Dama de nieve

Capitulo 4

Hace 20 años atrás

Cuando el invierno no se sentía y el sol era el dueño del pueblo, donde las personas te reciben con una sonrisa todas las mañanas, ese tiempo donde las flores florecían en la primavera.

Cassandra tenía diez años y corría entre los pinos altos que inundaban el bosque, dejando pequeñas huellas sobre el pasto verde. Sus rizos dorados saltan sobre sus hombros y aquel sol iluminaba su cabellera como hilos dorados, sus mejillas rojas por el calor.

Era la hija de los fundadores de aquel pueblo, el pueblo del invierno… Cassandra era y sería el legado de su familia.

—¡Más rápido, ranita! —gritó un niño detrás de ella.

Ella rió sin detenerse.

—¡No puedes alcanzarme, Julián!

El niño la siguió entre los árboles hasta alcanzarla cerca de una roca grande, tibia por el sol de la tarde. Se dejó caer a su lado, agitado, mientras intentaba recuperar el aliento.

—Algún día sí lo haré —dijo—. Cuando crezcamos, seré más alto que tú, seré un hombre de verdad y tu seras mi novia y luego me casaré contigo —Julian se giro hacia ella mirándola con esos ojos que delataban toda una ilusión por ella

—Eso nunca pasará —respondió Cassandra entre risas

Julián metió la mano en su bolsillo y sacó una pequeña piedra brillante.

—Para ti

—¿Una piedra?

—No es cualquier piedra —protestó—. Brilla cuando el sol cae sobre ella. Así no me olvidarás cuando me vaya.

La sonrisa de Cassandra se apagó un poco.

—¿Irte? —ladeo su cabeza, y entre balbuceo un sollozo se escuchó

Julian miró hacia las montañas lejanas.

—Más allá existe un lugar donde el sol dura más tiempo. Donde no hace tanto frío por las noches. Quiero verlo… sabes que me encanta aventurar y explorar, saber y conocer muchas cosas, pero te prometo que volveré por ti.

—Este lugar es perfecto… es el pueblo del invierno… es hermoso sentir la nieve caer sobre la palma de tu mano ¿Acaso no disfrutas tirarte sobre la nieve?

—Ranita… si es increible la nieve estrellada, pero sentir el calor debe ser más fenomenal ¿No crees? En este pueblo es tan difícil que el sol nos refugie, no todos los días son como hoy. Cassandra tu más que nadie sabe… que desde que tu bisabuela murió nadie de tu familia tuvo el mismo don de poder juntar el verano y el invierno.

—Ya lo se, pero te prometo que yo te dare el sol si es lo que quieres

Julian soltó una risa, para después tomar a Cassandra de la mejilla.

—Ranita solo será un tiempo, te lo prometo. Mientras tu te encargas de volver este lugar lo mas amarillo posible.

Cassandra bajó la mirada, ella ya no podía hacer nada. Julian ya había tomado una decisión y conociéndolo tan bien, él no la iba a cambiar, entonces solo tocaba aceptarlo.

—¿Me llevarías contigo?

—Claro —respondió de inmediato—. Te enseñaré el verano.

—¿Verano?

—Es cuando la nieve no existe, ranita. El suelo es verde y hay flores por todos lados, como el día de hoy, solo que haya dura mucho tiempo. No como aca que pasa cada tres años

Cassandra lo miró maravillada, como si escuchara un cuento imposible.

—Promételo.

Julián levantó su meñique.

—Te lo prometo. Volveré por ti, aunque tenga que cruzar todas las montañas, aunque tenga que luchar con ladrones, aunque tenga que cabar, aunque tenga que correr de los venados. Yo prometo volver por ti y llevarte conmigo

El viento sopló suave entre los árboles. Cassandra tembló ligeramente, y él tomó sus manos frías entre las suyas.

—Siempre estás helada

—Pero contigo no

El corazón de Julián latía tan rápido que no entendía por qué. Solo sabía que ese momento no quería que terminara.

—Ranita…

—¿Sí?

Con torpeza, acercó su rostro y rozó sus labios.

Fue un beso pequeño, inocente… cálido.

Cassandra abrió los ojos sorprendida, pero no se apartó. La luz del atardecer cayó sobre ellos y, por un instante, el bosque entero quedó en silencio.

—Así sabrás que voy a volver —susurró él.

Ella apoyó su frente contra la suya.

—Entonces te esperaré… siempre.

Pero el tiempo no cumplió su promesa.

Años después, no fue la ausencia de Julián la que rompió el corazón de Cassandra… fue otro amor, uno que juró quedarse y eligió marcharse.

Aquella noche, Cassandra dejó de llorar.

Y a la mañana siguiente… el sol no volvió a salir.

Desde entonces, el pueblo aprendió el significado del invierno eterno. Y la niña que amaba la luz se convirtió en la dama de nieve.




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