Esa mañana la nieve no caía.
El pueblo lo notó primero en el silencio. No había viento, no había tormenta, no había el crujido constante del hielo contra los techos, el cielo seguía gris, pero por primera vez en veinte años no estaba cubierto completamente.
Julián lo sintió antes de entenderlo, el frío estaba disminuyendo.
Corrió hacia el castillo, las puertas estaban abiertas; nunca habían estado abiertas.
El interior no estaba cubierto de escarcha como siempre; el hielo en las paredes goteaba lentamente, el aire dolía distinto, no quemaba… advertía.
—¡Cassandra!
No hubo respuesta.
Subió las escaleras y la encontró en la torre más alta, frente al balcón que daba hacia las montañas. La gran puerta de madera estaba entreabierta y una luz pálida atravesaba la habitación.
Ella estaba de espaldas.
Sin capa.
Sin miedo.
—¿Qué hiciste…? —su voz se quebró.
Cassandra giró apenas el rostro. No parecía sorprendida de verlo.
—Llegaste.
Julián se acercó desesperado.
—Detente… aún podemos cerrarlo, aún podemos—
Entonces la vio.
La piel de sus manos estaba enrojecida, pequeñas grietas recorrían sus dedos como si fueran cristal debilitándose. La escarcha ya no la protegía.
La luz estaba entrando.
Un rayo de sol atravesó las nubes y tocó el suelo del balcón.
La nieve alrededor comenzó a derretirse.
Y donde la luz rozaba su piel… se quemaba lentamente.
—¡Vas a morir! —dijo, tomándola de los hombros— ¡Cassandra por favor!
Ella no se apartó.
Miraba el horizonte.
—Así se siente…
Su voz era suave, casi infantil.
—Es cálido…
Sus ojos brillaban. No de lágrimas, sino de algo que nunca había tenido.
Paz.
Julián negó, desesperado.
—Lo siento… yo… debí confiar en ti… debí creerte… debí elegirte…
Su voz se rompió.
—Quédate conmigo, por favor… puedo arreglarlo…
Cassandra lo miró por primera vez directamente bajo la luz del amanecer.
Sonrió.
No fue una sonrisa triste.
Fue libre.
—No, Julián.
Tocó su mejilla con cuidado; su mano temblaba, pero no por frío.
—Llegaste justo cuando tenía que ser.
Él lloraba.
—Te amo…
Sus palabras salieron tarde.
Demasiado tarde.
Ella negó suavemente.
—Lo sé, pero no era eso lo que necesitaba.
El calor avanzaba lentamente por su piel; las grietas luminosas recorrían sus brazos como hielo derritiéndose desde dentro.
—Tuve dos amores en mi vida —susurró— y ninguno me eligió.
Bajó la mirada hacia él.
—Ni siquiera tú… que prometiste quedarte.
Julián no pudo responder.
Sus manos intentaron sostenerla, pero temía tocarla.
—Pasé años esperando que alguien me escogiera… pensando que así tendría valor…
El viento tibio movió su cabello por primera vez.
—Y estaba equivocada.
Respiró profundo.
—No necesitaba que me amaran… necesitaba aprender a amarme yo.
La luz del sol finalmente tocó completamente su rostro.
No gritó.
No hubo dolor en su expresión.
Solo alivio.
—Ahora sí… estoy viviendo.
Su cuerpo comenzó a deshacerse en partículas brillantes, como nieve iluminada por el amanecer.
Julián cayó de rodillas.
—¡Cassandra!
Ella lo miró una última vez.
—No fue tu culpa intentar proteger a todos… pero sí fue tu decisión no confiar en mí.
Una lágrima cayó por la mejilla de Julián.
—Perdóname…
Cassandra negó con dulzura.
—Ya no duele.
El sol finalmente salió completo sobre el pueblo.
La nieve comenzó a desaparecer.
Las montañas mostraron su verde por primera vez en veinte años.
Y Julián entendió algo que lo acompañaría toda su vida: No la perdió cuando murió…la perdió cuando no la eligió.
Sobre el suelo del balcón solo quedó una pequeña gota de agua, brillando bajo la luz del sol.
Por primera vez, el pueblo sintió primavera.
Y por primera vez, Cassandra fue libre.
La imagen de Cassandra regresó, aquellos cabellos dorados, esa sonrisa en su rostro, ese brillo que la caracterizaba, la luz que irradiaba su alma. Volvió a ser ella.
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Editado: 13.02.2026