Dama de nieve

Capitulo 9

Los días comenzaron a pasar, por primera vez en veinte años, Cassandra no estaba sola.

No lo admitía, no lo agradecía y tampoco lo echaba.

Julián simplemente… se quedaba.

Llegaba cada mañana con algo distinto: pan tibio, frutas, un chocolate calido, hasta piedras lisas del río.

—¿Para qué trajiste eso? —preguntó ella con indiferencia.

—Para que recuerdes cómo se siente el mundo —respondió, dejándolas sobre la mesa congelada.

Cassandra observó la piedra, dudó antes de tocarla.

La sostuvo entre sus dedos.

—Está… suave.

Su voz fue apenas un susurro, como si le sorprendiera poder describir algo.

—El río las pule —explicó él—. El agua no rompe todo… a veces solo cambia las cosas lentamente.

Ella no respondió, pero no la soltó.

—¿Aún florecen los árboles?

—Sí.

—¿El cielo sigue siendo azul?

—A veces.

—¿El verano… sigue siendo cálido?

—Mucho.

Cassandra apartó la mirada.

—No lo recuerdo.

El silencio pesó más que cualquier discusión.

_____________

Otro día, él volvió con mangos.

—Otra vez eso —dijo ella.

—Confía en mí.

Se sentó frente a ella como si fuera lo más normal del mundo compartir mesa con la Virgen de las Nieves.

—En verano son más dulces.

—No existe el verano aquí.

—Existirá.

Cassandra rodó los ojos.

—Eres insoportable.

—Pero te quedas.

Ella tomó un pedazo de mango.

La miró con desconfianza… y la probó.

Se quedó quieta.

Luego otra.

Y otra.

Julián sonrió.

—Te gustan.

Cassandra frunció el ceño, intentando mantener su postura fría.

—No es desagradable.

Julián soltó una pequeña risa.

Cassandra sonrió, no fue amplia, no fue luminosa, pero fue real.

Ella misma se dio cuenta primero.

Se llevó la mano a los labios como si hubiera cometido un error.

—Yo no…

Pero la sonrisa ya había existido.

Y el aire del castillo cambió, la escarcha de la mesa retrocedió unos centímetros.

Julián no dijo nada.

Porque entendió algo importante: No estaba luchando contra el invierno.

Estaba luchando contra el miedo de Cassandra a volver a sentir.

___________

Días después, sucedió.

Era mediodía.

Julián hablaba sobre el mar.

—El agua brilla tanto que tienes que cerrar los ojos. Y la arena quema los pies.

—¿Quemar? —preguntó ella.

—Pero duele bonito.

Cassandra no entendió esa frase, y en ese momento… una nube se movió, un rayo de luz atravesó uno de los vitrales rotos del castillo, un haz dorado cruzó el aire… y tocó el suelo.

La nieve alrededor comenzó a derretirse.

Gota a gota.

Cassandra se quedó inmóvil.

—¿Qué es eso…? —susurró.

—Sol —dijo Julián, casi sin respirar.

La luz avanzó lentamente… hasta rozar su mano.

Cassandra no se apartó.

Por primera vez en veinte años, la luz tocó su piel.

—Ah…

No fue un suspiro, fue un gemido de dolor, retiró la mano bruscamente, su piel estaba roja, una pequeña marca, como quemadura, apareció en sus dedos mientras el vapor frío salía de ellos.

Julián se levantó de inmediato.

—¡Cassandra!

Ella retrocedió.

No lloró, pero sus ojos estaban abiertos, aterrados.

—Quema…

Miró su mano como si no la reconociera.

—El sol… quema…

El rayo de luz seguía entrando por la ventana, derritiendo lentamente el hielo del suelo.

Y por primera vez…

Cassandra entendió algo peor que el invierno. no era que el frío la estuviera matando, era que el calor no la dejaría vivir.




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