El mensaje llegó un martes a las once y diecisiete de la mañana.
Yo estaba tirado bajo una moto, con medio cuerpo atascado entre el chasis y el suelo de hormigón del taller, intentando aflojar una tuerca del escape que parecía haber sido soldada por alguien con un odio personal e imperdonable hacia la mecánica.
Tenía las manos llenas de grasa, una mancha de aceite en la mandíbula y el celular temblando dentro del bolsillo del pantalón.
—¿No vas a atender? —preguntó Franco desde la otra punta del taller, haciendo sonar una ráfaga de aire comprimido.
—Si es mí papá, decile que me morí —gruñí, haciendo palanca con la llave fija.
—Si es Sergio, te llama al cementerio y te pide los tiempos por vuelta antes de dejarte descansar.
Seguí haciendo fuerza. Los músculos de los antebrazos me ardían. El celular volvió a vibrar. Y otra vez.
—Debe ser urgente —comentó Diego desde su rincón.
—O alguien insoportablemente insistente.
—Como vos cuando se te mete una idea entre ceja y ceja —remató Diego.
Levanté la cabeza apenas para mirarlo, clavándole una mirada fulminante. Él sonrió sin apartar la vista de la pieza que estaba limpiando con disolvente.
—No sé de qué hablás.
—Claro. Mirá cómo me lo creo.
El celular vibró por cuarta vez, arrastrándose sobre el lienzo de la tela de mi pantalón.
Solté una puteada entre dientes, salí de abajo de la moto deslizándome de espalda y me senté en el piso. Me limpié la mano derecha lo mejor que pude en un trapo mugriento antes de sacar el teléfono.
Resultó que no era mí papá quien llamaba, era un número que no tenía agendado como contacto, pero no hizo falta buscar un nombre.
Abrí el mensaje.
- ¿Vos sos el que dice que arregla motos o solamente ponés cara de saber para impresionar en los bares?
Me quedé mirando la pantalla. La luz blanca me dio de lleno en la cara.
No me hizo falta preguntar de quién se trataba. Noah tenía una forma de escribir ridículamente propia. Precisa, socarrona, como si cada palabra viniera acompañada de esa sonrisita de lado que yo no podía ver, pero que podía imaginar con una precisión abrumadora.
Volví a leer el texto. Y una tercera vez, solo para sentir el peso del mensaje.
—¿Quién es? —preguntó Franco, cruzándose de brazos.
—Nadie.
—Ah, entonces es alguien. Y bastante peligroso, por la cara de pelotudo que pusiste.
No le contesté. Tipeé con el pulgar.
- Depende. ¿Qué rompiste esta vez?
La respuesta tardó tres segundos.
- Yo nada. Hay una reliquia tirada en el depósito del bar. No arranca ni a ganchos.
Miré el chasis desnudo frente a mí. Después, la pantalla.
- ¿Y por qué asumís que yo sé revivir muertos?
Tardó un poco más. Casi pude verlo apoyado en la barra, lo que me hizo sonreír.
- Porque tenés cara de saber arreglar cosas. O de romperlas bastante bien.
Fruncí el ceño, apretando los dientes para disimular la electricidad que me recorrió el cuello.
- ¿Qué cara se supone que es esa?
- Una bastante insoportable. Y arrogante. Pero tenés pinta de ser útil.
Solté una risa baja, involuntaria.
Franco, que pasaba con un bidón en la mano, me señaló con el trapo sucio como si me hubiera atrapado cometiendo un crimen.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Esa cara.
—¿Qué cara, Franco? No me rompas las pelotas.
—La cara de alguien que está recibiendo un mensaje que le hace cosquillas.
Guardé el celular en el bolsillo trasero antes de que pudiera asomarse a chusmear.
El teléfono vibró de nuevo.
- ¿Podés venir a verla o te queda grande el desafío?
Miré el reloj de pared. Faltaban casi cuatro horas para terminar el turno, pero la moto en la que estaba trabajando de repente pasó a un segundo plano absoluto. No porque el trabajo fuera fácil, sino porque me invadió una curiosidad voraz que me demolió la concentración.
No sabía qué tipo de moto guardaba Noah en su subsuelo.
No sabía por qué me había buscado precisamente a mí.
Y tampoco quería admitir lo ridículamente atractiva que me resultaba la idea de verlo fuera del escenario de la barra, sin un mostrador de madera haciendo de barrera entre los dos.
- Paso cuando salga del taller.
La respuesta cayó al instante
- ¿Eso es un sí?
- Eso significa que voy a ir mugriento y sin cambiarme. No esperes vestimenta de gala.
- Qué lástima. Me gustaba la idea de verte de traje.
Me quedé inmóvil, leyendo la frase dos veces. La garganta se me secó un poco.
- ¿Te decepciono mucho?
- Todavía no, Bruno. Pero estás al borde.
Me reí por lo bajo, negando con la cabeza.
—¿Qué carajo te pasa hoy? —preguntó Diego desde su banquito—. Parecés un quinceañero con teléfono nuevo.
—Tengo una buena noticia —dije, levantándome del suelo.
—¿Cuál?
—El tornillo se aflojó.
Franco miró la pieza, intacta.
—Ni lo tocaste.
—Entonces es una excelente noticia para el turno de mañana.
[*]
Salí del taller pasadas las seis de la tarde.
Me había sacado lo más grueso de la grasa con pasta de lavar, pero seguía oliendo a nafta, metal caliente y sudor de taller. No me molesté en buscar ropa limpia. Si Noah esperaba que llegara hecho un pincel para hacerle un trabajo técnico, que se aguantara.
Guardé las herramientas básicas en una mochila de cuero gastado y me subí a mi moto.
El bar no me quedaba cerca ni siquiera quedaba de paso. Quedaba en la dirección exactamente opuesta a mi departamento. Era un desvío considerable, un hecho geográfico que Noah iba a usar en mi contra tarde o temprano.