La primera vez que volví al bar, me dije que había sido porque el bar me quedaba de paso. La segunda vez también. Ya a la tercera, si alguien me hubiera preguntado, probablemente habría inventado alguna que otra excusa barata.
El problema era que todavía no había habido una tercera vez y mi cabeza ya estaba instalada en ella.
—¿Vas a seguir mirando esa moto como si te fuera a dar conversación o pensás arreglarla? —preguntó Franco desde el otro lado del taller.
Levanté la cabeza despacio, saliendo del trance.
—Estoy pensando.
—Eso explica por qué llevás diez minutos inmóvil con la misma llave en la mano.
Miré lo que tenía entre los dedos. Una llave fija del doce. La misma que había agarrado cuando Mateo me pidió que revisara el soporte del chasis de una moto vieja.
La dejé caer sobre la mesa de trabajo con un golpe metálico.
—No sabía que ahora también me controlabas el tiempo.
—No lo controlo. Lo sufro.
Diego, sentado en un banquito junto al elevador, soltó una risa baja sin apartar la vista de la pantalla de su teléfono.
—Franco lleva sufriendo desde el día en que nació.
—Y vos llevás hablando demasiado desde que aprendiste a articular palabra —le espetó él.
—Qué ambiente laboral tan armónico —murmuré.
—Podés irte cuando quieras —dijo Franco, ajustando un tornillo con ganas.
—Mateo me mata.
—Entonces arreglá la moto.
Volví a mirar el motor abierto frente a mí. Había algo que no encajaba, pero no era una falla complicada. El problema estaba en una pieza mal ajustada; una de esas cosas que se solucionaban con paciencia y un poco de atención.
Dos virtudes que esa tarde no me sobraban.
El taller olía a aceite quemado, metal caliente y caucho tostado. Afuera, Barcelona seguía con su ruido habitual, el frenazo de los colectivos, motos zumbando entre los carriles y algún idiota tocando la bocina como si eso pudiera disolver el tráfico.
Yo llevaba casi toda la tarde ahí dentro.
Había intentado concentrarme. De verdad que si, pero cada tanto se me cruzaba cierta imagen que no tenía nada que ver con la máquina frente a mí.
Una barra de madera oscura.
Luces cálidas colgando del techo.
Un vaso de ron amargo.
Y un chico rubio, de ceño burlón y pecas en la nariz, que me había mirado como si pudiera desarmarme las defensas sin pedir permiso.
Noah.
Recordaba su nombre con una facilidad alarmante.
—¿Vas a salir hoy? —preguntó Diego.
—¿A dónde?
—No sé. A cualquier lugar que no huela a grasa de motor.
—Este lugar tiene techo.
—También tiene una puerta. Podés probar usarla.
—Qué considerado.
Franco se limpió las manos con un trapo sucio y me miró de reojo.
—¿Otra vez vas a hacerte el gracioso o vas a contestar?
—No sé todavía.
—Desde que volviste del circuito estás inaguantable.
—Estoy cansado.
—Estás raro y cansado.
—Entonces no estoy raro. Estoy cansado.
Diego levantó la mirada del teléfono, entornando los ojos.
—¿Dormiste algo anoche?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
—Eso no es un número.
—Para mí alcanza.
Franco apoyó las dos manos sobre la mesa, inclinando el torso hacia mí.
—¿Te peleaste con tu papá?
El silencio se instaló entre las herramientas.
La pregunta no me sorprendió, pero dolía igual. Ese hombre tenía esa capacidad diabólica de ocupar una habitación incluso cuando no estaba en ella. Bastaba con que alguien mencionara una carrera, una moto o Bélgica para que su voz apareciera en mi cabeza.
Tenés que estar preparado.
No podes desperdiciar está oportunidad.
No llegaste hasta acá para aflojar ahora.
Había escuchado frases parecidas toda mi vida. A veces con palabras distintas, a veces con un tono más bajo, pero siempre significaban lo mismo.
No aflojar.
No equivocarme.
Y sobretodo, no decepcionarlo.
—No me peleé con nadie —dije finalmente.
Franco hizo una mueca de incredulidad.
—Eso no significa que no te esté carcomiendo algo.
—¿Desde cuándo sos psicólogo?
—Desde que vos te comportás como un imbécil y alguien tiene que intentar entender por qué no explotás de una vez.
—Qué suerte la mía tenerte cerca.
Diego dejó el teléfono sobre sus piernas.
—¿Vas a ir a entrenar mañana a la pista?
—Sí.
—¿Seguro?
Lo miré.
—¿Por qué no iría?
—Porque ayer dijiste que no tenías ganas.
—Ayer no tenía ganas.
—¿Y hoy?
Miré la moto, después el reloj de pared y finalmente la persiana metálica que daba a la calle.
—Hoy tampoco.
Franco soltó el aire por la nariz con un bufido largo.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Nada.
—Decilo.
—No.
—Entonces no hagas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa cara de que estás a punto de decir algo que me va a romper las pelotas.
—No quiero arruinarte la tarde.
—Ya la estás arruinando.
Diego sonrió apenas.
—Podrías salir a tomar un poco de aire, Bruno.
La frase cayó entre nosotros con demasiada naturalidad. Levanté la vista.
—¿Eso es una sugerencia o una intervención?
—Una sugerencia.
—¿Para que me vaya del taller?
—Para que hagas algo que no sea trabajar o discutir.
—Puedo discutir en otro lugar.
—Eso ya lo sabemos —dijo Franco—. Lo hiciste bastante bien la última vez.
No le respondí.
La última vez. No sabía bien si se refería al lío en la carrera, a mí papá o a la noche anterior. Probablemente a todo junto.
Me pasé una mano por el pelo y miré hacia afuera. El cielo empezaba a oscurecerse en tonos violetas. Podía ir a cualquier bar; había cientos. Uno ruidoso, donde nadie me conociera ni esperara nada de mí. Pero, sin querer, pensé en un lugar específico.
En la mesa de madera.
En las botellas resplandecientes detrás de la barra.
En la forma en que Noah alzaba una ceja cuando me medía.
Y en la forma curva contenida de sus labios.