mañana. Durante años ese sonido le había acelerado el corazón, ahora... Solo era otro ruido más.

Apoyó una mano sobre el vidrio, después desvió la mirada hacia el casco apoyado junto a la puerta. Todavía conservaba restos de tierra seca pegados en un costado. Antes lo habría limpiado apenas volvía a casa.

Pero últimamente... Todo quedaba para después.

Lo observó unos segundos, ni siquiera hizo el intento de levantarlo.

—Después...- murmuró la palabra para sí mismo. Aunque sabía que probablemente tampoco sería hoy.

La casa permanecía en silencio.

Bajó las escaleras con paso lento, todavía acomodándose el pelo con una mano. En la cocina abrió la heladera, sacó una botella de agua y bebió directamente del pico. El agua fría le despejó un poco la garganta. No la cabeza.

Dejó la botella sobre la mesada y encendió la cafetera. Mientras esperaba, apoyó ambas manos sobre el mármol. El aroma del café comenzó a extenderse lentamente por la cocina; era un momento simple y, quizás por eso mismo... Era uno de los pocos que todavía disfrutaba.

No había motores. No había periodistas. No había cronómetros. Solo el sonido suave de la cafetera trabajando.

La vibración del celular rompió el silencio, Bruno ni siquiera necesitó mirar la pantalla para imaginar quién era. Cuando la giró, una pequeña sonrisa apareció sin que pudiera evitarlo.

Diego.

Aceptó la llamada.

—Decime que seguís vivo.

Bruno soltó una risa baja.

—Qué manera optimista de saludar.

—¿Entonces sí?

—Por ahora.

Del otro lado se escuchó un exagerado suspiro de alivio.

—¡Escuchaste, Franco! No se murió.

Una voz mucho más tranquila respondió enseguida.

—Nunca dije que estuviera muerto.

—Pero lo pensaste.

—No.

—Bueno... yo sí.

Bruno negó con la cabeza mientras servía café en una taza.

—Qué confianza me tienen.

—Mucha. Pero también memoria.

Bruno ya sabía por dónde venía la conversación.

Apoyó la taza sobre la mesada.

—No tomé tanto.

—Ajá.

—Es verdad.

—Ajá.

—Diego...

—Ajá.

Bruno terminó riéndose.

—Sos insoportable.

—Gracias. Era exactamente el cumplido que esperaba.

La voz de Franco volvió a escucharse. Más baja. Más pausada.

—¿Dormiste bien?

Bruno dio un sorbo al café antes de responder.

—Más o menos.

—¿Te sigue doliendo la cabeza?

—Un poco.

—Tomate algo antes de entrenar.

Bruno apoyó la taza y sonrió apenas.

—Sí, mamá.

Del otro lado Diego estalló en una carcajada.

—¡Te lo dije!

Franco ignoró completamente el comentario.

—¿Comiste algo?

—Todavía no.

—Comé antes de salir.

—Franco...

—¿Qué?

—Tengo veinticuatro años.

—Y seguís olvidándote de desayunar.

Diego intervino enseguida.

—En eso tiene razón.

Bruno suspiró con exageración.

—Qué pesado que son los dos.

—Es nuestro trabajo.

—Nadie se los pidió.

—Tampoco nos lo impide nadie.

Bruno volvió a reír.

Era curioso. Llevaban apenas unos minutos hablando y el peso con el que se había despertado parecía un poco más liviano.

Porque con ellos nunca hacía falta fingir entusiasmo. Ni responder perfecto. Ni demostrar nada. Podía limitarse a ser Bruno y eso, últimamente... Valía más de lo que estaba dispuesto a admitir.

El sonido de unos pasos rompió la conversación.

Firmes. Pausados.

Bruno dejó la taza sobre la mesada antes incluso de girarse. Ya sabía quién era.

—Después los llamo - no esperó respuesta. Cortó la llamada y dejó el celular boca abajo sobre la cocina.

Su padre apareció un instante después.

Vestía ropa deportiva. Llevaba una toalla alrededor del cuello y todavía tenía algunas gotas de sudor en la frente.

Acababa de volver de correr.

Sus ojos se posaron primero sobre Bruno, después sobre el reloj de pared.

—Siete y doce.

Bruno no respondió.

—Deberías haber estado levantado hace diez minutos.

Se limitó a asentir.

—Sí.

Su padre caminó hasta la cafetera; sirvió café con movimientos tranquilos. Precisos. Como hacía todo. El silencio que se instaló entre ambos era conocido. No resultaba incómodo; resultaba pesado. Bruno observó distraídamente cómo el vapor salía de su taza.



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En el texto hay: drama, boylove, slowromance

Editado: 19.08.2026

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