Dama de nieve

Capitulo 10

La noticia se esparció más rápido que la nieve, primero fue un susurro en la plaza. luego en las ventanas y después en las puertas cerradas.

La Virgen de Nieve estaba cambiando.

Los habitantes comenzaron a notarlo: la escarcha de las calles ya no cubría todo, y por primera vez en años… el cielo se había aclarado un poco.

Y todos sabían por qué.

—El nuevo hombre

Julián ya no pasaba desapercibido.

Lo miraban cuando cruzaba la plaza, no con odio sino con miedo. Esa tarde, cuando regresaba al castillo con un saco de leña, encontró a varias personas esperándolo.

Un hombre dio un paso adelante. Era el alcalde, un anciano que apenas podía sostenerse sin su bastón.

—No puedes seguir subiendo.

Julián lo miró.

—No voy a hacerle daño.

—Ese es el problema —respondió el viejo—. Sí lo estás haciendo.

Julián frunció el ceño.

—Ella está mejorando.

—No —dijo una mujer—. Está desapareciendo.

El silencio cayó entre todos.

El alcalde respiró con dificultad.

—Debes irte del pueblo.

—No.

—No es una petición.

—No voy a abandonarla.

—Pero si ya lo hiciste una vez ¿No?

—Nunca la abandone, pasaron cosas…

—Si no te piensas ir esta vez entonces… tendrás que saber la verdad.

Lo llevaron a la iglesia antigua, la más vieja del pueblo, las puertas crujieron al abrirse.

Dentro no había bancas, solo el suelo de piedra… y un símbolo tallado en el centro un círculo de marcas antiguas.

Julián lo reconoció.

—Un sello…

El anciano asintió.

—El primero.

Su voz tembló.

—Hace veinte años este pueblo iba a morir.

—No era invierno —continuó—. Era una enfermedad.

—La gente caía en días, los niños primero, luego los adultos. Ningún médico podía explicarlo, ningún remedio funcionaba.

—Íbamos a desaparecer.

Julián no hablaba.

—Entonces los fundadores hicieron lo único que quedaba.

—Un pacto.

Julián sintió frío.

—¿Qué pacto…?

El anciano lo miró directo a los ojos.

—El pueblo necesitaba un ancla, un corazón que mantuviera el sello activo. Un ser vivo… capaz de sostenerlo.

—No —susurró Julián.

—Cassandra fue elegida.

Su respiración se cortó.

—No… elegida no.

El anciano bajó la mirada.

—Ofrecida.

El silencio fue absoluto.

—El ritual no crea el invierno —continuó—. El invierno es la barrera. el frío mantiene dormida la desgracia que existía antes.

Julián retrocedió un paso.

—Entonces si ella…

—Si Cassandra deja de ser la Virgen —dijo el alcalde— el sello se rompe.

Nadie habló.

—Y lo que salvó… volverá.

—¿La enfermedad…?

El anciano negó lentamente.

—Peor.

—Nunca supimos qué era.

El suelo parecía más oscuro alrededor del símbolo.

—Solo sabemos que el día que el calor regrese completamente…

—El pueblo muere.

Julián no regresó al castillo de inmediato, se quedó afuera, mirando la montaña cubierta de nieve. Ahora entendía Cassandra no había creado el invierno por dolor, el invierno era una prisión… que la estaba usando como llave.

—Si la salvo… los mato.

Su voz se quebró.

—Si la dejo así… la condenó.

Por primera vez desde que llegó, Julián no sabía qué hacer.

Miró hacia el castillo.

La única luz encendida en medio de la tormenta blanca.

Y comprendió la verdad más cruel: No estaba tratando de derretir el invierno, estaba intentando quitarle al mundo… la única razón por la que seguía existiendo.




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