La nevada que había comenzado suave se volvió constante, pesada, como si el cielo estuviera arrojando capas y capas de silencio sobre el pueblo.
Dentro de la casa, Cassandra no se movía.
Seguía sentada frente a la chimenea apagada. Julián había intentado encenderla, pero el fuego moría apenas nacía, como si el aire mismo lo rechazara.
—¿Te duele? —preguntó con cuidado.
Ella negó.
—No es dolor…
Su mirada estaba perdida en la nada.
—Es… memoria.
Julián se tensó.
—¿Qué estás recordando?
Cassandra respiró hondo. Sus manos temblaban levemente, y pequeñas partículas de escarcha aparecían y desaparecían en la piel de sus dedos, como si su cuerpo no supiera qué estación debía ser.
—El día que dejé de ser Cassandra.
La casa desapareció para ella.
Y el pasado volvió.
Cassandra dío un suspiro y comenzó a recordar:
Era verano, el último verano que existió en el pueblo. El sol caía dorado sobre los tejados, y las montañas estaban cubiertas de verde, el aire olía a flores silvestres y pan recién horneado, los niños corrían por la plaza.
Cassandra corría descalza por la fuente central, levantando agua con los pies.
—¡Te van a regañar otra vez! —dijo él
Ella lo miró.
—Entonces quédate conmigo y comparte el castigo.
El joven bajó, resignado pero sonriendo, tenía la mirada tranquila, la de alguien que siempre sabía qué hacer.
Era querido por todos.
El orgullo del pueblo.
Y su prometido.
—No deberías actuar como si nada cambiara —dijo él suavemente.
—Nada cambiará —respondió Cassandra—. Dijiste que me llevarás lejos cuando todo terminara.
El joven dudó apenas un segundo.
—Sí…
Pero no la miró al decirlo.
Cassandra no lo notó.
Porque confiaba en él, porque lo amaba, porque era la razón de su sonrisa.
Por primera vez en su vida creyó que no estaba destinada a ser un símbolo, ni una heredera, ni la próxima guardiana, solo una chica que podía amar y hacer su vida.
Esa noche, él la citó en la capilla.
—¿Por qué aquí? —preguntó ella riendo—. Es el peor lugar para una promesa romántica.
No había velas.
No había música.
Solo estaban los ancianos del pueblo.
Su padre.
Y la puerta cerrándose detrás de ella.
La sonrisa de Cassandra desapareció.
—…¿Qué está pasando?
Nadie respondió.
El joven avanzó hacia ella.
Sus ojos estaban rojos.
—Perdóname.
Cassandra retrocedió.
—No… no es gracioso… ¿qué están haciendo?
Los ancianos comenzaron a rezar.
El aire se volvió helado.
—Dijiste que nos iríamos —susurró ella.
El joven temblaba.
—Si no lo hacemos… la montaña bajará este invierno. Todos morirán.
—Entonces vámonos juntos —dijo ella desesperada—. No me importa el pueblo.
El joven cerró los ojos.
—A mí sí.
Cassandra dejó de respirar.
—…¿qué?
—Necesitan a la heredera —continuó—. Solo tú puedes contener el invierno.
Ella negó lentamente.
—Tú prometiste…
Él lloraba.
—Prefiero que me odies a verlos morir.
Las manos de los ancianos la sujetaron.
—¡Suéltame! —gritó.
Buscó su mirada.
—Dijiste que me amabas…
El joven no pudo acercarse.
—Sí te amo.
—Entonces escógeme.
El silencio fue su respuesta.
El ritual comenzó.
El frío entró primero por sus pies.
Luego sus manos.
Luego su pecho.
Cassandra gritó su nombre.
Él no se movió.
No la sostuvo.
No la salvó.
No la eligió.
Y en el instante en que el hielo alcanzó su corazón…Cassandra dejó de llorar.
Su última lágrima se congeló en su mejilla.
El recuerdo terminó.
La casa volvió.
Julián estaba arrodillado frente a ella, sin haberse dado cuenta en qué momento se había acercado tanto.
—No creé el invierno —susurró Cassandra—.Me lo pusieron dentro, no solo soy la dama de nieve, yo soy la virgen de las nieves; del invierno.
Su voz no tenía rabia.
Tenía cansancio.
—Después… todos me veneraron… me rezaron… me agradecieron.
Una sonrisa rota apareció.
—Pero nadie volvió a llamarme por mi nombre.
Julián sintió algo apretarle el pecho.
—No te amaban…
Cassandra negó suavemente.
—Amaban lo que podía soportar por ellos.
Lo miró por primera vez directo a los ojos.
—No soy fría, Julián.
Su voz apenas era un hilo.
—Estoy agotada y tan decepcionada de las palabras, de promesas que se quedan en el tiempo, no me eligieron
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Editado: 13.02.2026