Julián no durmió. La petición de Cassandra se repetía en su mente una y otra vez. Quiero ver el sol. Observó el amanecer desde el exterior del castillo, el cielo seguía gris, cubierto por la nevada eterna, y el pueblo permanecía en silencio, como si presintiera que algo estaba a punto de romperse.
No podía hacerlo.
No podía confiar.
Había visto el sello y escuchado la historia. Si el invierno desaparecía, el pueblo moriría. Y si Cassandra decía que solo sería un momento… ¿y si no podía detenerse?
No dudaba de sus sentimientos. Dudaba de su control.
—¿Y si no puedes volver?… —murmuró para sí mismo.
Esa tarde no regresó al castillo. Bajó al pueblo y buscó al anciano alcalde.
—Dígame cómo funciona el sello.
El anciano lo miró largamente.
—Si preguntas eso… ya tomaste una decisión.
Julián guardó silencio.
—La Virgen mantiene el invierno, mientras su poder exista, el sello duerme. Si ella entra en calor… el sello se debilita.
—¿Puede ser momentáneo?
El anciano negó.
—Nunca lo fue.
Julián sintió un vacío en el estómago.
—Entonces ella morirá.
—Sí.
—¿Y el pueblo?
—Sobrevivirá.
El peso de esa respuesta cayó sobre él como la nieve. Cerró los ojos. No podía arriesgar a todos por una sola persona… pero tampoco podía decirle la verdad.
Esa noche regresó al castillo, Cassandra lo esperaba. No preguntó dónde había estado; parecía tranquila, casi serena.
—¿Pensaste en lo que te pedí?
Julián no la miró directamente.
—Sí.
El aire se tensó.
—No voy a hacerlo.
Cassandra tardó un instante en reaccionar.
—…¿Por qué?
—Porque no sé si podrías detenerte.
Sus ojos se abrieron levemente.
—¿Crees que destruiría el pueblo?
Julián apretó los puños.
—No lo sé.
El silencio fue inmediato. Esa respuesta dolió más que un rechazo.
Cassandra no gritó ni lloró. Solo bajó la mirada.
—Entiendo.
Y esa calma le dio miedo.
—Toda mi vida decidieron por mí —dijo en voz baja—. Pensé que esta vez sería diferente.
Julián intentó acercarse, pero ella retrocedió un paso, la temperatura descendió de golpe.
—No volveré a pedírtelo —continuó—. No tienes que ayudarme.
Lo miró, y por primera vez no había frialdad ni odio… solo distancia.
—No te preocupes, Julián. No volveré a confiar en nadie.
La escarcha comenzó a cubrir lentamente el suelo alrededor de sus pies. Y en ese momento él comprendió algo demasiado tarde: no la había protegido… la había dejado sola otra vez.
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Editado: 13.02.2026