La nieve no estaba prevista para esa noche.
El pueblo siempre sabía cuándo iba a nevar. Las mujeres cerraban temprano sus negocios, los hombres recogían la leña, los niños no salían después de las seis. Era casi una regla no escrita… como si el invierno avisara.
Julián caminaba de regreso a la posada con las manos dentro de los bolsillos, mirando el cielo despejado. No había nubes, no había viento. El aire estaba quieto.
Y aun así… algo no se sentía bien. Fue entonces cuando vio el primer copo caer frente a él.
Se detuvo.
Luego otro.
Y otro.
En menos de un minuto, la nieve comenzó a cubrir el suelo como si alguien hubiera abierto el cielo de golpe. No era una nevada suave… era rápida, silenciosa, pesada.
—No… —susurró.
Miró alrededor. Las calles estaban vacías. Las luces de las casas comenzaban a apagarse una por una. El pueblo parecía esconderse.
Entonces recordó.
La casa de Cassandra.
No supo porqué, pero sus pies empezaron a moverse solos. Caminó rápido primero… luego casi corrió, la nieve ya cubría sus zapatos cuando llegó a la reja de hierro.
La casa estaba completamente oscura, excepto por una luz encendida en la parte trasera, la capilla.
El corazón le empezó a latir demasiado fuerte, empujó la reja, esta vez no estaba cerrada.
Atravesó el jardín cubierto de blanco. El frío era más intenso ahí. No era un frío de clima… era un frío pesado, como si el aire quemará al respirar.
Abrió la puerta lateral.
El silencio lo envolvió.
La capilla estaba iluminada solo por velas. Decenas de ellas la dama de nieve se alzaba al fondo, cubierta por flores blancas.
Y frente al altar…
Cassandra.
Estaba descalza.
Llevaba un vestido claro y delgado, completamente inapropiado para esa temperatura. Su cabello caía suelto sobre sus hombros, pero no se movía. No había viento dentro… y aun así el aire parecía vibrar.
Julián dio un paso, el piso estaba tan helado que era imposible permanecer mucho tiempo ahi.
Una fina capa de escarcha cubría la madera bajo sus pies.
—Cassandra…
Ella no se movió.
Estaba de espaldas, arrodillada frente a una Virgen.
—Cassandra —repitió, acercándose.
Entonces ella habló.
—No debiste venir.
—Está nevando —dijo—. Y el cielo está despejado. Eso no es normal.
Silencio.
—Nada aquí es normal, Julián.
Él tragó saliva.
—¿Qué te pasa?
Ella giró lentamente.
Y ahí lo entendió.
Su aliento… no salía en vapor.
Su piel no estaba pálida, estaba blanca.
No blanca como alguien enfermo, blanca como nieve.
Sus labios apenas tenían color, y sus ojos estaban demasiado claros, casi translúcidos.
Julián sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Estás congelada…
Cassandra negó suavemente.
—No —susurró—. Estoy despertando.
La temperatura bajó más.
Las velas comenzaron a apagarse una por una.
—Cuando tú llegaste… —continuó ella— el invierno empezó a moverse otra vez.
—¿Yo? ¿De qué hablas?
—El pueblo no tiene invierno, Julián. El pueblo… me tiene a mí.
La última vela se apagó.
La nieve empezó a caer dentro de la capilla.
Julián retrocedió un paso.
—Eso no es posible…
—Yo soy la promesa —dijo ella—. Yo soy lo que mantiene el equilibrio. Mientras yo permanezca fría… el pueblo vive.
El aire quemó sus pulmones.
—Entonces… ¿por qué ahora?
Cassandra lo miró.
Y por primera vez, sus ojos temblaron.
—Porque contigo… ya no quiero serlo.
Un pequeño hilo de agua cayó desde su mano al suelo helado.
Una gota.
Se derritió.
Y el viento rugió afuera.
Julián no lo sabía todavía… pero en ese momento, el destino del pueblo acababa de romperse.
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Editado: 13.02.2026