La noche no huele a peligro, huele a Alexander Petrova.
Aprendí su nombre antes de aprender a no mirarlo demasiado, antes de entender qué cuando un hombre como él te observa no lo hace por curiosidad... lo hace por que ya decidió algo.
Estoy de pie en medio del casino de la mansión, con el vestido rojo pegándose a mi cuerpo como una segunda piel la abertura deja ver lo suficiente para provocar, pero no tanto como para perder el control nunca pierdo el control eso sería mortal
—Atenea Russo —dice alguien desde la mesa
Mi nombre cae pesado como una carta decisiva Alexander está justo detrás de mí. Alto, imponente, traje negro perfecto, sus tatuajes asoman como cicatrices que eligieron quedarse su mano se posa en mi cintura, firme, silenciosa, posesiva sin necesidad de fuerza.
—No te muevas—murmura—aquí nadie juega limpio
No me giro sonrió apenas
—¿Desde cuando te preocupa que yo me ensucie las manos, Petrova?
siento su respiración cerca de mi oído controlado, peligrosa
—Desde que te sentaste en mi mesa
Alrededor nuestro hay cuatro... quizás cinco hombres todos armados, todos atentos. Cartas, fichas, armas escondidas bajo trajes caros.
Un casino no es un lugar para divertirse es un lugar para perderlo todo, uno de los hombres baraja lentamente, otro apoya una pistola contra su muslo como si fuera parte de su anatomía la mansión respira tensión.
—¿Sabes cuántos aquí te desean?—me dice Alexander en voz baja—¿Y cuántos te temen?
—Los mismos—respondo—siempre es así
Mis ojos azules recorren la sala sin miedo no bajo la mirada nunca, mi piel es clara casi demasiado en este mundo oscuro pero aprendí pronto que la fragilidad es solo una ilusión bien contada.
Un as de corazones cae sobre la mesa ironía perfecta
—Está noche se decide quién manda—dice uno de los hombres
Doy un paso al frente Alexander no me detiene eso dice más que cualquier palabra
—Entonces juguemos—digo con calma—pero entiendan algo
Todos me miran
—No soy un premio—continúo—ni una ficha y definitivamente no soy una debilidad
Alexander suelta una risa baja, peligrosa se inclina hacia mi
—Por eso eres mía Atenea
Por primera vez giro el rostro y lo miro directo a los ojos grises
—No—corrijo sin titubear—por eso soy un problema
El silencio que sigue es espeso mortal, las cartas se reparten y las armas esperan
Pero en algún lugar del cielo mi madre Alis seguramente estaría riéndose de mi o llamándome "Attie" como si este mundo no quisiera devorarme viva pero aquí no soy Attie aquí soy Atenea Russo y esta noche nadie sale ileso
Editado: 05.01.2026