Dakar

1. Zona Neutral

La tierra se me había metido hasta en las encías.

No era una exageración ni un dicho de piloto.

Cuando me destrabé el casco y me lo quité de un tirón, el sabor a polvo seco se apoderó de mi lengua como si me hubiera tragado un puñado de grava. Una gota de sudor helado corrió lentamente por mi espalda, quedando atrapada bajo la camiseta pegajosa de la carrera. Sentía los antebrazos como si fueran de plomo, los dedos adormecidos por la vibración del manillar y ese latido sordo en la rodilla derecha, un aviso punzante de que la articulación pedía tregua.

Pero el motor estaba apagado. Había cruzado la línea.

Eso era lo único que contaba.

—Podrías haber frenado antes de la última curva —dijo mí papá a mi espalda.

Ni me molesté en girar sobre mis talones.

Estaba a un par de metros, erguido, con los brazos cruzados sobre el chaleco del equipo y esa postura ensayada que llevaba años perfeccionando. No parecía furioso; el enojo salvaje en él habría sido un alivio. Lo suyo era una calma gélida, metódica, que convertía cualquier observación casual en una condena inapelable.

—Podría haber frenado —murmuré, dejando el casco con un golpe seco sobre el asiento de la camioneta.

—Y no lo hiciste.

—Ya se terminó la carrera.

—Justamente por eso.

Me pasé la mano por el pelo apelmazado, apartando los mechones húmedos de la frente. A nuestro alrededor, el recinto del circuito hervía en una polfonía desordenada. Rugidos brutos de motores a medio ajustar, pasos pesados sobre el barro seco, mecánicos gritando entre las carpas y el chirrido metálico de los trailers cargando las máquinas. Un espectáculo caótico del que yo solo quería escapar para buscar un rincón en silencio.

Mí papá desvió la mirada hacia la pista desierta, donde la nube de polvo empezaba a asentarse.

—La clasificatoria de Bélgica está a la vuelta de la esquina.

Ahí estaba.

Siempre encontraba la rendija perfecta por la cual colar el mismo discurso.

Bélgica.

El circuito europeo donde, según su criterio, se definía si eras un profesional de verdad o un aficionado con talento. La puerta de entrada al European Motocross Circuit, la promesa de contratos millonarios con patrocinadores de peso y el billete de salida para dejar de perder el tiempo en categorías locales.

La oportunidad dorada que a mí, francamente, me pesaba cada día más en el pecho.

—Lo sé —dije, ajustando la tira de una de mis rodilleras.

—No lo parece.

—¿Qué querés que haga? ¿Que duerma abrazado a la moto?

Mí papá ni se inmutó. La sombra de una sonrisa ni siquiera rozó sus labios.

—Quiero que te tomes esto en serio.

Miré de reojo la moto apoyada en el soporte junto a la carpa. La carrocería roja y blanca estaba sepultada bajo una costra gruesa de fango y tierra seca, igual que mis botas de competición. Me había pasado la semana entera encerrado en el taller preparándola con mis propias manos; reajustando la suspensión punto por punto, cambiando los discos de embrague y afinando la respuesta del acelerador.

Conocía las entrañas de esa máquina mejor que a cualquier persona.

Sabía cómo reaccionaba al impacto de cada salto, la vibración exacta que transmitía al chasis cuando forzaba el motor al límite y cuántos segundos le quedaban antes de empezar a fallar en una curva trabada.

Lo que no tenía ni idea era de cuánto tiempo más podía aguantar yo este ritmo antes de romperme.

—Me lo tomo en serio —contesté con la voz áspera.

—Entonces dejá de correr como si te diera lo mismo ganar o matarte.

La frase impactó con la precisión de un golpe al estómago.

No porque fuera una novedad. Mí papá llevaba meses repitiendo variaciones de la misma idea; a veces con serenidad quirúrgica, a veces en silencio, clavándome una mirada helada al revisar las planillas de tiempos tras una prueba.

Para él, cualquier puesto que no fuera el primero era una derrota imperdonable.

Para mí, cada victoria se sentía cada vez más vacía, como un trofeo de plástico en una repisa llena de polvo.

—Estoy cansado —dije, buscando el aire.

—Todos están cansados en esta categoría, Bruno.

—No dije que fuera un caso especial.

—Bruno...

Su tono bajó un octavo, tornándose más denso. El aviso inconfundible de que la conversación estaba a un paso de convertirse en un ajuste de cuentas. Me agaché de golpe para soltar los cierres de plástico de las botas.

—No empieces, por favor.

—No estoy empezando nada.

—Entonces dejalo acá.

Se me quedó mirando en silencio durante unos segundos interminables. Luego soltó un suspiro decepcionado, negó casi de forma imperceptible y dio media vuelta para dirigirse hacia el tráiler del equipo.

No insistió. No me siguió. Ese repliegue debería haberme dado un respiro.

Sin embargo, el nudo en mi garganta solo se ajustó un poco más.

[*]

Entré a Barcelona cuando la noche ya había devorado del todo los últimos matices del atardecer.

El trayecto por la autopista desde el circuito hasta el taller se sintió infinito, un tramo monótono iluminado solo por los faros de la camioneta. Estacioné sobre la acera frente al portón metálico de Kilómetro Cero y entré a oscuras, dejando las luces principales apagadas y encendiendo únicamente los fluorescentes cálidos de las mesas de trabajo.

El aire dentro olía a una mezcla familiar de grasa sintética, gasolina barata y metal frío. Un olor que durante años había sido mi refugio, pero que esa noche solo funcionaba como un recordatorio despiadado de que mañana tendría que levantarme y volver a empezar el mismo ciclo. La Honda venía amarrada en la caja de la camioneta, cubierta de roña. La bajé por la rampa con cuidado de no golpear el escape y la encajé sobre el caballete central del fondo.

—¿Terminaste de torturar la máquina o todavía le queda un soplo de vida? —resonó la voz de Franco desde el altillo de la oficina.



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En el texto hay: drama, coqueteo, boylove

Editado: 20.09.2026

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