Dama de nieve

Capitulo 11

Julián abrió la puerta del castillo con cuidado, no hizo ruido, pero Cassandra ya estaba despierta, estaba de pie junto al ventanal, mirando la tormenta. La nieve caía lenta, casi tranquila, iluminada por la luna.

—Ya lo sabes —dijo.

Julián se detuvo. El aire dentro del castillo era más frío que nunca.

—Escuchaste…

—Todo.

El silencio entre ellos no era incómodo, era pesado. Julián dejó la leña en el suelo; sus manos aún temblaban.

—Cassandra…

Ella lo interrumpió.

—Así que no fue abandono.

Su voz no tenía enojo, y eso dolía más.

—No me dejaron… me entregaron.

Cerró los ojos.

—Mi familia… mi pueblo… mi prometido… todos sabían.

Sus dedos tocaron el vidrio congelado y la escarcha avanzó lentamente por la ventana, como si respondiera a sus recuerdos.

—Siempre pensé que me odiaban, que dejaron de amarme pero no… solo me necesitaron más de lo que me quisieron.

Julián no encontró palabras. Se acercó lentamente.

—Lo hicieron para salvar a todos…

Cassandra giró hacia él.

—No los culpo.

Y eso le rompió algo a Julián.

—¡Pero yo sí! —su voz se quebró—. ¡Eras una niña!

El eco rebotó en las paredes vacías. Ella lo miró tranquila, cansada.

—Lo sé, he vivido veinte inviernos sin sentir el tiempo. No recuerdo el calor, no recuerdo el viento tibio, no recuerdo cómo era la luz… ni siquiera recuerdo el color real del cielo.

Bajó la mirada y dio un paso hacia él.

—Julián…

Él negó antes de que terminara de hablar.

—No.

—Quiero ver el sol.

El mundo se detuvo.

—No.

—Solo una vez.

—¡No! Te matará.

—Lo sé.

El silencio fue absoluto.

—No quiero escapar —continuó ella—. No quiero vivir en otro lugar, no quiero romper el sello. Solo quiero saber cómo se siente. Antes de desaparecer… quiero haber vivido.

Sus ojos, por primera vez, estaban completamente vivos.

—Antes de todo esto fui hija, fui niña… pero nunca fui libre.

Se acercó un poco más.

—He sido un símbolo toda mi vida, una salvación, un sacrificio… déjame ser Cassandra, aunque sea un día.

Julián negó desesperado.

—Podemos encontrar otra forma. Debe existir algo, un ritual inverso, una solución…

Ella tomó su mano y él se quedó en silencio.

—No quiero eternidad… quiero un momento.

Sus dedos eran fríos, pero su agarre no.

—He existido veinte años, pero nunca he vivido.

Lo miró directamente.

—Si hago esto te pierdo —susurró él.

Una pequeña sonrisa triste apareció en su rostro.

—Si no lo haces… nunca me habrás tenido.

Afuera la nieve comenzó a caer más lento. Y por primera vez Julián entendió algo devastador: no estaba eligiendo entre salvarla o no… estaba eligiendo entre su vida y su único deseo de vivir.




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