En esta casa todos saben una cosa
A Alexander Petrova no se le contradice, no se le alza la voz y no se le sostiene la mirada más de lo necesario cuando entra a una habitación los hombres bajan la cabeza antes de que él tenga que pedirlo algunos por respeto otros por puro miedo
Yo no hago ninguna de las dos cosas, caminamos por el pasillo principal de la mansión mármol oscuro, luces bajas, cuadros antiguos qué han visto más sangre de la que cualquiera admitiria
Los hombres que custodia el lugar se hacen a un lado apenas lo ven nadie habla, nadie respira fuerte
Alexander avanza con paso seguro como si el mundo estuviera diseñado para abrirse frente a él, yo voy a su lado con la espalda recta y el mentón en alto siento las miradas clavarse en mi
No entienden que hago aquí y tampoco entienden el porqué no bajo la cabeza
Entramos a su despacho la puerta se cierra detrás de nosotros con un sonido seco, definitivo. Aquí no hay testigos solo poder y verdad
—Siéntate—dice
No es orden, es una costumbre
No me siento me quedo de pie frente a su escritorio, cruzo los brazos lentamente y lo miro directo a los ojos grises, veo la sorpresa cruzarle el rostro por una fracción de segundo nadie le responde así, nadie
—Dijiste que hablaríamos—respondo—no que me sentaría a escuchar
El silencio se vuelve espeso, peligroso Alexander apoya las manos en el escritorio y se inclina apenas hacia mí, es alto, imponente, intimidante y aun así no doy un paso atrás
—¿Sabes lo que haces Atenea?—pregunta con voz baja
—Sí —contesto —y tu también
Eso le arranca algo parecido a una sonrisa no amable, no suave una sonrisa de alguien que reconoce a un igual... o a un problema interesante
—Bien —dice —entonces hablemos del trato
Camina alrededor del escritorio despacio como un depredador qué no tiene prisa, se detiene frente a mi demasiado cerca siento su presencia como una presión constante, pero no bajo la mirada
—Necesito una esposa —dice sin rodeos —una imagen, estabilidad, respeto en este mundo un hombre sin esposa es visto como alguien sin anclas.
—¿Y por que yo?—pregunto
—Porque no tiemblas —responde —por que me miraste a los ojos en la mesa y por que nadie te controla
—Error —digo—por que ya nadie puede romperme
Sus ojos se oscurecen un poco
—Si aceptas —continúa —tendrá protección absoluta, nadie te tocará, nadie te venderá, nadie volverá a decidir sobre ti vivirás aquí, tendrás mi apellido cuando sea necesario mi nombre te abrirá puertas... y cerrará bocas.
—¿Y qué ganas tu realmente?—preguntó
—Orden —responde —y una reína qué no me haga parecer débil
Suelto una risa corta, sin humor
—No soy decorado, Petrova
—Lo sé —dice—por eso te elegí
El silencio vuelve a caer, nos medimos, nos evaluamos, dos armas apuntandose sin necesidad de disparar
—Si acepto —digo finalmente —eso si ni tu me obedeces... ni yo a ti. Esto será un acuerdo de igual a igual
Cualquier otro hombre se habría reído, cualquier otro habría dicho que no, Alexander me observa unos segundos que se sienten eternos y luego asiente
—Trato hecho —dice—pero entiende algo, Atenea Russo
Se acerca un poco más
—Todos me temen
—Lo se
—Todos bajan la cabeza
—También lo sé
inclina apenas el rostro hacia mí.
—Tu no lo haces y eso... —pausa —puede salvarte o condenarte.
No apartó la mirada
—Estoy acostumbrada a ambas cosas
Alexander se endereza y extiende la mano
—Entonces esposa —dice —Bienvenida a mi mundo
No tomo su mano de inmediato, lo miro, lo evaluó, luego la tomo, no como sumisión más como advertencia
Por que en este mundo oscuro lleno de hombres qué tiemblan qué tiemblan ante su nombre. Solo Atenea Russo se atreve a mirarlo de frente... y eso es lo más peligroso que nos hace a los dos.
Editado: 18.01.2026