Dama de un vampiro

1. Esclavitud

Sección rebelde.

Una vez que el guardia sale con uno de los vampiros, me permito bostezar largo y lento.

El día al fin ha empezado y aunque no es lo mejor, podía estirarme en esta celda a pesar de lo pequeño que es, pero podía descansar.

Cada noche, desde que tengo memoria, me atormentan pesadillas que me hacen sudar, gritar y emitir alaridos extraños.

Mi insomnio es tan grave que mis gritos despiertan a Efraín y a toda la sección.

Es el supervisor y guardia de este lugar, como también el causante de mis heridas y de mis miedos.

Por eso, anhelaba con todo mi corazón que se hiciera de día, para poder descansar, pues sabía que las demás estaban despiertas y eso me resultaba tranquilizador.

Trato de acomodar mi cuerpo lo mejor que puedo para no lastimar mis heridas, que no cicatrizan desde hace días.

Cuando siento que por fin podré descansar, cierro los ojos y trato de dormir, pero el miedo a soñar me impide conciliar el sueño.

Las puertas se abren de golpe, con lo siguiente escucho cadenas arrastrarse junto a una sutil voz que se queja del dolor.

Abro los ojos y trato de fijar mi vista una vez que pasan frente a mi celda, dos guardias traen a una chica de tez morena; quien tiene la mirada perdida y algunas cortaduras en las piernas. Puedo ver en su mirada agonía; pánico, inclusive dudas.

La chica es ingresada hasta una celda vacía que está frente a la mía. Los guardias la dejan caer en el suelo y se marchan, cerrando la puerta de un solo golpe.

Trata de sentarse, con las piernas flexionadas y la cabeza entre las manos. Su cuerpo tiembla y su respiración se agita.

Pienso en una cosa, algo que se ha guardado en mi memoria y es que este mundo ha cambiado a través de los años.

Antes, los humanos éramos los dueños de este mundo. Éramos libres para hacer lo que quisiéramos, para ir y vivir como quisiéramos, pero eso cambió.

Los vampiros llegaron y tomaron el control. Nos esclavizaron, nos trataron como ganado. Nos obligaron a trabajar para ellos, a obedecer sus leyes, a vivir bajo su sombra.

Son pocas las personas que pueden vivir con derechos.

Ellos son los Sangre Blanca.

Son los que sirven a los vampiros, trabajan para ellos, les son leales y serviciales, pero incluso ellos, siempre están bajo la ley vampírica.

Una ley cruel y despiadada que nos prohíbe hablar, reunirnos, incluso pensar por nosotros mismos.

Somos solo herramientas y alimento para los vampiros, nada más.

Una vez que los guardias salen, sollozos se escuchan provenientes de la celda de enfrente.

Cierro los ojos intentando opacar los ruidos externos, porque sus llantos no podrán espantar mi cansancio.

Las demás prisioneras empiezan a murmurar que se tranquilice, pero sus palabras no parecen surtir efecto.

El llanto se vuelve más fuerte, más desgarrador.

Intento concentrarme en mi respiración, pero es imposible ignorar el dolor que se filtra a través de las paredes.

Me pregunto qué podría haber pasado para que alguien llorase así.

¿Ha sido torturada? ¿Ha perdido a alguien? No lo sé, pero sé que su dolor es real.

Alguien más, con una voz autoritaria grita.

—¡Calla esa puta boca!—

El lugar queda en un silencio total, solo alguien murmura una advertencia, y es que si sigue el relajo, es seguro que volverán y torturaran a alguna de nosotras.

En consecuencia de ello, siento sus miradas sobre mi.

Me siento expuesta y vulnerable.

Sé que mis heridas son una prueba de ello.

Cierro los ojos y trato de ignorar las miradas, pero es imposible.

Las puertas se abren, provocando escalofrío en cada una de nosotras.

—Es sorprendente verlo aquí, señor— escucho la voz de Efraín, su sola presencia me hace poner a temblar.

Me acerco al final de la celda, dándole la espalda a la entrada en posición fetal, dejando que lo poco de cabello que tengo cubra mi rostro.

Mientras escucho sus pasos inundar las esquinas del cuarto, observo mis pies, hay sangre y se han ligado bajo las uñas como si se tratase de una segunda piel.

—No creí que estuviera interesado en esta sección...— le dijo Efraín en un tono curioso.

—¿Qué tenemos aquí?— pregunta el vampiro desconocido.

Sus pasos cada vez se acercan al medio del pasillo.

Efraín le explica que somos la sección rebelde. El tipo de persona que desobedece, huye o trama algo contra el Gran Señor.

—¿Cuánto tiempo duran aquí?— vuelve a preguntar.

—La mayoría uno o dos años, pero el resto duran más que otras—

—¿Y ella? —

Siento una mirada sobre mí, y mi piel se eriza. Alzo la cabeza y veo a un hombre frente a mi celda.

Es alto, con una mirada penetrante de ojos azules que contrastan con su piel clara.

Me sorprende su apariencia, ya que esperaba que fuera más... ¿Cómo decirlo? Más... Fantasmagórico, tal vez. Pero no es así. Es un hombre real, de carne y hueso, con una presencia tan intensa que me deja sin aliento.

—Ha tardado bastantes años— responde Efraín con evidente desagrado.

—¿Bastantes cuanto?— insiste el vampiro.

Siento la incomodidad de Efraín y yo tambien, puesto que nadie habia estado interesado el tiempo en que nos tienen aqui, —quizas unos 4 u 6 años, no lo sé—

Me pongo rígida ante lo informado. No tenía idea de ese tiempo.

—¿Por qué?— pregunta el vampiro.

—No lo sé—

—¿Cómo es que sigue aquí?—, vuelve a preguntar el vampiro, mirandome.

Efraín se encoge de hombros. —Es difícil. No se deja domar—

Siempre me pintan como un animal, pero soy una víctima más como todas, quien alguna vez deseó su libertad y máxima expresión.

El vampiro desconocido no parecía satisfecho ante la respuesta, pero por suerte eso fue suficiente para que dejara de ser el centro de atención.

Continuaron hablando por unos minutos, pero más parecía una recaudación de información.




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