Dama de nieve

Capitulo 6

No fue algo evidente al principio, nadie gritó, nadie salió corriendo, fue un detalle mínimo… casi insignificante.

El costurero fue el primero en notarlo. Al abrir su taller dejó el balde de agua junto a la puerta, como hacía cada día desde hacía años, siempre amanecía convertido en un bloque de hielo imposible de romper antes del mediodía.

Pero esta vez no.

El agua se movió.

Pequeñas ondas temblaron en la superficie.

El hombre frunció el ceño, acercó la mano lentamente… y la retiró de inmediato.

Estaba fría, sí.

Pero líquida.

—No puede ser… —murmuró.

A unas calles, una mujer observaba su tejado. Durante veinte inviernos la nieve se acumulaba sin caer jamás; el peso había torcido la madera de su casa. Sin embargo, una gota descendió por el borde.

Luego otra.

Y otra más.

La mujer retrocedió como si hubiera visto un fantasma, esto era como una maldición.

El rumor empezó a expandirse.

Las personas salieron de sus casas, miraron el cielo gris, tocaron las paredes, el suelo, los árboles. El hielo del río emitía un sonido nuevo: un crujido húmedo, débil, vivo. Como decirlo… ya no era en invierno que te llegaba a los huesos.

—El invierno… está cediendo —susurró un anciano.

El pánico fue inmediato.

—No… Es imposible… Ella despertó…

Voces, murmullos y quejas se escuchaban en el pueblo. Debates de lo que estaba pasando, peleas entre los hombres del lugar.

—¡Miren ahí! —gritó una mujer mientras señalaba lo más alto de la montaña

Todos voltearon.

El castillo permanecía inmóvil en lo alto, cubierto de nieve como siempre… pero una delgada línea de vapor ascendía cerca de la entrada.

Había fuego.

El consejo del pueblo se reunió esa misma tarde dentro de la antigua capilla. Nadie encendió velas; la luz gris que entraba por los vitrales era suficiente.

—Esto no puede estar pasando otra vez —dijo una mujer mayor

—Sabíamos que ocurriría si alguien subía —respondió otro—. Por eso nadie debía acercarse.

—El muchacho no entiende lo que está provocando es un idiota, hay que matarlo

El más anciano de todos, un hombre de voz cansada, habló finalmente:

—No hay que llegar a extremos porque no es el muchacho.

Todos guardaron silencio.

—Es ella.

Miró hacia la montaña.

—La dama de nieve está recordando.

Un murmullo nervioso recorrió la sala.

—Si el hielo desaparece… —susurró alguien.

—El sello se romperá —completó el anciano.

Nadie quiso decir lo que significaba.

Porque todos conocían la vieja historia que ya no se contaba a los niños: antes del invierno eterno, el pueblo había sido un lugar de paso… y todo aquel que abandonaba el valle enfermaba y moría bajo el sol.

No era el frío lo que los mantenía con vida.

Era Cassandra.

Ella no solo había congelado la tristeza.

Había congelado algo más.

El anciano cerró los ojos un instante.

—Si despierta por completo… el pueblo volverá a pagar el precio.

—Entonces… —dijo la mujer mayor— debemos alejar a ese hombre.

—No bastará —respondió—. Si él se queda, ella sentirá. Y si ella siente…

Miró nuevamente la montaña.

—El invierno terminará.

En ese mismo momento, en lo alto del castillo, Cassandra observaba por la ventana.

La nieve caía con suavidad alrededor de Julián, que permanecía sentado cerca de la entrada, negándose a marcharse.

Y sin entender por qué…

Cassandra apoyó su mano sobre el vidrio.

La escarcha alrededor de sus dedos se derritió.

Retrocedió, asustada.

Porque por primera vez en veinte años… el invierno no la estaba obedeciendo.




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